jueves, 24 de julio de 2014

Un paseo por las nubes

Un emocionante proyecto (pronto hablaré de él) me tiene buscando tiempo bajo las piedras para visitar y conocer de cerca los proyectos vinícolas más interesantes de Galicia. 

El pasado fin de semana me condujo a empaparme de viña, curva y pizarra entre Lugo y Ourense, entre paisajes de ensueño y vinos que harán historia. 

La primera parada, nada exenta de dificultades, nos llevó a Bibei, un lugar lejano y ciertamente enigmático en el que reina el silencio. Allí se erigen discretas, y al tiempo perturbadoras, tres estructuras blancas que encierran, como punta de iceberg, todo un universo creado por y para el vino. 

Cuando uno alcanza la cima no puede evitar la sensación que posiblemente tuvieron los tripulantes del Nostromo al encontrar aquella misteriosa construcción procedente de otra civilización, de otro mundo.

Afortunadamente en este caso, el único octavo pasajero es el fruto de la vid y el hombre, que sin duda cautiva al que visita Dominio do Bibei. Allí nos recibe Gutier Seijo, responsable técnico de la bodega. Un tipo serio y honesto, pero con un impresionante conocimiento de las posibilidades de la zona, y gran experiencia internacional pese a su juventud.

Se trata de un proyecto que, desde su comienzo a través de acuerdos con buenos viticultores, hasta la actualidad, en que el 70 por ciento de la producción es propia, fruto de las plantaciones que se iniciaron en 2002, no ha parado de calentar motores, de experimentar y de buscar la mayor expresión del terruño de Ribeira Sacra, y ahora de Bibei. Pese a que entienden que el culmen está muy lejos de ser alcanzado, ya hacen algunos de los mejores vinos de Galicia. De hecho, no creo que haya en la zona a día de hoy un tinto con crianza que alcance el nivel de La Lama en su volumen de producción (en torno a las 60.000 botellas), algo absolutamente imprescindible si se pretende que estos magníficos tintos atlánticos consoliden el eco que están haciendo en el mundo.


Cierto es que para ello no han escatimado en gastos, pero ninguno ha sido en tecnología ni en atajos, sino en los medios óptimos para llegar al mejor vino (foudres de toda clase y tamaño, huevos de hormigón, unas instalaciones dignas de la envidia de un Chateau de Burdeos o la asesoría de Sara Pérez y René Barbier). Esto tiene el nombre de una persona, Javier Domínguez, que ha apostado muy fuerte y sin reservas por este gran proyecto.

El fruto ha respondido y el parte del resultado son los excelentes vinos de 2010 que catamos, casi al vuelo y que intentaremos volver a probar pronto con la calma que se merecen. Un siempre excelente La Lama, fresco y jovial. La Cima, misterioso, mineral, crudo aun. Un Brancellao muy fresco, pero algo más hermético que otras añadas, y un La Pola brillante, tenso y complejo, necesitado de botella, pero que dejo para el final porque posiblemente sea la mejor añada vista hasta ahora. Hechuras de gran vino.

De allí nos fuimos a ver a Pedro Rodríguez. Si les digo Guímaro, quizás les suene más, y si les digo que es la cara oculta de El Pecado, de Raúl Pérez, seguro que salen definitivamente de dudas.

Una bodega que elaboraba un buen vino joven en su día, y que a día de hoy ha reconducido sus mejores parcelas a la elaboración de unos excelentes tintos de finca, basados en la mencía, aunque con soporte de otras variedades, con increíble tipicidad y matices pese a estar las parcelas separadas entre sí por un kilómetro escaso. 

Si a esto añadimos las inquietudes de un tipo joven e inconformista como Pedro por hacer vinos cada vez más expresivos de su terruño, y que comienza la difícil pero emocionante andadura de la viticultura ecológica, la trayectoria de Adegas Guímaro no puede ser más prometedora.


Probamos su vino joven, Guímaro 2013, con el que ha podido expresar lo menos malo de una añada mediocre en general. La falta de concentración derivada de las lluvias tardías, trae un vino ligero, fresco y de trago largo, muy fácil de beber. 

Interesantísimo Guímaro Blanco 2013, un coupage en el que el godello es un 75% y lo restante lo componen treixadura, torrontés, albariño y dona branca. Fermentado con sus pastas en inox y con prensados leves. Requiere aireación y una temperatura no muy baja para expresar toda su tipicidad floral y mineral.  Melisa, lavanda y limón escarchado unidas a una boca vibrante y con buena presencia. 

