miércoles, 1 de junio de 2016

Agnus Day

Comer cordero en mi casa ha sido siempre símbolo de fiesta, una celebración que empezaba pronto, con la fragancia (si se me permite) característica que despliega esta particular carne al tostarse.

Porque desde el máximo respeto hacia la ortodoxia asadora que habla tan solo de agua y sal, cada hogar es un universo, y un horno. Mi madre es de cocciones largas, lentas, de las que duran una mañana y a los aromas del cordero acompaña la dulce cebolla, la exuberancia del limón y el ascenso ancestral del tomillo.

Creo que uno, cuando emprende un camino en familia, debe acoger propia versión del cordero (Pascual o no) y hacerla suya. A mí me gusta que además haya patatas, y que previamente doradas se empapen del jugo de todos estos aromas, a los que añadimos ajo golpeado, con su piel, y unas cucharadas de agua (de Madrid).

Cuando mi vida se complicó, y se hizo más rica, dejé de contar con el tiempo necesario para hacer una baja cocción del cordero, previa al gratinado, pero afortunadamente otros lo hicieron por mí. En Marbris, me proporcionan confianza y un atajo, con unas paletillas envasadas al vacío, cocinadas en su jugo a baja temperatura, y a las que sólo les falta el remate del horno, con la guarnición comentada.

Queda de lujo, permite sacar a pasear a la peque y, mientras tanto, preparar el puré.

Pero la cuestión que nos ocupa circula en torno a qué beber con esto. La respuesta cuñadista (hablo en general y no en particular), casi atávica, pasa por tinto de Ribera del Duero, mejor cuanta más madera o, arriesgando mucho, de Rioja. Así que como vuelve a llover, quise enfrentar estas dos posibilidades a mi teoría que, ya desde hace años, sostiene las ventajas de un blanco afilado y cítrico, como un albariño de Rías Baixas, para tal gesta. Temerario, lo sé.

Lo bueno de no salir demasiado (algo que me ocurre últimamente) es que uno se considera acreedor al derecho de este tipo de excentricidades.

Escogí un super Ribera con larga crianza en roble nuevo al más puro estilo cuñadil, un Rioja Reserva - empiezo a oler la naftalina- y un albariño con fuste.

La fatalidad quiso que el primero, abierto con una hora de privilegio que no tuvieron los demás, cayera antes del intento. Era tal el tufo a maderas nobles que me declaré incapaz de beber aquello sin marearme, recordando la adolescencia atroz, en la que creía que por ir empapado de Emporio Armani, apurando el probador de la perfumería, ligaría más.

Craso error en ambos casos, pero como todo tiene su público, les diré que el vino en cuestión valía 20 euros y ahora puede encontrarse en el Lidl a menos de 7. Hasta ahí puedo leer. Investiguen.

Volviendo a lo nuestro, nos quedamos con dos finalistas.



Por un lado un albariño con cuerpo. Añada 2013, posiblemente la mejor de las tres últimas en el Salnés, y a la que la bodega Lagar de Pintos ha dado un mimo especial, seleccionando una parcela de 3000 cepas para elaborar un vino con crianza, de 12 meses en barrica y otros 12 en botella, sacándolo listo para el consumo. 3000 Cepas de Lagar de Pintos 2013, se llama.

Su primer mérito es que la madera no hace acto de presencia, dejando paso a una fruta eminentemente cítrica, afilada y directa. El segundo es que agradece cada minuto que la botella está abierta y coge temperatura, sacando complejidad y una boca grandiosa.
 
En el otro lado del cuadrilátero, la expresión más clásica de Rioja, el "reserva", una categoría por la que, obviando productos masivos que pueblan los lineales, siento cierta debilidad hipster. ¿Hay madera?, sí, claramente, y americana que es más heavy, pero también hay finura, frescura y sutileza, unidos a ese toque casi naif que tienen este tipo de vinos de corte clásico. Responde al nombre de Gregorio Martínez Reserva 2008. Ojo a la añada porque creo que dará muchas alegrías en estos perfiles, si guardamos algo.

¿Qué ocurrió con la contienda?, pues lamento no sacarles de dudas, pero nos vimos obligados a sentenciar el empate técnico, decantando la opción en función de las preferencias del respetable.
 
Si uno, como quien les escribe, es corredor de fondo quiere acabarse la paletilla él solo y disfrutar del recorrido, su opción es blanca y albariña. Aquí el vino limpia, desengrasa y prepara el cuerpo para el siguiente bocado, haciendo que parezca el primero.
 
Pero si lo que se busca es el recreo máximo en cada bocado, sin necesidad de llegar hasta el final, porque lo importante es el camino y la conversación, su vino viene de Rioja. La integración en el bocado es total, los taninos arropan a la jugosa carne y la excelente acidez del vino acompaña a la grasa, los aromas del tomillo se fusionan con los hongos y los terciarios terrosos del vino. Una pasada.
 
Sé que no les saco de dudas, pero les propongo que hagan sus pruebas, aprovechando la ocasión para enseñarles mi última criatura.


Vale que la foto no es buena y la presentación atroz, pero les aseguro que no quedaron casi ni los huesos. 

Espero no haber decepcionado mucho.



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