jueves, 31 de julio de 2014

Vid Vicious

Si por aquí pasa algún fan de los Sex Pistols, sabrá quien fue Simon John Ritchie. Si no, Sid Vicious les sonará más. La vida del polémico bajista no fue fácil desde su inicio y eso marcó su corta y atormentada carrera, en la que, sin haber sido en ningún momento un gran músico, sí tuvo momentos de brillantez. 

Hoy nos interesa su lado más punkie que es el que se plasma en este vino, un blanco que surge del encuentro entre el silencio, el trabajo y la constancia de Dominio do Bibei, y la revolución irreverente de Adrian Guerra y Fernando Filgueira cuya trinchera se encuentra en Bagos (Pontevedra). 



Una visita a la montaña de Bibei y un par de foudres que chirrían en forma de Hard Rock sobre el murmullo zen de Jazz, Bossa Nova y de algo de Gregoriano que se escucha en el Dominio. Buen vino sin duda, pero toca algunas notas discordantes que le hacen quedar fuera de La Pola. No estaba con ellos, pero imagino la escena. Fernando y Adrian se miran. Adrían sonríe con cara de niño ante el escaparate de juguetes, Fernando, arquea la ceja y no hace aspavientos. Definitivamente encaja. 

Con su proyecto 69 Arrobas, en forma de vibrante, casi extremo, albariño de Castrelo elaborado por Xurxo Alba, del que un día hablaremos, se inició una búsqueda embotellada de la tipicidad extrema en los terruños de Galicia. Pequeñas producciones para vinos auténticos, a caballo entre el chateo y el coleccionismo. 

Pueden disfrutarse, a golpe de guitarra o guardarse hasta que den lo mejor de sí. En el caso de Vid Vicious 2012 nos encontramos con un monovarietal de godello procedente de distintas fincas de la zona de Bibei controlados por el Dominio, esencialmente de suelos de arcilla y arena situados entre 500 y 700 metros de altitud, con distintas orientaciones. Se prensaron racimos enteros y fermentó en foudres de roble austríaco de varios usos, y de entre 1.200 y 2.400 litros. Recordemos que allí arriba no llega el acero inoxidable. 

El vino, que no hizo fermentación maloláctica, permaneció posteriormente con sus lías y en silencio durante unos 20 meses con removidos. Se elaboraron 2.600 botellas. 

Al igual que Sid, tiene un humor cambiante, en ocasiones muestra su cara eléctrica y en otras la más cremosa. El tiempo de aireación y una temperatura no demasiado fría hacen que saque su mejor versión, toda su fruta rabiosa y también algo de hipnotizante hierba. Vibrante, sabroso, vicioso - cómo no- de trago largo y lenguaje preciso. La godello más punk.

Se trata de un vino tremendamente versátil, válido incluso para cualquier plato de carne, pero como tiene fuste suficiente, recomiendo un maridaje arriesgado como lo son los increíbles boquerones marinados (no me atrevo a decir en vinagre, dada su sutileza) con encurtidos que Pablo borda en Bagos



Para hacerse fuerte en la barra hasta el amanecer. 

Quien lo busque puede hacerse con alguna botella en la tienda de Roberto Juncal.

Aunque les aseguro que no descansaré, no sé si habrá más entradas de aquí a que termine agosto, así que disfruten del verano y, en todo caso, nos vemos en septiembre.

Entre tanto les dejo con los Pistols y God Save the #godello Queen





Y si coinciden con los delincuentes que han perpetrado este vino, y el sentido común no les invita a cambiar de acera, no se pierdan el mensaje subliminal de la botella, que tiene historia.

"Never mind the bollocks, fuckin' assholes"

martes, 29 de julio de 2014

La Laguna de Villalba

En la línea expuesta no hace mucho de interesada labor social, dirigida a divulgar buenas prácticas, desarrolladas en aquellos negocios gastronómicos de mi entorno que lo merezcan, traigo a escena un nuevo y prometedor proyecto, que espero que la variopinta población local sepa entender y disfrutar. 

