martes, 3 de octubre de 2017

Ranking 2017: Convocatoria

Un año más, y pese a muchas dificultades, volvemos a convocar el Ranking de los 10 mejores vinos por menos de 10 euros, y con tanta o más ilusión que el primer día. 

Cuando las cosas funcionan bien, creemos que tiene poco sentido cambiarlas, y máxime cuando tenemos la suerte de contar, una vez más, con el equipo de A la volé, así que nuevamente reuniremos a un grupo de apasionados del vino procedentes de distintos sectores (bodegueros, enólogos, periodistas, sumilleres, tenderos, distribuidores, aficionados, bloggers, etc), y lo volveremos a hacer en Venta Magullo, en Segovia, en el mejor ambiente posible para decidir a ciegas y de la manera más rigurosa cuales son los 10 mejores vinos por menos de 10 euros de 2017. 

Las premisas, esta vez con un plazo algo más corto que años anteriores, son las siguientes: 

- Puede participar cualquier producto que tenga la consideración legal de vino y que pueda encontrarse en el mercado español a un precio de venta al público igual o inferior a 10 euros, con un margen de diferencia máximo de 1,95 euros. 

- El plazo de envío de muestras comienza hoy, día 3 de octubre, y finaliza el 3 de noviembre de 2017, debiendose anunciar previamente la candidatura al correo electrónico: 

info@rankingvinos10.com

- Seguidamente, se enviarán las muestras (tres botellas por marca) indicando con claridad en el paquete RANKING VINOS -10 a la siguiente dirección postal: 

 Vigneron Wines S.L. 
C/ Gremios del Cuero 4, Nave Alupan 
40195 Polígono de Hontoria (Segovia) 
Teléfono 629681887 

- La Cata se celebará el 4 de noviembre de 2017 en las instalaciones del complejo hotelero Venta Magullo, Segovia. Como siempre, será a ciegas, con las botellas debidamente tapadas y removiendo cualquier signo que pueda permitir su identificación a los miembros del jurado. - Los resultados se publicará, como siempre, en los días posteriores a la cata y siempre antes del 20 de noviembre de 2017. 

- Todos los navegantes que pasen por aquí, pueden hacer sus propuestas en comentarios al post. No obstante, la organización agradecerá enormemente la gestión a quienes tengan la amabilidad de dirigirse a las propias bodegas elaboradoras, facilitándoles la dirección de este post e invitándoles a participar, y con ello agilizar el proceso. 

Sin más que añadir, animamos a todos a participar y deseamos mucha suerte a quienes se presenten al certamen, cuanto mayor sea la participación, mayor será la representación y por tanto más rico y legítimo será el resultado.

Para más información, adjuntamos enlace a un dossier ampliado, si bien las fechas a tener en cuenta son las indicadas más arriba.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Ponte da Boga, Godello 2013

Les contaré un cotilleo de Ribeira Sacra. Sí, muy friqui todo. Por lo visto, el que quiera petarlo en la zona y hacer de su viñedo el más deseado, no debe cultivar o plantar mencía. Aunque no se lo crean, tampoco brancellao, merenzao ni caiño. Ni siquiera alicante.

No. Lo que más se demanda ahora mismo es el blanco, y concretamente el godello. Porque cualquiera puede tener godello en Valdeorras, pero en más allá del Sil y el Miño, es una proeza que se paga cara. Y con el tiempo uno empieza a entender por qué.

Todavía recuerdo una de las grandes botellas de mi vida, Algueira Blanco FB 2003, mientras recapitulo experiencias de guarda, casi siempre satisfactorias. Mejor cuanto más al oeste.

Mientras recuerdo estas cosas tiro de armario. Con amnesia selectiva siempre consigo que alguna botella se olvide durante tres, dos años al menos, y ver qué pasa. Y curiosamente, las más gratas no necesariamente van acompañadas de mayores desembolsos. He aquí un ejemplo llamado Ponte da Boga.

En 2013, una de las peores añadas de la década en Ribeira Sacra, fue donde se conoció a los buenos productores por sus básicos. Entre otros, dos nombres: Pedro Rodríguez y su Guímaro, y Dominique Roujou con sus básicos de Ponte da Boga. Con el godello, buenas decisiones en viña, selección de uva y una elaboración seria y honesta. Fermentación natural, depósito y una botella de la que nos olvidamos durante algo más de tres años.


No es el godello una variedad oxidativa, ni Dominique muy amigo de que sus vinos se vean afectados por elementos ajenos. Nos llega puro, pajizo, con aromas de hoja de lima e hinojo. También de azafrán y del cuarzo pulido por el paso del río. Es muy seco en boca, untuoso, glicérico pero con acidez tersa y refrescante. Se hace ancho con taninos pequeños unidos a un fino y elegante amargor. A su paso resulta largo, hace salivar y pide otra copa.

Y les diré un secreto. No es un vino difícil de encontrar. Miren incluso en grandes superficioes, o pregunten por él en alguno de los bares en los que se sirve Estrella Galicia de Bodega. No garantizo éxito pero tal vez se lleven una sorpresa, sobre todo si nadie preguntó antes y pueden descorchar una botella con años.

La espera vale la pena, y si lo acompañan de unos mejillones al vapor, con un toque de lima rallada, el llanto asegurado.



martes, 8 de agosto de 2017

El vino dorado de El Rejo (The Arbor Gold Wine)

Me confieso devorador de las novelas de George H.R. Martin, Canción de Hielo y Fuego. En efecto, los que dieron lugar a la brillante (aunque no tan prolija) serie Juego de Tronos. Ya lo he dicho alguna vez.

Por economía procesal son muchos los detalles que se han obviado en la versión televisiva y uno de ellos, por desgracia, es la parte gastronómica. Martin no hace esfuerzos en ocultar su pasión por la comida y la bebida y, aparte de en su envergadura, ello tiene también reflejo en sus páginas, en las que se recrea, en ocasiones durante párrafos y párrafos, en los banquetes que disfrutan los diferentes personajes por los que tan poco aprecio demuestra. 

Habla fundamentalmente de platos, pero también de los diferentes vinos y demás bebidas que se elaboran en Poniente, y más allá del Mar Angosto. Casi todos ellos acaban antes o después pasando por el gaznate de Tyrion Lannister.

