jueves, 31 de marzo de 2016

Colleiteiros de Amandi

Hace unos dias tuve la fortuna de disfrutar de la fiesta del vino de Amandi, placer que debo a la acogida del Concello de Sober y su alcalde. Allí, desde hace más de 30 años se celebra una feria en la que se escoge el mejor vino tinto de la zona (subzona en la D.O. Ribeira Sacra) de la cosecha del año anterior. Por tanto, todos ellos vinos jóvenes elaborados fundamentalmente con la variedad mencía. 


Cepa en Amandi. Por Anabel Carrión para Galicia entre copas.

Mi primera conclusión tras probar todos esos vinos fue que 2015 había sido un año complicado por su calidez y por las irregularidades meteorológicas de finales de verano y principios de otoño. Esto, por contra, facilitó un poco la labor de elegir aquellos vinos en los que se demostraba que las decisiones de sus viñadores habían sido las correctas. 

La segunda conclusión fue hacer algo de abstracción y advertir una realidad que me gustó, y que va por delante de las críticas que pudiera reiterar por disquisiciones con los organismos de turno o por elaboraciones que quizás y en mi opinión podrían ser más arriesgadas en muchos sentidos. Como adelantaba, me gustó ver que, frente a lo que hoy es tendencia, el foco local está puesto en la figura que hace verdaderamente posible el vino auténtico, una persona o una familia, que con sus manos cuida de la viña (generalmente de muy poca extensión), y que con sus mismas manos elabora el vino que portará la esencia del paisaje en el que viven las cepas. Aquí lo llaman colleiteiros. 

Este modelo convive en cierta armonía con la gran producción de modelo cooperativo que hace la zona económicamente viable, y con algunas bodegas cuya fortuna y producción ha aumentado mucho en los últimos años. Quiero decir que percibo aquí una coexistencia pacífica, no vista en otras zonas, que, salvando grandes distancias, me hacen pensar en la dicotomía pequeño productor y grande maison que tan bien ha funcionado en Champagne. Y si las cosas pintan bien, también hay que decirlo. 

Los vinos de colleiteiro y de las pequeñas bodegas de Amandi son sinceros, alegres, imperfectos, asimétricos y con una transparente hermosura. Revelan con gran claridad cómo ha sido el año, hacia dónde se orientan las viñas o con qué problemas ha tenido que luchar el productor en la cosecha. Lucen pequeños defectos que los hacen emocionantes (¡me aburren los vinos perfectos!), y algunos asesores externos han ayudado a solventar los problemas más serios. Por todo ello, la fotografía común revela lo mejor que se puede predicar de un vino, la tipicidad, porque es difícil probar estos vinos y no reconocer de dónde vienen. 

Hablo de tintos de Amandi como Estrela, Peón o Val da Lenda. De este último he disfrutado enormemente de dos botellas gloriosas en los últimos días. También hablo de Priscillus, de, de Don Bernardino, de Cividade, de Regueiral, del siempre exquisito Tear, y de gente que va por otro lado, como el delicioso Lucenza, que ha decidido apostar firmemente por la vía ecológica más comprometida con el entorno, o también de Régoa, desde sus maduros y reposados vinos de crianza. Por cierto, han salido al mercado unas pocas botellas de su añada de gracia, la 2008, para demostrar que el tiempo les viene bien. 



Tengo delante Viña Cazoga 2015, un paradigma sencillo y cristalino de lo que es la mencía más pura en Ribeira Sacra, que huele a arándanos, a ají, y también a laurel y a barro cocido, y que en boca es directo, carnoso y vibrante. Muy fresco pese a sus 14%, y que deja en el paladar la sensación de un caramelo muy antiguo. 

Por sus pequeñas producciones y reducidos canales de distribución, no son fáciles de encontrar, pero hoy en día, todo es ponerse y casi nunca alcanzan los 10 euros.

martes, 8 de marzo de 2016

Las decisiones (y los vinos) que cambiarán el mundo

Hace ya muchos años que no veo la ceremonia de entrega de los Oscar. No porque no me guste, pues suele ser un evento entretenido, sino porque madrugo mucho y no me lo puedo permitir. Sí suelo tratar de cotillear qué ha ocurrido al día siguiente, sobre todo porque las películas premiadas no suelen estar mal. Ahora, con una niña de dos meses, apenas puedo ver una serie a trozos, pero sigo tratando de enterarme. 

 Aunqué no atendí ni a un 5% de la ceremonia, dudo que haya habido momentos mucho más interesantes que el discurso del Sr. DiCaprio al recoger su premio. Si uno brujulea un poco en su trayectoria, comprobará que aparte de un buen actor, es un tipo comprometido con muchas causas que defienden la naturaleza. Dirán los más progres que como es un despreciable millonario, sus acciones carecen de mérito, pero con sus millones y su tiempo ha decidido hacer algo objetivamente bueno. Podría seguir la estela de los árabes del petróleo con descomunales trasatlánticos, o coleccionar Ferraris, como el hijo de un político corrupto hasta las pestañas, y sin embargo ha decidido que el futuro de nuestro mundo es una buena opción para invertir. 



Creo que el mensaje es bastante claro y responde a una realidad que podemos palpar. 2015 ha sido el año más cálido desde que existen registros, y no tiene pinta de que 2016 vaya por mejor camino. El mundo se está convirtiendo en un lugar en el que cada vez es más difícil vivir, y, si esto sigue su progresión, los hijos de nuestros hijos heredarán un planeta hostil y despiadado, aun más. Los primeros en pagar, además, serán los de siempre. 