Temo que paulatinamente voy dando más datos de mi escondite, pero me arriesgaré nuevamente. Vivo muy cerca de una bonita laguna que aunque artificial, está adaptada y poblada para la pesca, y rodeada de un hermoso y cuidado parque cuyo mantenimiento lleva el Ayuntamiento, y lo hace bastante bien. 


En medio de este parque hay una bonita casa destinada a una concesión de hostelería, que algunos años atrás, se desarrollaba sin pena ni gloria con otro anodino bar más. Pero muy recientemente una ambiciosa reforma ha terminado por dotar a la casita en cuestión de un aspecto moderno, pero divertido y tremendamente acogedor gracias a una gran chimenea ubicada en el centro del local. 


Paredes blancas, maderas, sillas de colores. Ambiente entre lo cottage y el loft industrial... buen gusto, a fin de cuentas, al que se une una preciosa terraza que nos regala la pacífica vista de la laguna, con un atardecer especialmente evocador. 

¿Hay algo más aparte del entorno y la decoración? Pues sí. 


Aunque no podemos olvidar donde estamos, por lo que la cerveza y las raciones han de ser los protagonistas, aparte de la Estrella Galicia, una carta no demasiado extensa muestra una colección de viandas que, aunque poco sorprendentes, demuestran, al menos en lo que hemos probado, preocupación por el producto y su elaboración. 

Así, podemos encontrar una excelente ensaladilla rusa, unas setas empanadas con alioli, crujientes y nada grasientas, unos calamares a la romana frescos y muy bien fritos, y una sepia algo mejorable. Bordan una de mis debilidades de infancia, el pollo empanado, y especial mención merece la ensalada de tomate, con una hortaliza excepcional y un toque de ajo que, sin excesos, le da al plato una personalidad tremenda. 



Aunque no los hemos probado, prometen los arroces y las hamburguesas, pero como no anda lejos, nos iremos a por ello en la próxima visita. 

En el apartado de vinos, no se aprecian grandes sorpresas ni una larga lista de alternativas, pero se supera en cierta medida lo que uno espera encontrar en un lugar de estas características, habiendo ejemplos en todas las categorías de posibilidades más que aceptables. 

En el caso de autos, nos acompañó Valmiñor 2013, un albariño muy correcto que estuvo bien con todo. Los precios son atractivos, acordes al lugar, pudiéndose cenar muy bien por veinte euros. Poco más se puede pedir. 

Por lo demás, aunque le falta un pelín de rodaje, el servicio es muy amable, la estancia siempre agradable, y la experiencia muy positiva. Por construir en la mejora, sería muy interesante incorporar a la oferta algún "fuera de carta" con el que sorprender al respetable, no acomodarse y demostrar inquietud por el producto de mercado.

Y si a eso le añadieran el descorche, teniendo en cuenta que me bastan dos minutos descolgarme desde mi casa, me acabarían teniendo como un parroquiano, al más puro estilo Cheers. 



La cosa apunta bien.



La Laguna del Carrizal
Playa de la Lanzada s/n
Collado Villalba (Madrid)
918498821



jueves, 24 de julio de 2014

Un paseo por las nubes

Un emocionante proyecto (pronto hablaré de él) me tiene buscando tiempo bajo las piedras para visitar y conocer de cerca los proyectos vinícolas más interesantes de Galicia. 

El pasado fin de semana me condujo a empaparme de viña, curva y pizarra entre Lugo y Ourense, entre paisajes de ensueño y vinos que harán historia. 

La primera parada, nada exenta de dificultades, nos llevó a Bibei, un lugar lejano y ciertamente enigmático en el que reina el silencio. Allí se erigen discretas, y al tiempo perturbadoras, tres estructuras blancas que encierran, como punta de iceberg, todo un universo creado por y para el vino. 

Cuando uno alcanza la cima no puede evitar la sensación que posiblemente tuvieron los tripulantes del Nostromo al encontrar aquella misteriosa construcción procedente de otra civilización, de otro mundo.