Y si algún vino es sin duda el rey, ese es el dorado de El Rejo, una fértil isla del sur (donde no llega el invierno) gobernada por la casa Redwyne, vasalla de los Tyrell de Altojardín. Dice Cersei Lannister que sin este vino, Poniente se desmoronaría. Se describe con frecuencia como un vino blanco color oro, brillante, sabroso y de fondo dulzón, pero muy bebible, por lo que le suponemos también una buena acidez. 

Siempre he tenido una imagen en la mente de cómo sabría ese dorado, hasta que hace muy poco me encontré con él. 

Y esto me lleva a otra de mis pasiones literarias que poco tiene que ver con lo antedicho: Alvaro Cunqueiro. Una de las razones por las que agradecí estudiar literatura gallega, y en la que profundicé hasta en su último artículo de prensa mientras preparaba Galicia entre copas

En esa búsqueda de información encontré la constante referencia al que parecía ser el vino favorito de Cunqueiro, el mítico agudelo de Betanzos. Supe también que agudelo era en realidad una uva natural del Loira (Francia), la versátil chenin blanc, y que por razones que no están claras, llegó hasta el extremo noroeste de Galicia, dando lugar a un vino que no fui capaz de encontrar pese a remover cielo y tierra, pues su elaboración, sencillamente, había desaparecido. 

Hasta ahora.

Hace un año supe que los emprendedores de Conexión Mandeo (Ángel Pedreira Vieiro, José Luis Bouzón Beade, Juan Naveira Presedo, Pablo Fernández Coroas y Ricardo Rilo Rodríguez) se habían propuesto recuperar el vino de agudelo. Con un excepcional antecedente como su vino Alicerce, el resultado prometía.


El agudelo de Conexión Mandeo en Betanzos
Pero la viticultura no es sencilla en Betanzos, el último viñedo del noroeste antes del océano, y menos cuando las variedades maduran lento y tarde. La niebla es una constante, el sol escasea y las enfermedades suponen la mayor amenaza. Aunque no todas. La botrytis ayuda a subir algo el grado, así como a proporcionar la estabilidad y empaque que merece. Las condiciones de la finca, en el cauce del Río Mendo y en bancal, donde el calor se retiene y la ventilación es escasa, permiten arraigar a la podredumbre noble, siempre y cuando el mildiu, en un entorno que es su salsa, no acabe con toda la producción. 

En 2015 ocurrió el milagro y las uvas salieron adelante. Fermentaron espontáneamente en roble francés usado, donde el mosto permaneció un año. Se embotelló sin filtrar en diciembre de 2016, y descansó.

Hasta ahora.

En un mundo de vinos de libro, la sorpresa llega con nombre literario, Mar ao norde 2015, y cuando menos te lo esperas, en forma de dorado intenso y desconcertante, que huele a melindres, a naranja escarchada, a yema tostada al fuego, y al curry dorándose en la sartén.



El paladar espera dulcedumbre, y se encuentra con un vino seco de alma golosa, con la acidez de la naranja sanguina, la caricia de la sal y el norte implacable, con el amargo de la avellana y el picor crujiente de la rúcula. Es sabroso, largo, intenso, como si la mejor chenin viajara al oeste y estuviera en las manos más diestras para dar lo mejor de sí.

Como si fuera el vino dorado del Rejo, capaz de doblegar a un Rey a su voluntad y hacerse eterno hasta la última copa. 

Un vino que merece la pena probar, al menos una vez en la vida. 

Un placer inolvidable, porque el norte no olvida.


lunes, 24 de julio de 2017

Tres tintos veraniegos

Le pongo en situación.

Está Ud. invitado a una barbacoa cuñadista. Repleta de esas criaturas bien denominadas por el Colectivo Decantado como "seres del aperitivo".

Soplan unos 39º grados a la sombra y pese a ello el evento (¡con fuego!) se ha convocado a las 13.30 del mediodía, bajo un sol de justicia. Los intentos por escurrir el bulto han sido estériles, so pena de suicidio conyugal irreversible, así que asiste usted. En plan perfil bajo.

Se habla de geopolítica, de quién consigue los coches más baratos y de soluciones fáciles y drásticas al conflicto secesionista. Y entonces usted, ingenuamente ufano, saca una botella de vino blanco bien fresquito, o peor, rosado, que en la lengua cuñadista es una mezcla indecente de blanco y tinto.

En uno y otro caso, se suceden las caras de extrañeza. De desprecio teñido de condescendencia. Se siente usted en minoría, con su tímida frasca, ante sus contrarios, que se alzan como molinos quijotescos, litrona de Aguila Amstel en ristre.

No le queda otra que retirarse al grupo de mujeres, que mientras hablan de la última receta de salmorejo del Hola!, le acompañarán con el trago blanco mientras añoran un "nosequé" frizzante que probaron hace un par de semanas en una fiesta muy trendy, en un bajo con jardín.

En ese momento se arrepentirá usted de no haber llevado ese riberita crianza que le habría ahorrado el mal rato, permiténdole interactuar con el personal, y demostrar todo lo aprendido en forocoches.

Para que esto no le ocurra, me voy a permitir recomendarle tres vinos tintos con los que se puede superar algo tan atroz como una barbacoa al calor, sin necesidad morir presa de compotas reserva servidas a temperatura ambiente (recordemos, 35º a la sombra) ni maderas ígneas que nos harían entrar en combustión espontánea.

El primero es un monastrell de Yecla, procedente de viñedos jóvenes de agricultura ecológica. Hay que enfriarlo, casi como si se tratase de un blanco (sin que el personal se entere, claro) y disfrutar de su gracia y carácter frutal, sencillo, directo y jugoso.  Lo elabora Bodegas Castaño y el precio es bárbaro (apenas llega a los 6 euros). Disfrutará usted y su público, pero si algún colega especialmente recalcitrante se rebela, puede decirle que se elabora muy cerca de donde Juan Gil. Ahí se cuadrarán todos. 

Por cierto, se llama Castaño Ecológico 2016.



La siguiente opción es un pelín más arriesgada, y requiere de algún apoyo en la manada. Alguien un poco más viajado, o un tipo de esos tan majos que les gusta probar de todo y sonríen aunque no les plazca. Escasean, pero hailos.

Albamar O Esteiro es un tinto de Rías Baixas que elabora Xurxo Alba con espadeiro, caíño y algo de mencía. Resulta super refrescante y aunque pueda sorprender al personal con su acidez, la gracia que tiene puede hasta con la terrible eventualidad de tener que beberlo en vaso de plástico. Fruta a saco, finura y un potencial gastronómico enorme. De hecho va de cine con los bocatas de chorizo que suele ser lo mejor que pasa por la barbacoa.