Su también blanco GBG 2012, está en una onda más friki, recordando a esos complejos pero deliciosos blancos del Friuli. Quiere botella, aire, y, de nuevo, una temperatura moderada, más semejante a la de un tinto joven.

Tremendas sus fincas que resumo en un Meixemán 2012 mediterráneo, profundo y voluminoso, un Pombeiras 2012 crudo, algo agresivo, pero de gran intensidad y un Capeliños 2012, que, aparte de mi debilidad, es frescura, elegancia y sutileza borgoñona. Fincas que me cautivaron no hace mucho, y que volvieron a hacerlo en esta visita.  

Ya de vuelta visitamos a un último "vigneròn", su iniciativa es muy pequeña aun, pero no menos emocionante. Se trata del proyecto de Nacho González, otro chalado de esta generación que lo está revolucionando todo. Sus viñas están en Seadur y Larouco, justo donde ya ha terminado Ribeira Sacra y comienza Valdeorras.

Por las mañanas gestiona Fondos Europeos para el Desarrollo Rural, y por las tardes se entrega a sus viñas, en las que no quiere intervenir más que para desintoxicar a las plantas de décadas de tratamientos químicos y tratar de manera natural, sólo cuando sea estrictamente necesario. No es poco trabajo. Para ello cuenta con la ayuda de Bernardo Estévez y Alfredo Maestro.
En el campo, conocimos sus viñas viejas de palomino, godello y garnacha tintorera que se confunden entre la maleza o se integran entre árboles frutales, y poco a poco van defendiéndose de ácaros y hongos en un suelo que ya ha recuperado la vida.

En la bodega volvemos a la intervención mínima y a medios limitados a tres barricas, una tinaja de barro y lo que Nacho se ha montado con sus propias manos para hacer los vinos.

Elabora con racimos enteros (no necesita despalilladora) y barricas abiertas. Los problemas de oxidación los ha resuelto con una cámara de CO2 de su propia creación y los de temperatura los resuelve con ¡balas de paja!. Aquí no hay frío ni acero inoxidable. 

Aunque sus vinos aun están por terminar (2013 es su primera añada), puedo afirmar que su garnacha tintorera es racial, feroz y vibrante, y su godello, fermentado con pastas, casi naranja, posiblemente sea el más auténtico con el que me he topado jamás. Tomillo, jara, naranja sanguina, miel de eucalipto. Chispeante en boca, largo, profundo, con taninos pequeños, pero explosivos.


La parcela de la que procede el godello se llama La Perdida, y hace referencia a las decenas de voces que tras pasar por allí decían "esta finca está perdida". 

Esperemos que siga así muchos años, y que - aparte de Nacho- nadie más la encuentre. Por mi parte, pocas veces he visto tanta vida en un viñedo y en su vino.



* Las fotos pertenecen a Anabel Carrión, que me acompañó en la aventura.

3 comentarios:

SIBARITASTUR dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
SIBARITASTUR dijo...

Yo tengo debilidad por esas dos bodegas. Lalama me parece de lo mejorcito en rcp. Y aunque no me gustaban mucho sus blancos, tengo que reconoer que el último La Pena que probé, el 11 , a paesar de estar muy joven, está muy bueno.
De los de Pedro me pasa algo curioso, de sus fincas depende del día me gustan más unas que otras y ahora no se si destaco una. Su joven me parece un "fijo" en cualquier alineación de jóvenes y su blanco básico me llama mucho la atención.
Y sobre la Pérdida me has puesto los dientes largos, a ver si si tengo oportunidad.

Mariano dijo...

Coincidimos en todo Jorge. Añadir quizás que los blancos de Bibei, sobre todo Lapola, han mejorado sobremanera en los últimos años, y me gustaría mucho conocer tu impresión de 2012, sin duda la mejor cosecha.

Las fincas de Pedro, dadas las distintas orientaciones que tienen (es muy curioso verlo in situ) varían en función de la añada. A Meixemán (lo que era B2M) le vienen muy bien añadas frescas (tipo 2008) y Capeliños se crece en añadas más cálidas...

La perdida es un susurro en la inmensidad, pero me recuerda a los comienzos de Samuel Cano. Es esa onda pero en una producción más pequeña, casi anecdótica. Creo que te gustarían sus vinos. Y que harías buenas migas con Nacho.

Galicia entre copas, SEGUNDA EDICIÓN

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