Afortunadamente en este caso, el único octavo pasajero es el fruto de la vid y el hombre, que sin duda cautiva al que visita Dominio do Bibei. Allí nos recibe Gutier Seijo, responsable técnico de la bodega. Un tipo serio y honesto, pero con un impresionante conocimiento de las posibilidades de la zona, y gran experiencia internacional pese a su juventud.

Se trata de un proyecto que, desde su comienzo a través de acuerdos con buenos viticultores, hasta la actualidad, en que el 70 por ciento de la producción es propia, fruto de las plantaciones que se iniciaron en 2002, no ha parado de calentar motores, de experimentar y de buscar la mayor expresión del terruño de Ribeira Sacra, y ahora de Bibei. Pese a que entienden que el culmen está muy lejos de ser alcanzado, ya hacen algunos de los mejores vinos de Galicia. De hecho, no creo que haya en la zona a día de hoy un tinto con crianza que alcance el nivel de La Lama en su volumen de producción (en torno a las 60.000 botellas), algo absolutamente imprescindible si se pretende que estos magníficos tintos atlánticos consoliden el eco que están haciendo en el mundo.


Cierto es que para ello no han escatimado en gastos, pero ninguno ha sido en tecnología ni en atajos, sino en los medios óptimos para llegar al mejor vino (foudres de toda clase y tamaño, huevos de hormigón, unas instalaciones dignas de la envidia de un Chateau de Burdeos o la asesoría de Sara Pérez y René Barbier). Esto tiene el nombre de una persona, Javier Domínguez, que ha apostado muy fuerte y sin reservas por este gran proyecto.

El fruto ha respondido y el parte del resultado son los excelentes vinos de 2010 que catamos, casi al vuelo y que intentaremos volver a probar pronto con la calma que se merecen. Un siempre excelente La Lama, fresco y jovial. La Cima, misterioso, mineral, crudo aun. Un Brancellao muy fresco, pero algo más hermético que otras añadas, y un La Pola brillante, tenso y complejo, necesitado de botella, pero que dejo para el final porque posiblemente sea la mejor añada vista hasta ahora. Hechuras de gran vino.

De allí nos fuimos a ver a Pedro Rodríguez. Si les digo Guímaro, quizás les suene más, y si les digo que es la cara oculta de El Pecado, de Raúl Pérez, seguro que salen definitivamente de dudas.

Una bodega que elaboraba un buen vino joven en su día, y que a día de hoy ha reconducido sus mejores parcelas a la elaboración de unos excelentes tintos de finca, basados en la mencía, aunque con soporte de otras variedades, con increíble tipicidad y matices pese a estar las parcelas separadas entre sí por un kilómetro escaso. 

Si a esto añadimos las inquietudes de un tipo joven e inconformista como Pedro por hacer vinos cada vez más expresivos de su terruño, y que comienza la difícil pero emocionante andadura de la viticultura ecológica, la trayectoria de Adegas Guímaro no puede ser más prometedora.


Probamos su vino joven, Guímaro 2013, con el que ha podido expresar lo menos malo de una añada mediocre en general. La falta de concentración derivada de las lluvias tardías, trae un vino ligero, fresco y de trago largo, muy fácil de beber. 

Interesantísimo Guímaro Blanco 2013, un coupage en el que el godello es un 75% y lo restante lo componen treixadura, torrontés, albariño y dona branca. Fermentado con sus pastas en inox y con prensados leves. Requiere aireación y una temperatura no muy baja para expresar toda su tipicidad floral y mineral.  Melisa, lavanda y limón escarchado unidas a una boca vibrante y con buena presencia. 

Su también blanco GBG 2012, está en una onda más friki, recordando a esos complejos pero deliciosos blancos del Friuli. Quiere botella, aire, y, de nuevo, una temperatura moderada, más semejante a la de un tinto joven.