Si ponen cara rara cuando diga rías baixas y vean un tinto, diga que es un albariño tinto y a correr. Los frikis que campamos por aquí haremos como que no lo hemos oído.

La última botella que me bebí fue este excepcional 2014, pero da igual la que pillen. No he probado añada mala y, al igual que a Tom Cruise,  a estos vinos el paso del tiempo les trae sin cuidado. 

Y vamos con la que es, sin duda, la opción más atrevida. No risk, no glory. Nos vamos a mallorca... 

- Si es que ahora, con los enólogos, se hace vino en cualquier lado, - dirá uno de sus cuñados.

Usted contestará que hay tanta tradición de vino en Mallorca, que hasta tienen sus propias uvas autóctonas adaptadas al entorno, como la callet y la mantonegro con las que se elabora esta maravilla natural, sin adición de sulfuroso, que para la tranquilidad del respetable, pasa unos meses en barrica de roble. Pero usted sabrá que lo importante es el bocado crujiente de cerezas maduras que es este vinazo, que huele también a manzana asada y a masa de pan fermentando, que es un espectáculo para los sentidos, y que sobre todo soprende por lo facil de beber que es.



Cható Paquita 2015 lo elaboró, en honor a su madre, Eloi Cedó, un tipo genial con una apuesta diferente y francamente emocionante. También les aseguro que vale mucho más de los diecitantos euros que cuesta.

Aunque le pongan a caldo por traer cosas tan raras, verá que permanentemente intentarán quitarle la botella que instintivamente guardará bajo el brazo con todas sus fuerzas, cediendo sólo en el momento en que se sirva otra copa.





P.D. Este post es igualmente válido para barbacoas decentes (las que en verano se hacen a partir de las siete de la tarde y nunca antes) disfrutadas con amigos y/o cuñados normales como con los que uno tiene la suerte de contar.


martes, 11 de julio de 2017

Orange is the new white

Existe cierto tipo de comidas que el personal rara vez se plantea tomar con vino. Una de ellas es la pizza a domicilio, y podría tener tiene cierto sentido. 

Seamos honestos. Aunque en general hablamos de productos reguleros elaborados con masas industriales bastante indigestas, las comemos y nos gustan. Existe además un aditivo seguramente no revelado que nos hace seguir engullendo, de manera casi enfermiza, cuando el apetito está ya saciado, y que seguramente tendrá que ver con cantidades ingentes de sal, azúcar y glutamato monosódico. Fruto de ello, uno come más de lo que debe y acaba contándole el resto del día al vaso de agua con bicarbonato. 

Mientras nos encontramos dando cuenta del festín, se manifiesta además el efecto de otro aditivo tampoco revelado que obliga a beber mucho, generalmente bebidas enlatadas gaseosas y muy azucaradas o, en su defecto, cerveza mala. Vamos, un cóctel terrible todo. 

Es curioso que esto no ocurra, o lo haga en menor medida, cuando uno se lo ha currado y elabora la pizza en casa desde la masa (los engendros congelados no cuentan), pero claro, me dirán, y con razón, que encender el horno en julio es (o debería ser) un delito grave contra la salud pública, y por ello se hace necesario buscar alternativas. 

Esta tan fina la hizo un servidor, cuando el calor de julio aflojó

Hace algo más de un año que yo descubrí una en los aledaños de mi domicilio llamado Al Toke. Se trata de un proyecto tan sencillo como efectivo, consistente en tener un horno de leña y sólo meter en él productos decentes. Masa fresca elaborada con harinas ecológicas, aceite de oliva, mozzarellas de verdad, cebollas y pimientos asados al fuego y mucho sentido común en las recetas. Además, te las traen a casa. Fruto de lo anterior, yo hago menos pizza, y sí me apetece beber vino con ella. Vino fresco, de trago largo y de empaque suficiente como para hacer frente a crujientes y a sabores intensos. Para esto hay vinos naranjas que a mi juicio van especialmente bien. 

Si bucean en mi historial verán que hablo poco del color del vino. Es un aspecto que trae un poco sin cuidado cuando se buscan aromas y sabores. El color es lo de menos, salvo cuando, como en el caso que nos ocupa, revela cierta información interesante. 

En este caso hablamos, seguramente con millones de excepciones y salvedades que no mencionaremos hoy, de vinos de uvas blancas elaborados parcialmente como tintos, es decir, en los que el mosto ha permanecido durante un tiempo variable en contacto con las pieles. Aunque hay quien dice que esto no es nada más que una moda, hay multitud de zonas en las que puede demostrarse una tradición elaboradora según este método, interrumpida, en la mayoría de los casos, por los procedimientos ortodoxos que se imparten en las escuelas de enología, aunque en otros casos como el del Friuli al norte de Italia, o también al sur de Eslovenia, este método ha subsistido hasta nuestros dias desde hace más de un siglo. 

¿Qué se busca con esto?, antes, seguramente, era lo que había. Hoy en día, posiblemente incorporar al vino una complejidad que difícilmente alcanzaría con una elaboración estandar, o simplemente dar una expresión diferente a la zona. Así encontramos, respectivamente, los casos de los deliciosos albillos que Orly Lumbreras elabora en Gredos (La Peguera y Sade), o los albariños con pieles que elaboran Rodrigo Méndez (Cos Pés) o Alberto Nanclares (Crisopa), así como cosas interesantísimas que se elaboran en Swartland (Sudáfrica), de las que estoy enamorado y de las que algún día hablaré. 

Entre tanto, en aquella primera línea encontramos también algunos de los vinos de la Bodega Cueva que Mariano Taberner elabora en un paraje excepcional de Utiel-Requena, donde trabaja exclusivamente en ecológico para elaborar vinos como el delicioso Orange 2016 que hoy nos ocupa.


La maduración lenta y prolongada de la variedad tardana aporta un punch de frescura, dificil de imaginar en esta zona, a la mezcla que completa el macabeo. La armonía con una pizza artesanal (en este caso la hice yo en los días que refrescó) es casi atávica, cuando uno acerca la nariz. Huele a masa fermentando lentamente, a pomelo y a manzana asada. Al rato también a hierba limón y hojaldre en el horno.

