martes, 8 de agosto de 2017

El vino dorado de El Rejo (The Arbor Gold Wine)

Me confieso devorador de las novelas de George H.R. Martin, Canción de Hielo y Fuego. En efecto, los que dieron lugar a la brillante (aunque no tan prolija) serie Juego de Tronos. Ya lo he dicho alguna vez.

Por economía procesal son muchos los detalles que se han obviado en la versión televisiva y uno de ellos, por desgracia, es la parte gastronómica. Martin no hace esfuerzos en ocultar su pasión por la comida y la bebida y, aparte de en su envergadura, ello tiene también reflejo en sus páginas, en las que se recrea, en ocasiones durante párrafos y párrafos, en los banquetes que disfrutan los diferentes personajes por los que tan poco aprecio demuestra. 

Habla fundamentalmente de platos, pero también de los diferentes vinos y demás bebidas que se elaboran en Poniente, y más allá del Mar Angosto. Casi todos ellos acaban antes o después pasando por el gaznate de Tyrion Lannister.

Y si algún vino es sin duda el rey, ese es el dorado de El Rejo, una fértil isla del sur (donde no llega el invierno) gobernada por la casa Redwyne, vasalla de los Tyrell de Altojardín. Dice Cersei Lannister que sin este vino, Poniente se desmoronaría. Se describe con frecuencia como un vino blanco color oro, brillante, sabroso y de fondo dulzón, pero muy bebible, por lo que le suponemos también una buena acidez. 

Siempre he tenido una imagen en la mente de cómo sabría ese dorado, hasta que hace muy poco me encontré con él. 

Y esto me lleva a otra de mis pasiones literarias que poco tiene que ver con lo antedicho: Alvaro Cunqueiro. Una de las razones por las que agradecí estudiar literatura gallega, y en la que profundicé hasta en su último artículo de prensa mientras preparaba Galicia entre copas

En esa búsqueda de información encontré la constante referencia al que parecía ser el vino favorito de Cunqueiro, el mítico agudelo de Betanzos. Supe también que agudelo era en realidad una uva natural del Loira (Francia), la versátil chenin blanc, y que por razones que no están claras, llegó hasta el extremo noroeste de Galicia, dando lugar a un vino que no fui capaz de encontrar pese a remover cielo y tierra, pues su elaboración, sencillamente, había desaparecido. 

Hasta ahora.

Hace un año supe que los emprendedores de Conexión Mandeo (Ángel Pedreira Vieiro, José Luis Bouzón Beade, Juan Naveira Presedo, Pablo Fernández Coroas y Ricardo Rilo Rodríguez) se habían propuesto recuperar el vino de agudelo. Con un excepcional antecedente como su vino Alicerce, el resultado prometía.


El agudelo de Conexión Mandeo en Betanzos
Pero la viticultura no es sencilla en Betanzos, el último viñedo del noroeste antes del océano, y menos cuando las variedades maduran lento y tarde. La niebla es una constante, el sol escasea y las enfermedades suponen la mayor amenaza. Aunque no todas. La botrytis ayuda a subir algo el grado, así como a proporcionar la estabilidad y empaque que merece. Las condiciones de la finca, en el cauce del Río Mendo y en bancal, donde el calor se retiene y la ventilación es escasa, permiten arraigar a la podredumbre noble, siempre y cuando el mildiu, en un entorno que es su salsa, no acabe con toda la producción. 

En 2015 ocurrió el milagro y las uvas salieron adelante. Fermentaron espontáneamente en roble francés usado, donde el mosto permaneció un año. Se embotelló sin filtrar en diciembre de 2016, y descansó.

Hasta ahora.

En un mundo de vinos de libro, la sorpresa llega con nombre literario, Mar ao norde 2015, y cuando menos te lo esperas, en forma de dorado intenso y desconcertante, que huele a melindres, a naranja escarchada, a yema tostada al fuego, y al curry dorándose en la sartén.



El paladar espera dulcedumbre, y se encuentra con un vino seco de alma golosa, con la acidez de la naranja sanguina, la caricia de la sal y el norte implacable, con el amargo de la avellana y el picor crujiente de la rúcula. Es sabroso, largo, intenso, como si la mejor chenin viajara al oeste y estuviera en las manos más diestras para dar lo mejor de sí.

Como si fuera el vino dorado del Rejo, capaz de doblegar a un Rey a su voluntad y hacerse eterno hasta la última copa. 

Un vino que merece la pena probar, al menos una vez en la vida. 

Un placer inolvidable, porque el norte no olvida.


4 comentarios:

Toni dijo...

Tengo una botella esperando porque leí que le hacía falta bastante botella. ¿Está para tomar o espero?

Mariano dijo...

Potencial de mejora en botella, lo tiene. Posiblemente bastante por su acidez, pero no me atrevo a aproximar tiempo por su peculiaridad.

Dicho esto, ahora se bebe solo.

Vicente Vida dijo...

Hola Mariano
Encontrar el dorado de El Rejo, un vino del sur de Westeros donde nunca llega el invierno, en el frío Betanzos, tiene su aquel. Algún blanco naturalmente dulce de mi tierra igual se aproxima mejor (geográficamente, quiero decir).
Bromas aparte, me alegro de que viticultores con conocimiento y buenas prácticas vayan recuperando y poniendo en el mercado vinos que nunca debieron desaparecer. A ver si soy capaz de encontrar este Agudelo, aunque sospecha que la producción no será muy grande. Ya me darás alguna referencia de donde se puede encontrar.
Esperemos que estas prácticas no sean moda pasajera, se asienten y el mercado sabe reconocerlas. En el cálido sur también están surgiendo algunos "grillados" que están haciendo cosillas interesantes inspirándose en sus abuelos. A ver si me pongo en marcha de una vez y sigo contando.
Un abrazo
Vicente

Mariano dijo...

Hola Vicente. Efectivamente la producción es ínfima. Hasta el punto que raro será el año que, como este, tengamos algo.

Seguramente a través de Juncal o El Sumiller, puedas hacerte con una.

Abrazote!

Galicia entre copas, SEGUNDA EDICIÓN

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