Tremendas sus fincas que resumo en un Meixemán 2012 mediterráneo, profundo y voluminoso, un Pombeiras 2012 crudo, algo agresivo, pero de gran intensidad y un Capeliños 2012, que, aparte de mi debilidad, es frescura, elegancia y sutileza borgoñona. Fincas que me cautivaron no hace mucho, y que volvieron a hacerlo en esta visita.  

Ya de vuelta visitamos a un último "vigneròn", su iniciativa es muy pequeña aun, pero no menos emocionante. Se trata del proyecto de Nacho González, otro chalado de esta generación que lo está revolucionando todo. Sus viñas están en Seadur y Larouco, justo donde ya ha terminado Ribeira Sacra y comienza Valdeorras.

Por las mañanas gestiona Fondos Europeos para el Desarrollo Rural, y por las tardes se entrega a sus viñas, en las que no quiere intervenir más que para desintoxicar a las plantas de décadas de tratamientos químicos y tratar de manera natural, sólo cuando sea estrictamente necesario. No es poco trabajo. Para ello cuenta con la ayuda de Bernardo Estévez y Alfredo Maestro.
En el campo, conocimos sus viñas viejas de palomino, godello y garnacha tintorera que se confunden entre la maleza o se integran entre árboles frutales, y poco a poco van defendiéndose de ácaros y hongos en un suelo que ya ha recuperado la vida.

En la bodega volvemos a la intervención mínima y a medios limitados a tres barricas, una tinaja de barro y lo que Nacho se ha montado con sus propias manos para hacer los vinos.

Elabora con racimos enteros (no necesita despalilladora) y barricas abiertas. Los problemas de oxidación los ha resuelto con una cámara de CO2 de su propia creación y los de temperatura los resuelve con ¡balas de paja!. Aquí no hay frío ni acero inoxidable. 

Aunque sus vinos aun están por terminar (2013 es su primera añada), puedo afirmar que su garnacha tintorera es racial, feroz y vibrante, y su godello, fermentado con pastas, casi naranja, posiblemente sea el más auténtico con el que me he topado jamás. Tomillo, jara, naranja sanguina, miel de eucalipto. Chispeante en boca, largo, profundo, con taninos pequeños, pero explosivos.


La parcela de la que procede el godello se llama La Perdida, y hace referencia a las decenas de voces que tras pasar por allí decían "esta finca está perdida". 

Esperemos que siga así muchos años, y que - aparte de Nacho- nadie más la encuentre. Por mi parte, pocas veces he visto tanta vida en un viñedo y en su vino.



* Las fotos pertenecen a Anabel Carrión, que me acompañó en la aventura.

martes, 15 de julio de 2014

La cocina de Julia

Si me preguntaran por un libro de cocina francesa integral, que permita atreverse con complicadas elaboraciones de las que al final salen, lo tendría claro, El arte de la cocina francesa, de Julia Child

En efecto, se trata de un libro francamente delicioso, en el que no sólo se pueden buscar recetas, sino simplemente disfrutar de una buena lectura, siempre que los jugos gástricos lo permitan. 


Se editó por primera vez hace cincuenta años, y desde enonces no ha dejado de publicarse con gran éxito, pese a que no ha sido traducido al español hasta hace muy poco.

Curiosamente, su autora no es francesa, sino americana, y eso explica claramente la razón de su popularidad, haber traído simplicidad y cercanía a la compleja cocina francesa. La edición española, de rabiosa actualidad, cuyo prólogo, por cierto, corresponde a Martín Berasategui y David de Jorge, está especialmente cuidada y bien traducida, por lo que, como adelantaba, basta con ser un discreto aficionado a la gastronomía para embriagarse con el libro como si de una novela de intriga se tratase. 

Desde que mi querida esposa me lo regaló, se ha convertido en el objetivo de cualquier rato libre, así como el detonante de mis últimos ensayos culinarios, algo que trato de manejar con cierto tiento ya que Child era una defensora del placer absoluto de la gastronomía y no hacía ascos a elaboraciones e ingredientes de descomunal contenido calórico. 