En boca es fresco, chispeante, casi picante, pero al tiempo fluido y fácil de beber. Alegra con taninos pequeños, como un bocado crujiente y melancólico, parecido al del último borde de la pizza. El último trago que llega sin darse cuenta, porque se bebe solo.

Sabiendo que en algunos foros no está bien visto, les recomiendo que prueben un vino naranja, aunque sea en la intimidad y para poder decir que no les gusta.

Así hay más para los que lo disfrutamos. Suelen ser producciones pequeñas.

martes, 6 de junio de 2017

Valenciso Blanco y La Ensaladilla

Si hay en el mundo un plato en el que tan posible es encontrar el nirvana, como lo más deleznable y atroz, ese es la ensaladilla rusa.

Creo sinceramente que la diferencia de un extremo y otro no se encuentra tanto en la técnica o en la inversión en producto, como en la motivación de quien lo cocina, y que cuando el ánimo es el cariño, y no el salir del paso, los resultados pueden ser prodigiosos.

Por eso creo que primeramente, y frente a lo que es costumbre, no hay que tirar de congelado. Recordemos que la base de la ensaladilla es la patata, un tubérculo que soporta muy mal el congelado, adquiriendo una textura arenosa poco agradable.

La patata debe ser de una variedad resistente, buena para cocer pero que no se desmorone con el frío posterior. La kennebec gallega o la red pontiac son las mejores opciones. 

Aunque da mas trabajo, creo que debe cocerse entera y con piel, reteniendo así toda su textura y sabor. Y cada elemento hacerse aparte, buscando su punto exacto de cocción. Como mi modelo de ensaladilla es muy simple, de apenas tres vegetales, esto no supone mayor despliegue. Zanahorias, igualmente enteras, aunque sí peladas. Unos buenos guisantes frescos, aunque por su estacionalidad, cabe admitir su versión congelada o directamente prescindir de ellos. Y finalmente unos huevos que también coceremos aparte.

Cuando todo está cocinado hay que darle tiempo. El mimo no conoce de prisa. Y los vegetales hay que picarlos en frío. 

Podemos aprovechar el descanso para preparar la mahonesa. Unas gotas de limón, un huevo, sal y aceite, dos partes de girasol, una de oliva virgen extra y otra del procedente del bonito enlatado. Varilla o batidora, según anden las muñecas. 

Sólo queda picar y fusionar. Va por gustos, pero uno es partidario del corte fino, especialmente en el huevo, que debe estar casi machacado para dar untuosidad al festín. Lo de los encurtidos es también opcional, para mí encontrar una buena aceituna resulta una sorpresa feliz. Imprescindible el bonito, bien separado, y prescindible el pimiento para no jugar al despiste.


Y como la ensaladilla (la buena) obedece necesariamente a un acto de amor y dedicación, hemos de buscar un vino que responda a los mismos parámetros. Yo tuve mucha suerte en el hallazgo.

La ensaladilla es un plato ciertamente agradecido con algunos vinos (siempre y cuando no lleve vinagre o demasiado encurtido), pero si en un maridaje he encontrado verdaderamente el éxtasis, como tiempo ha que no lo hacía, ese fue en el de un sensacional blanco de Rioja llamado Valenciso.

Se trata del proyecto de Carmen y Luis, nacido en 1998 en Ollauri, en el corazón de la Rioja Alta. Allí optaron en sus viñedos por una viticultura sostenible, con tratamientos mínimos y sin productos de síntesis química, rendimientos bajos y uso de depósitos de cemento en lugar de acero. Intercambiar impresiones con ellos es beber de un conocimiento profundo de la zona, pasión y dedicación. Y se nota en sus vinos.

Valenciso 2015 se elaboró a partir de viñedos muy antiguos en Villalba, Haro y Ollauri, fundamentalmente de viura, pero también con algo de garnacha blanca. El mosto fermentó espontáneamente en barricas de roble del cáucaso.
  

Un vino que pide paciencia, pero ofrece mucho a cambio. Las notas de la madera desaparecen con el aire y la temperatura, más bien se diluyen, integrando sutiles especias en la pera de agua en temporada, y el jazmín, la hierbaluisa, el aceite de rosas. Su boca es un trampantojo almibarado y seco al tiempo, fresco, intrigante, de gran acidez y frescura, voluptuosa untuosidad al tiempo... y todo esto resulta fácil, sobre todo muy fácil de beber. Permite pararse en los detalles, disfrutar de ellos, o simplemente beberse el carpe díem. Emocionante, intemporal y fugaz. 

Soberbio, casi místico, en su armonía con la ensaladilla. Mahonesa y untuosidad del vino se fusionan, la frescura de la viura hace el bocado etéreo, mandan los aromas del vino, haciéndose aun más grandes, más elegantes. Uno y otro se piden más. Y más.

Háganse el favor de probarlo, y a mí de contarme la experiencia.


lunes, 15 de mayo de 2017

Blancos para un lenguado

Lamento el tiempo de ausencia. No diré más, pues prefiero arrancar a lo Fray Luis de León. 

Decíamos ayer, por tanto, que todos los pescados (a excepción de la panga y familia) merecen un respeto. Un trato que cuando uno es algo torpe, o no tiene un material de primera es difícil dar. Llegaba yo con la sonrisa tatuada tras haberme hecho con un sensacional lenguado, brillante y hermoso. 

Su tamaño hubiera permitido un buen horneado, con guarnición, pero hoy el tiempo vale sestercios de Adriano. la meunier requería sacar los lomos, tarea en la que no soy experto, y menos con prisa, así que ufano de mí, para no destrozar al animalito, decidí arriesgarme a un reto que únicamente afrontan aquellos casi profesionales que disponen de una buena sartén, una muy buena, y un buen fogón, mejor de gas, o una plancha profesional. Pues eso, a la plancha.

Todo esto lo cuento a toro pasado, tras ver como el pobre bicho acababa con su piel destrozada, pegada al fondo, y roto en dos fragmentos. Una lástima, mitigada por la gran calidad del pescado y que pese a todo no nos pasamos del punto, pudiendo disfrutar de un plato rico con una presentación atroz, que no revelaré aquí, pues me consta que la página la visitan menores. 

Después de semejante afrenta, no podíamos meter la pata con el vino. Un pescado sutil, de aromas suaves y fina textura, que quedaría arruinado por cualquier blanco perfumado, sea por el perfume natural de un albariño o el artificial de un verdejo de los de fórmula magistral... y aquí es donde entra una botella abierta del bueno de Bruno Clair.