También creo que el paisaje atroz que describía de Cormac McCarthy en La Carretera no se encuentra tan lejos como podríamos creer. Y estoy de acuerdo con este señor en que no basta con sentarse y esperar a que las cosas cambien. Porque esos hijos de nuestros hijos recordarán que sus abuelos pudieron hacer algo, y sin embargo se cruzaron de brazos o pusieron la vista hacia otro lado. 

Miren, comulgo mucho con algunos postulados de Fernando Savater, y especialmente con el pesimismo activo. Quiere decir que si algo puede salir mal, saldra mal,... si nadie hace nada. La actitud de esperar que otros actúen, en un mundo cortoplacista del beneficio inmediato nos conduce directamente al abismo. Porque sí se pueden hacer cosas. Y porque para que el mal triunfe, basta que los buenos no hagan nada. 

Se puede apoyar a líderes que lleven en sus programas la lucha contra la contaminación y el cambio climático, y exigirles que cumplan con el voto. Se puede utilizar el transporte público, también las bicicletas, se pueden llevar al súper las bolsas de casa, y buscar envases de alimentos sin plástico, o elegir al menos aquellos que no tengan siete paquetitos innecesarios ¿es necesario que cada magdalena lleve un envoltorio?, se puede reciclar, no de Pascuas a Ramos, sino siempre, y bien. Incluso se puede meter la botella de plástico que está en el suelo al cubo correcto, aunque no sea nuestra. Seguro que el que pasa al lado, aprende algo. También se puede optimizar el consumo de calefacción. Se puede consumir menos carne, porque es sano y porque las flatulencias de las vacas causan el 15% de la emisión de los gases de efecto invernadero. Se puede evitar el uso de aerosoles. Se puede usar menos papel, e imprimir sólo lo que sea necesario. Y muchas cosas más.

Se pueden consumir productos respetuosos con el medio ambiente. Y también se puede cuidar del paisaje, y por tanto del planeta, bebiendo vino. 

Hoy en día, una parte del mundo del vino es especialmente sensible a la contaminación humana y al cambio climático. Muchos de ellos ya han sufrido con dureza las consecuencias del calentamiento, con maduraciones extremas, con lluvias torrenciales y con sequías. Otros han visto como sus suelos morían o agonizaban hasta la desertización, porque en ellos la vida había sido diezmada a base de pesticidas y tratamientos. La mayoría continúan en el círculo vicioso, rehenes del fitosanitario, dándose cabezazos contra la pared. 

Pero unos pocos han decidido cambiar las cosas, buscando prácticas ecológicas, sostenibles y respetuosas desde varias filosofías, desde la mínima intervención y el producto natural, hasta quienes desde la biodinámica buscan devolver el equilibrio al entorno y que la vida retorne. No es una batalla facil. Las plantas que les daban de comer, deben desengancharse, como un toxicómano, y muchas no sobrevivirán. Otras sufrirán con dureza. Y hace falta paciencia. Se pierden cosechas, los rendimientos bajan, en ocasiones hasta lo ridículo, pero los valientes persisten y el resultado merece la pena, porque los vinos en los que toma forma este trabajo, suelen ser un éxito por su sinceridad y su capacidad de reflejar el paisaje como nunca. 

Dice José Luis Mateo, uno de los más honestos viticultores que he conocido, que tan solo quiere dejar para sus hijos una tierra mejor y más viva de lo que se la encontró. ¿Se imaginan que todo el mundo trabajase en lo que fuera con esta premisa?. ¡Qué diferente sería el mundo!

Por eso les insisto en que es posible, también, cambiar las cosas bebiendo vino. Porque si todos demandamos esta forma de trabajar, disfrutaremos de vinos únicos, singulares y con un gran tipicidad, pero sobre todo contribuiremos a que estas prácticas sean también, una oportunidad para distinguirse en el mercado. 

Sí, sabemos que ya hay gente que no es honesta con esto, y que afirma ser ecológico, sin serlo, con el único fin de vender más. También sabemos que las certificaciones que acompañan a las etiquetas no siempre son justas, especialmente con muchos que son sostenibles y no las tienen. Así que busquen información, comparen, juzguen y, sobre todo, disfruten. 



Hace tiempo que tiendo a decantarme por este tipo de opciones, y les aseguro que rara vez hay grandes decepciones. Sin embargo últimamente he probado vinos deliciosos. En Francia, donde nos llevan bastante ventaja, he disfrutado mucho últimamente con los tintos de Leon Barral, de Marcel Lapierre o de Philippe Jambon pero .... de vuelta a España encontramos posiblemente en Cataluña uno de los mayores exponentes. Parvus de Alta Alella, uno de los clásicos del Ranking, nunca me ha fallado, tampoco los cavas de Recaredo, los trabajos de Terra Remota en el Empordá y muy especialmente el trabajo de Sara Pérez en Priorat y Monsant, tambien Laureano Serres, Ton Rimbau o Escoda Sanahuja en el lado más radical. Y muchos más, como Samuel Cano en La Mancha, Barranco Oscuro en la Alpujarra, Fabio Bartolomei en Madrid, Alfredo Maestro, Ismael Gozalo, Barco del Corneta, también gente como Sebio, Pilar Higuero, Bernardo Estévez o Esther Teijeiro en Galicia... ¡y muchísimos más! No hay excusa para no beber sostenible de vez en cuando. 


Pilar Higuero en Lagar de Sabariz

Es fácil si preguntan en su vinoteca y les aseguro que vale la pena.

Galicia entre copas, SEGUNDA EDICIÓN

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