 Esto último le acarreo no pocas polémicas y numerosas críticas desde el sector nutricionista americano, muy reacio además a implantar en su cultura las recetas de la vieja Europa. 

Merece la pena conocer un poco la historia de esta mujer desde sus periplos como agente secreto durante la Segunda Guerra Mundial hasta su descubrimiento del placer de la cocina a través de unas Ostras Meunier en París, pasando por la escuela de Le Cordon Bleu, para terminar siendo la persona que protagonizó el primer programa de cocina de éxito en la historia de la televisión mundial. 

Hay además una película resultona llamada Julie & Julia en la que, como es habitual, Meryl Streep hace un papel excepcional interpretando a Mrs. Child. 

Mi primer descubrimiento del libro ha sido la elaboración de la bechamel, en la que la leche hirviendo añadida a la roux y el empleo de la varilla de forma enérgica nos ahorra casi una hora de trabajo de cuchara de palo. Seguro que no adelanto nada a quien ya supiera la receta original, pero a mí me ha venido de perlas como detractor, a día de hoy, de algunos atajos del robot de cocina. 

Próximamente contaré alguna receta para añadirle gracia a la citada bechamel, pero entre tanto, la primera elaboración que he tratado de emular han sido unos Amuse-Gueule au Roquefort (entre nosotros, bolas de queso), estupendos para quedar bien con invitados sin entretenernos demasiado. Sólo necesitamos un buen queso azul (yo utilicé uno asturiano) que mezclaremos a temperatura ambiente con unas cuatro cucharadas de mantequilla reblandecida  (la mía era de Colmenar) para unos 200 g de queso. Una vez que tengamos una pasta homogénea, la mezclaremos con una cucharada de apio y otra de cebollino (o de lo verde de la cebolleta) muy picado, una pizca de pimentón picante y sal, si hace falta y unas gotas de salsa Perrins (o de Cognac, si se animan).

Toca meter mano y hacer bolas de tamaño similar recordando la plastilina de nuestra más tierna infancia. Si hace calor quizás haga falta meter la pasta unos minutos en la nevera para que coja un poco de consistencia.

La receta original propone recubrir las bolas con migas duras de pan blanco, pero yo me encontré unas semillas de sésamo caramelizado que irían de miedo con el queso. Sólo había que hacerlas rodar por encima de las semillas y listo. A partir de ahí, depende de lo curiosos que seamos en la presentación.


Otra interesantísima parte del libro de Julia es que ofrece múltiples opciones de maridaje (con vinos franceses, lógicamente) y para esta gama de platos propone un blanco de Borgoña, concretamente un Pouilly-Fuissé. Yo me fuí algo más al norte, cerca de Beaune a por este Les Gueulottes 2011 de Claire Naudin, del que hablé en otra ocasión. Lamentablemente seguía algo machacado por la madera y pese a su presencia en boca, el queso, potente aun pese a los amaneramientos, se lo llevaba por delante.

#fail


Allá que nos volvimos al territorio nacional con uno que nunca falla, por potente que sea el queso en cuestión. El PX San Emilio de Lustau (o cualquier otro del mismo nivel) debería formar parte del fondo de nevera de cualquier aficionado. Te saca de un apuro y aguanta lustros sin desfallecer.


Aromático hasta lo embriagador, denso, muy dulce y elegantemente empalagoso, a lo Jessica Rabbit, tiene sin embargo una profundidad interminable y resulta apropiado para cualquier gesta donde otros fracasen. Con el queso se hacía peligrosamente bebible, pero no quiero pensar en las calorías del festín...




* Y por si alguien se ha dado cuenta, sí, he cambiado de cámara fotográfica.

miércoles, 9 de julio de 2014

Premios #blocDOCat

Levantarme alrededor de las cinco de la mañana para coger un AVE no es algo extraño en mi vida. Uno tiene la sensación de haber amanecido segundos antes de que la nada fuera reemplazada por aquellos que ponen las calles.