Domaine Bruno Clair renace en 1979 de las cenizas del mítico Domaine Clair-Daü, cuyos orígenes se remontan a principios de siglo. Con parcelas históricas en Fixin y Marsannay, en los últimos años y tras hacer las cosas muy bien, Bruno, tercera generación viñadora, ha adquirido parcelas en Corton-Charlemagne, Pernand-Vergelesses, Aloxe-Corton, y en 1996 en el cru Petite Chapelle de Gevrey-Chambertin. Grandes (y carísimos) vinos han salido de allí, aunque hoy nos centraremos en un blanco que mal llamaremos básico (por su precio, que ronda los veintitantos). 

Su Bourgogne Blanc 2011 procede de dos parcelas que no llegan a media hectárea llamadas "le Village" y "les Champforeys", en Marsannay, donde crecen cepas de chardonnay con una edad media de 25 años. La viticultura es sostenible y sin empleo de productos químicos. 



Dos tercios se vinifican en acero inoxidable, y un tercio en roble usado, buscando la frescura. No obstante, recomienda - y nosotros somos muy obedientes- beberlo a partir de los cinco años de botella. 

El tiempo ha introducido el dorado en su paleta, huele a ralladura de pomelo y a tomillo limonero, como sutiles antesalas de una profunda mineralidad. La de la piedra que afila el cuchillo, y la pólvora. En boca es tenso, afilado, el trago amplio y envolvente, untuoso pese a su gran acidez, intenso, seco e intemporal. 

La botella agradece la aireación, tanto que sus virtudes se triplicaron al segundo día, y es que aunque en algunos lugares no opinen igual, los buenos vinos de chardonnay deben ser austeros, primando la capacidad de esta uva de mostrar el terruño sobre los tropicales que tanto gustan a algunos reguladores. Esa austeridad será perfecta para respetar el lenguado y al mismo tiempo añadir matices al plato. 

Una pasada que se nos quedó corta, y exigió tirar de armario para rematar al pescadito. Arriesgamos entonces con una creación nómada del gran Luis Moya (flamante ganador del Ranking 2016) y Pako Medinabeitia, llamada Urbanita 2015, procedente un viñedo en Navaridas, en el que encontramos mezcla de variedades, como es tradición en Rioja. A un 50% de viura se añaden la garnacha blanca y el calagraño. La elaboración es igualmente tradicional, sin clarificar ni filtrar, y se embotella en septiembre. Dice Luis que cuando ya nadie bebe blanco. 


De nuevo encontramos la austeridad buscada, esta vez más anisada, con aromas frescos de hinojo y heno, y el rocío sobre la roca de cuarzo al fondo. Su músculo está en boca, donde hay sal y tensión, la frescura del limón helado y la textura chispeante del kiwi. Quizás era pronto para abrir esta botella, pero su encuentro con el lenguado fue igualmente imponente y, sobre todo, respetuoso.

Esperamos ser más asiduos en adelante, y menos torpes. 


lunes, 3 de abril de 2017

Las Moradas. Albillo real bajo velo.

Creo, cada día con más firmeza, que la fortuna de una persona la compone su patrimonio inmaterial. Los amigos son parte de éste, y por eso me considero un tipo afortunado.

Amigos que además de otras muchas cosas más importantes, te abren las puertas a instantes de felicidad. El que hoy nos ocupa se lo debo a dos amigos.

El primero es Vicente Vida, quien antes de espíritu inquieto y gran redactor, es sobre todo buena persona. Cuando todo es relativo, no es fácil encontrar buenas personas. Por fortuna para todos los que no somos tan regulares publicando, ha retomado con energía su blog Vinos para compartir

Me comentaba en un encuentro sus andanzas por una bodega madrileña llamada Las Moradas de San Martín. Me hablaba con entusiasmo sobre el terreno virgen, de jaras y pinos, sobre el que crecían viejas cepas de garnacha y albillo en San Martín de Valdeiglesias, y cómo Isabel Galindo y Luis Oliván las cuidaban con mimo, sabedores de que su fruto se encuentra en un entorno que es pulmón de la decadente urbe, y que por eso utilizan productos naturales en un cultivo orgánico y biodinámico.

Me habló de sus deliciosas y salvajes garnachas y sobre todo, de un singular y escaso vino blanco de albillo real.

Semanas después me dirigía a la taberna de otro amigo que me hace afortunado, Carlos Campillo (le recordarán de cuando hablábamos de Solo de Uva), a recoger una de sus deliciosas terrinas. Le pedí un vino ad hoc. Pero la terrina voló entre cuñados y el vino, temeroso, se fue al fondo de la bodega. Hasta ayer.



El vino en cuestión era la rara avis de la rara avis. Procedía del particular rescate un puñado de botellas experimentales del Albillo Real de Las Moradas, con la singularidad de haber sido criado seis meses en barrica, bajo velo de flor -sí, como las manzanillas de Jerez-, y sin sulfitos. De la cosecha 2015.

Y sé que es injusto hablar sobre vinos que escasean, pero más injusto es dejar que los tesoros se pierdan en el olvido.



Por eso mi testimonio de un vino deliciosamente emocionante, de tímidos reflejos dorados. que olía a la piel de la almendra cruda, al azahar en el naranjal, y al pinar en verano, el mar susurra a lo lejos. En boca es complejidad, frescura contenida, la sal y las chispas de la juventud, atemperadas por la autoridad intemporal de la flor. Finura y descaro cuando, al final, vuelve la piel de la almendra, ahora tostada, intensa, larga.

Una delicia de vino con el único pero de no haber tenido arrobas para compartirlas con buenos amigos. Y más terrina de Carlos.


jueves, 23 de marzo de 2017

Cuando el tiempo está de tu lado

No conozco a Telmo Rodríguez, más allá de haber coincidido en un par de ferias, sin embargo siempre le he tenido un gran respeto como el buen elaborador de vino que es. 

En los tiempos que corren de exaltación del terroir y del microelaborador, de la que uno mismo es partícipe, la figura del "enólogo volante", -flying winemaker, si quieren- se ha visto quizás algo denostada, y no creo que eso sea necesariamente justo. 