En Barcelona ocurre igual, aunque más temprano. Era la primera vez que encendía la tele a horas tan intempestivas, supongo que por oir alguna voz que me permitiera mantener cierta cordura. El madrugón permite también conocer nuevas formas de vida, y yo hoy he conocido a las que pueblan todos los canales a estas horas. ¿Las han visto alguna vez?. Protagonistas de cociertos sin público de grupos indie. Creo que son extraterrestres. Las mujeres llevan camisetas de rayas y flequillo a tijera, como la de la lejía del futuro. Los hombres todo el afro que permite su permanente natural, mucha patilla y pantalón estrecho negro. Elijo a los de Cuatro. No cantan muy bien, pero me terminan de despertar.

Ahora ya estoy en el AVE, suelo ir a la cafetería antes de que arranque y se llene de gente, pero han cambiado al proveedor de cruasanes y no están nada buenos. Todo esto no es más que el delirio de la resaca tras un par de días emocionantes.

La DO Catalunya invitaba a los finalistas del concurso #BlocDOCat a acercarnos a algunos proyectos vinícolas que se elaboran bajo su sello. Allí conocí a Fernando y a Gabriella - merecedores sin lugar a a dudas de haber sido galardonados con el gran premio-. Compartimos una mañana con Josep Buján, director técnico de Freixenet, que nos regaló un master en cava y pudimos saborear el particular "Petit Amarone" que elabora, casi en secreto, en Finca La Freixaneda. De allí a Barberá de la Conca para disfrutar de la increíble cocina de Portal Dinou con los vinos de Carles Figueras, Vinyes de l'Albà, enmarcados en el proyecto Viver de Celleristes, algo tan rompedor e intemporal como la unión de espacio y medios de producción que permitan a jóvenes viticultores elaborar y crecer pensando únicamente en la viña. Un semillero de talento y campo. Sensacional.

De lo probado me quedo con un pequeño pero prometedor Vinyes de L'Alba 2013 que muestra la cara más alegre y jovial de la variedad sumoll. Elaborada con racimos enteros, sin crianzas ni artificios. Voluntad de sencillez, precisión y frescura mediterránea.


Tras un buen descanso en el delicioso Villa Emilia (imprescindible su terraza) y una jornada de trabajo, nos volvemos a ver las caras en la flamante entrega de premios.

En la categoría reina, del mejor blog de Cataluña, surge Malviatge un evocador cuaderno de viaje escrito en catalán.

Una nueva categoría sin fronteras nos permite a algunos, por primera vez, formar parte de este evento de reconocimiento al blog como forma de comunicación vitivinícola. Solo puede quedar uno, que al final resulta ser un emocionado servidor por un pequeño post, hecho con sinceridad, cariño y admiración por la viticultura de verdad.


Por eso dedico este premio a quien con rigor lo merece, esos viticultores auténticos, comprometidos con el suelo, su tierra, las plantas, el entorno, el círculo. Las personas que en este momento se encuentran haciendo los vinos con los que ahora soñamos, yo seguiré haciendo lo poco que sé para ayudarles.

Y lo celebro de la forma más coherente que sé, brindando con burbujas de ese Mediterráneo, al que agradezco enormemente su acogida.

jueves, 3 de julio de 2014

Jambon y el recuerdo

Hoy hace más de tres años que cerró la Cave du Petit, el rincón más punkie del vino en Madrid. Un cajón desastre de vinos naturales (en su mayoría franceses) transgresor, casi salvaje y único en su especie. 

Hoy extinto, fue punto de encuentro de los productores españoles que entonces empezaban o desarrollaban las prácticas ecológicas y biodinámicas en sus elaboraciones. Muchos eran entonces el hazmerreir del sector y hoy son punta de lanza, imitados o consultados por otros que comienzan o que han decidido continuar por caminos más saludables. 