Sin perjuicio de que la pureza y la autenticidad esté más cerca de las cepas y las uvas autóctonas, de las elaboraciones más arraigadas y de quienes han crecido en torno a ellas, las cuidan y extraen de ellas los vinos, hay lugares que deben mucho a estos personajes sin tanto arraigo.

También he de decir que algunos de los vinos de la Compañía de Telmo estuvieron entre los que un buen día, tiempo ha, me hicieron poner un ojo en este fantástico mundo, y me cambiaron la vida. Vinos asequibles, producciones moderadas, pero con suficiente entidad, identidad y tipicidad como para recolocar en el mapa zonas olvidadas. Rioja y Ribera del Duero, sí, pero también Cigales, Alicante, Cebreros, Málaga... y Valdeorras. 

Por eso pienso que hay también un gran mérito en apostar por zonas y viticultores para elaborar una marca con la que mostrar al mundo el potencial del paisaje, a través de sus vinos. Aunque sea en detrimento de romper el círculo ideal del vignerón-elaborador

Esto viene a cuento porque curioseando en botellero, me encontré con un ejemplar de Gaba do Xil 2008, con nada menos que nueve años a sus espaldas.




Al hecho natural de mi curiosidad por la longevidad del godello, que considero potencialmente elevada, se unió recordar 2008 como una cosecha favorable en la zona, especialmente para variedades que, como ésta, tienden hacia la madurez más que a la frescura.

Experimentos previos me habían suscitado dudas, y siempre con gamas altas, concebidos a priori como vinos de guarda. Unas muy gratas como la del Godello Barrica 2003 de Algueira, otras no siempre perfectas, como As Sortes o Pezas da Portela en diversas añadas (otras sí). Curiosamente, visitando precísamente a Rafa Palacios, con ocasión de la preparación de Galicia entre copas, mi más grata sorpresa fue la añada más antigua de su vino humilde, Louro do Bolo, que no sólo mostraba un estado de forma excepcional, sino una complejidad muy superior a la de sus primeros meses en el mercado.

En esta línea, me quedaba la curiosidad de ver la evolución de un godello de elaboración convencional, sin madera, y pensado para su consumo más inmediato, ya que como ocurre con el albariño (mejor siempre a partir de su segundo año), esta es la prueba de fuego. 

La sorpresa fue francamente grata.

Piruetas en la copa, de un tímido dorado, sus aromas eran complejos, pero tremendamente limpios. Cantalupo, calabaza madura, melisa, la miel que se disuelve en el agua templada con limón. Golosamente seco, la voluptuosidad del tofe, la acidez del caramelo de limón,y, al final, el fino amargor del pomelo rosa. Sabroso, untuoso y largo. Sin ser un vino fresco, viste un umami que lo hace francamente facil de beber. 

Mientras lo acompaño de un triste filete de pollo a la plancha, pienso en una versatilidad interminable. La delicia de cualquier sumiller para divertirse con armonías de mar y montaña, foie y encurtidos, pajaritos, garbanzos con bacalao o incluso algún postre.

Si se dejan una botella olvidada en algún rincón y la rescatan años después, me cuentan,... o mejor, me la mandan y les devuelvo una (o incluso dos) del año corriente.

lunes, 20 de febrero de 2017

Albóndigas, alcachofas y Medianías

No abundan, pero hay noches de soledad en las que mi Santa se ausenta. Aprovecho entonces para dar rienda suelta al hedonismo y entregarme a dos grandes placeres.

Dos placeres que lamentablemente (o no) no compartimos. Las alcachofas, y las habitas.

¿Qué estaban pensando?

Decidí fusionar las primeras con otra debilidad que sí compartimos, las albóndigas, en uno de esos guisos que uno llama "de sentido común".

Las albóndigas son de carne picada de ternera, pero pueden mezclarse con algo de cerdo, que sazonaremos con pimienta blanca y salvia, y ligaremos con una miga de pan mojada en leche y un huevo. Luego haremos bolas, las enharinamos y sofreímos ligeramente en aceite de oliva. Basta el necesario para que no se peguen, no se metan en fritangas.

Retiramos las bolas y en el mismo acto sofreímos mucha cebolla y un par de ajos bien picados con una guindilla. Paciencia, buena letra y una copita de palo cortado mientras la se doran. Paralelamente hervimos los corazones de alcachofa junto con un puñado de guisantes (si son de su agrado, que esto va por barrios) durante 4 minutos en agua salada.

Cuando el tema se concentre compartimos con la cebolla un chorro de palo cortado, subiendo el fuego hasta que se evapore el alcohol, momento en el que incorporamos las alcachofas, las albóndigas y un vaso de fondo oscuro, o en su defecto caldo de carne lo más concentrado posible. Sólo queda dejar hacer chup chup a fuego lento hasta que el guiso brille con luz propia...



Hay un falso mito consistente en que las alcachofas y el vino no se entienden. Ocurre en algunos casos, pero no en todos. Jerez y Champagne siempre funcionan.

También hay un puñado de tintos muy especiales que por razones que desconozco se mueven con soltura ante la deliciosa flor. Lo comprobé un día con un espectacular Baboso Negro de Borja Pérez, y lo constato hoy con Medianías 2014.


Este vino es algo así como una joint venture (este anglicismo innecesario es para provocar a Jose) entre Suertes del Marqués y Montenegro Distribución, tras la cual se encuentra un auténtico faquir del vino con el que he tenido la suerte de compartir multitud de catas y encuentros, Alberto Pérez Marín. Nunca he probado nada que Alberto defienda y no esté bueno, así que en cuanto me enteré me lancé a por ello, y con éxito.

Medianías se elabora con las uvas de cuatro fincas, situadas en las medianías -guiño, guiño- del Valle de La Orotava, en Tenerife. En ellas hay cepas de entre 10 y 100 años de edad de distintas variedades. El listán negro se conduce en cordón trenzado, mientras que el vijariego negro y la tintilla van en espaldera.

2014 se vendimió entre las últimas semanas de septiembre y la última de octubre, y hubo buenas maduraciones. 

Las variedades también se vinifican por separado. Listán negro y tintilla en cubos abiertos de hormigón, controlando temperatura, y vijariego negro a su aire, en tinas de plástico. La fermentación fue natural y la crianza en barricas de entre 228 y 500 litros.

Medianías es una bofetada frutal, casi selvática, que seduce desde el primer segundo. Hay endrinas y madroños maduros, melocotón de viña, níspero, orégano fresco y la mina del lápiz gastado. La arena negra del volcán, que antaño fue fuego. El paso es largo, pero se hace demasiado corto, sabor intenso, voluptuoso, crujiente.

La botella se hace corta y el recuerdo, inolvidable.

E insisto, se entiende bien con la alcachofa, y excepcionalmente con las albóndigas. Pero si dudan agárrense al palo cortado que ahí no hay espacio para el error.

Buena semana.



 


domingo, 5 de febrero de 2017

Tras da Canda Caiño Blanco 2015

Este viernes es mi cumple. 37 tacos, sí, y puedo afirmar que si alguna experiencia hace ver el paso de los años, esa es la de beber el vino de un viñedo que has visto nacer. Así mola envejecer.

Hace casi una década, acompañaba a Rodrigo Méndez, hoy gran amigo, a inspeccionar un pequeño terreno cerca de Meaño, en lo más alto de los viejos montes del Salnés. Se trataba de un puñado de tierra pobre arrancada a los eucaliptos, alejada de la sombra y la bruma, y en la que casi no se escondía el sol hasta el ocaso. Buen y prolongado calor de verano para lo que allí quería plantar. Los árboles ya no estaban y en su lugar se asomaban enormes pedruscos de puro cuarzo. 


 Todo el trabajo estaba por hacer, y la ilusión de Rodri residía en remar contra corriente, recuperando variedades olvidadas, de largo ciclo madurativo, blancas y tintas, en un entorno prácticamente virgen, y plantándolas en espaldera, en lugar del autóctono emparrado.


No fue fácil. Pese a cercar la finca con robustos tablones, que en su día fueron bateas, las alimañas pasaron, camparon a placer, robaron cepas, destruyeron. Las plantas pugnaban por sobrevivir en terreno hostil, tardaron en brotar y no fue hasta los cinco años en que comenzaron a nacer unas cuantas uvas.

Aunque no había vino, nos gustaba subir allí año tras año y soñar con las botellas que beberían nuestros hijos.

Pero el tiempo pasa, y el primer blanco de aquel viñedo ve la luz. En cuanto supe que el carril de caiño blanco ya estaba embotellado y en el mercado, corrí a La Tintorería, donde los vinos de Rodri tienen su propio rincón, y me hice con un ejemplar.

Tras da Canda 2015 es un 100% caiño blanco al que, en su largo ciclo, le costó sobrevivir y madurar. Nada que merezca la pena se obtiene sin esfuerzo. Uvas despalilladas y pisadas que fermentan naturalmente y se crían durante un año en barrica de roble. 


Apenas un puñado de botellas de vino claro y brillante. Austeridad que trae pomelo rosa, el mar en calma, las rocas, talco y pedernal. También pimienta blanca. La lluvia fría de enero sobre el eucalipto. En boca es el agua salada del arroyo que llega al mar, tensión, acidez sápida y cortante, no apta para advenedizos. Taninos pequeños, secantes en un trago sabroso, largo e intenso. 

El latigazo aun descontrolado de un vino grande, poderoso, con gran identidad y terruño que hará suyo cada día que pase, y que regalará algo mágico a quien sepa y pueda esperar.

El vino con el que muchos soñamos.


viernes, 27 de enero de 2017

El guiso de Don Latino y La Vendañona 2014

En ocasiones los gallegos (de nacimiento o adopción) cometemos un grave error, creer que en lo que a pescado se refiere, Galicia tiene todas las respuestas. Y no es así.

Hace ya algunos años hablaba de mi primera visita a Mam i Teca. Corría el año 2013 y llegaba allí recomendado por Joan Pallarés, donde disfruté de una cocina sencillamente excepcional, y de uno de los lugares más canallas y divertidos del barrio chino barcelonés gracias al carácter socarrón y deslenguado de Alfons Bach, personaje que regenta el local -decía entonces y mantengo que cual Don Latino en Luces de Bohemia-.

Desde entonces procuro pasar por allí cada vez que desembarco en Barcelona. En una de mis últimas visitas, con posibilidad de acercarme a cenar, hablo con Alfons. Mam i Teca está cerrado, pero la cocina y la botella abiertas, porque ha ido al mercado, como siempre. Protesta porque ya no es lo que era. Desde que los mercados de postín se han puesto de moda, se llenan de turistas cutres que bajan de los cruceros y cuyo consumo se limita a los botellines de agua, pero les gustan tocarles los ojos de mirada bóveda a los pescados mientras recorren los puestos en fila india.

Él sí paró en la pescadería y se llevó un bicho, cuya etiología no recuerdo. Era lo de menos. Cuenta Alfons de la tradición catalana de elaborar un guiso con patatas y lo que hubiera, y cuya receta desde entonces se ha convertido en mi rito atávico cada vez que decido meter el mar en una cazuela de barro.

Dice que cualquier bicho vale, incluso la combinación de varios distintos, en el siguiente orden:

1. Se hace un sofrito de cebolla, pimiento verde y alcachofa, que es temporada (y si no los corazoncitos congelados no están mal)

2. Al ver la cosa tomar color, se añade tomate rallado, en cantidad aproximada de un 25% del sofrito, y aderezado con pimienta negra y pimentón dulce (yo le pongo también picante).

3. Cuando reduzca copazo de Ron Jamaicano (sí, no se me revolucionen, es perfecto para compensar la acidez del tomate)

4. Aquí viene lo mejor. Se hace una picada de almendras y avellanas tostadas (mejor recién tostadas en casa), con ajo, azafrán (también tostado) y una pizca de chocolate negro (¡!)

5. Se incorporan unas patatas de las buenas (no me ahorren en el chocolate del loro) chascadas en tacos y un buen caldo de pescado y cabezas de marisco.

6. En el momento en que las patatas estén hechas se añade el pescado, los bichos con cáscara (yo usé berberechos) y unas gambas gentileza de su casa -añade Alfons- para que los invitados se CENSORED sin roce previo.

En mis dos pruebas empleé pescados distintos, rape en la primera, raya en esta que nos ocupa. Hay que tener en cuenta cada tiempo de cocción, pero como empleamos barro, que sigue calentando sin lumbre, nunca superior a 10 minutos. La regla de apagar en cuando el bicho esté nacarado, no suele fallar. Y mejor pecar por defecto de calor que por exceso. 