 Cierto es que muchos espacios han ido acogiendo con timidez, pero paulatino interés el tipo de vinos que Carlos Clari defendía, pero en oposición al principio de Arquímedes, el hueco que dejó la Cave no ha sido ocupado por nada ni nadie y por ello, aparte de no existir ya en Madrid ningúna Galia vinícola canalla en la que tragar vinos de sed, disfrutar de la mejor terrina de cerdo y porfiar con el tabernero durante horas, es aun peor saber que muchos productores han perdido su representación en la capital y son ya imposibles de alcanzar, hablo de Claude y Julien Courtoise, de Barral, de los Perraud, Pierre Joly, Pesnot, Schueller  o de Philippe Jambon, entre otros. 

 El cierre fue fulminante, no pude hacer acopio de algunas de esas botellas que jamás volvería a ver, y me tuve que conformar con lo poco que había ido guardando y olvidando. Dos ejemplares aun vivos me quedaban hace un par de días, hoy solo uno. 

El martes, que fue día fruta según el calendario biodinámico, terminamos con una botella, posiblemente la última de mi vida, de Une Tranche 2007 de Philippe Jambon

Foto prestada*

Un tipo no demasiado conocido fuera de los círculos indies, pero que representa una auténtica revolución frente a los monstruos industriales que estuvieron a punto de destruir por completo una zona de vinos tan mágica y vapuleada como el Beaujolais. Junto a su mujer, comenzó a adquirir pequeñas parcelas en el Coteau du Balmont  en 1997, un año de inflexión en el que la producción fue tan grande y mala, y los vinos tan mediocres e hinchados de aditivos, que muchos se plantearon su forma de producción y otros vendieron sus fincas a precios de saldo. Algo, por cierto, que no me extrañaría que terminara ocurriendo en zonas españolas como la de Rueda.

Jambón, a contracorriente, decide trabajar en ecológico, tratar de limitar su producción y re-equilibrar el entorno natural de sus fincas que, no por casualidad, elige cercanas a los bosques y, por tanto, susceptibles de recuperarse más rápido de años de terribles tratamientos, tratando de evitar asimismo, vecinos productores cuyos trabajos químicos hicieran estéril su labor.

La mayor parte de su viñedo es de uva gamay, aunque tiene también algo de chardonnay situado a pocos metros de la línea que divide Beaujolais con Borgoña (Pouilly-Fuissé y Saint Verán). De allí sale un estratosférico y algo punkie Le Jambon Blanc (del que hablábamos hace cinco años, casi nada)

El vino que hoy nos ocupa procede de una de las primeras parcelas adquiridas, situada en pendiente, con orientación sur-sureste y cuyos suelos, al igual que en Morgon o Moulin a Vent (las zonas nobles de Beaujolais) tienen una importante proporción de manganeso.

No hay mucho que decir de la elaboración, aparte de que los racimos llegan enteros, se pisan con pies y que las maceraciones no son muy largas. No hay adición de sulfuroso ni tartárico, chaptalización ni cualquier otro aditivo en ninguna de las fases. El tiempo de estancia en barricas es indeterminado. 

La absoluta falta de tratamientos me hacía esperar cualquier cosa, ya desde la vista de un vino rojo de reflejos caoba, hermoso y decadente. 

Ofrece una sonriente, limpia y aliviadora cara de fruta roja rabiosa, emocionante. Fresas maceradas con especias, albahaca, pimienta blanca y oliva negra. En boca es vibrante, frutal, voluminoso. Muy fresco, con acidez grande. Crujiente, sabroso, con enorme peso frutal. Solo admite trago largo. Más fruta. Un tanino pequeño y arenoso, pero que hace la fresa ácida y algo de manzana golden, casi masticables . 

Un vino para calmar todos los tipos de sed que se les ocurran, enorme y fugaz que como La Cave ya sólo permanecerá en el recuerdo.



* En cuanto a la foto, quería que viesen la imagen de la etiqueta original, como pueden ver a continuación, el vino, fiel a su estilo, llegó como llegó a su apertura...



Galicia entre copas, SEGUNDA EDICIÓN

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