El resultado, se lo aseguro, es una brutalidad de sabor. Tanto que lo mejor para acompañar esta bomba es un tinto con presencia y mucha garra. Suerte que tenía a mano, fruto de mi paciencia y de la generosidad de mi amigo Germán R. Blanco, alguna botella de los vinos que hizo en 2014 de su proyecto Casa Aurora, consistente en encerrar en un puñado de botellas la historia de algunas personas desde hace muchos años ligadas a pequeñas parcelas en la villa de Albares.

Dice Germán que cada añada es una batalla ganada al olvido y a la montaña.

Los suelos están limpios de tratamientos, y los únicos ayudantes son infusiones, suero de leche y algo de azufre. Nos encontramos con La Vendañona 2014, elaborado con la viña de Amor Fernández, en la que los suelos son de la imponente arcilla roja que surca el terreno en el Bierzo Alto. 



Allí sobreviven cepas centenarias de mencía, garnacha tinta, garnacha tintorera, palomino, doña blanca y godello. Todo se vinifica junto, pisando racimos enteros con los pies. Fermentan y se crían 12 meses en barrica grande y usada. Mas el año y pico de botella que le dio un servidor (por ponerme algún mérito), y que el vino agradeció sobremanera.

En nariz es fruta y más fruta. A veces roja y después negra, arándanos y ciruelas macerados, pide aireación, y entonces también llega el pinar en septiembre, barro cocido y a manteca de vaca vieja. El trago es directo, redondo, picante, con taninos rotundos, ligeramente secantes. Hierba, manzana asada, un golpe mineral. Naturaleza, sabor, intensidad, la finura descarada de la fruta crujiente. De esos vinos que no puedes dejar de beber, y beber.

Y de lo mejor que he bebido ultimamente. Una gozada que llena de matices y complejidad que irá de cine con el Guiso de Alfons.

Personas auténticas que hacen cosas auténticas.

miércoles, 18 de enero de 2017

Pradio MRNZ, el kale y la pasta



Celebrábamos hace unos días el aniversario de la salida al mercado de la Segunda Edición de Galicia entre Copas. ¡El caso es celebrar cosas!, - dirá con buen criterio el avezado lector- y así es. Bastantes son las miserias y desgracias con las que tenemos que convivir, como para obviar el festejo por aquello que nos hace un poco más felices. 

Porque la felicidad se encuentra en las pequeñas cosas del camino, y un descorche es siempre motivo de alegría, procedimos a buscar un vino acorde. No fue difícil, porque aunque todas las bodegas de las que hablamos han seguido evolucionando con brillo, si alguna ha dado un verdadero y gran salto, tanto en lo que se refiere a la apuesta por las variedades ancestrales como por su cultivo sostenible, esa es Fazenda Pradio

Negarse a correcciones de laboratorio y bata blanca para lograr obtener la etiqueta supuso para Xabi y su gente la condena al exilio de la clandestinidad, a no poder indicar al consumidor la uva, ni la añada, pero también la absoluta libertad, que entre otras cosas obliga a divertidas etiquetas como la de esta botella de Pradio MRNZ que nos ocupa, de la que sabemos que casualmente contiene un vino elaborado exclusivamente con la variedad merenzao en el año 2013. 



Una casta que algunos consideran el origen del que evolucionaron muchas otras de las que actualmente se encuentran en Galicia y que ha viajado lejos con distintos nombres. Si seguimos los caminos de Santiago nos acompañará como bastardo portugués, como maría ordoña en Valdeorras, como verdejo tinto en el paso por Asturias, como maturana en Rioja y hasta llegar a la trosseau Francesa, donde empieza la ruta. 

Todas las viñas de Pradio se encuentran en A Peroxa, y todas en bancales, fundamentalmente sobre suelos de granito. La mitad de ellas están en torno a la bodega en un, poco frecuente en la zona pero hermoso, estilo chateau. El ciclo del merenzao es muy corto, y su maduración temprana allí, posiblemente la primera en vendimiarse, por lo que hay que estar al quite, especialmente en años complejos como 2013.  La viticultura es sostenible sin etiquetas y la elaboración cuidadosa pero poco intervencionista. La fermentación es espontánea y sin aditivos, dando lugar a un vino prácticamente traslúcido que envejece durante un año en barricas de roble.

La sutileza toma forma en este vino, que susurra aromas de otoño, de champiñón, de laurel seco, de magosto, y que recuerda al suelo en torno al castaño cuando se acerca diciembre. En boca es una caricia directa, fluida, en la que los taninos son plumas que arrullan y se van, dejando la fruta granate y, otra vez, el otoño.

No hace falta complicarse demasiado la vida para maridar este vino porque su sutileza y contradictoria persistencia hacen que vaya bien con casi todo. Y mientras pensaba en ello me encontré con una deliciosa receta de Anna Mayer de pasta con grelos, y decidí adaptarla a lo que en ese momento tenia en la nevera, unos restos de queso Cantagrullas y unas hojas de la berza de moda conocida como kale. Inmersa en toda esta chorrada de los "superalimentos", es una verdura interesante, tanto por su sabor y textura, como por lo bien que se comporta ante cualquier cocción. Lo de las propiedades curativas y chamánicas ya lo dejamos para los reportajes de la Sexta y culebrones veraniegos. 

Le dimos a las hojas con sus tallos un golpe de vapor para, seguidamente saltearlos en aceite de oliva virge caliente con ajos dorados, guindilla y un par de anchoas deshechas al calor del fuego. Por otro lado cocemos la pasta. Como las hojas ya son aparatosas de por sí, elegimos una corta. Me gustan los helicoidale Garófalo (valen macarrones), que de lo que hay en el super son lo mejor, de largo, y si sigues el tiempo de cocción que indica el fabricante quedan al dente de verdad, en lugar de blandos y apelmazados, tipo lego. 

Incorporamos la pasta al salteado, junto con un par de cucharadas del agua de cocción y salteamos un minuto más, añadiendo un queso tierno, pero intenso y con acidez, cortado en trozos pequeños para que se vaya deshaciendo al calor de la pasta. Como decía, yo utilicé el Torrejón con ceniza de Cantagrullas, pero en caso de emergencia, el normalito de cabra, parmesano rallado o ninguno puede valer también. 

 Y listo. 




El resultado es una pasta de sabores verdes y punzantes, que del otoño del vino, nos llevan a la primavera, y,que van de cine con el vinazo que nos ocupa.


Galicia entre copas, SEGUNDA EDICIÓN

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