martes, 29 de abril de 2014

Una extraña pareja

Si pienso en la zona vinícola que más sorpresas me ha brindado últimamente, he de afirmar sin lugar a dudas que lo primero que me viene a la cabeza es Portugal, una pequeña bomba de relojería en la que el clima atlántico se une a un patrimonio varietal que - siento decirlo- han sabido conservar mucho más que nosotros, ajenos a modas y culturas de alto rendimiento.

Esto unido a una corriente joven de enólogos, bien tutelada, que ha salido fuera y ha conocido a los grandes y, por último, a una cultura más avanzada en lo que a la relación entre el hombre y la tierra respecta -en efecto, hablo de ecología y biodinámica-, nos permite hablar de un futuro realmente prometedor. 


Una de las mejores representaciones de lo que hablo se encarna en Vasco Croft y su proyecto Aphros Wines. Situados en Arcos de Valdevez, al norte del río Lima, (Vinho Verde), centran su trabajo en dos castas autóctonas, la blanca loureiro (la misma que en menor proporción encontramos en algunos Rías Baixas de la zona del Rosal) y la tinta vinhâo (que en Galicia se conoce como sousón). Y es que las uvas no entienden de fronteras.


Aunque nos encontramos en la subzona de Lima, algo más interior, seguimos estando en una zona húmeda, donde las prácticas ecológicas no son tan fáciles. Pese a ello, y tras muchos años de trabajo, han adaptado todas sus fincas al cultivo biodinámico, buscando devolver el equilibrio natural a los suelos de granito en que se desarrollan las cepas. Afirma Vasco que no basta con hacer buenos vinos, sino que hay que devolver, cuidar con ellos la naturaleza y crear una relación más profunda entre el hombre y la tierra. Igual suena cursi, pero a mí me gusta.

Vinos de loureiro, muy florales, no tan exuberantes en boca como los alvarinhos, pero que gozan en sus zonas de producción de una mineralidad y profundidad en boca que tiende además a mejorar en el tiempo, con el que su tensión inicial se equilibra.

Por eso tuve la suerte de olvidar durante año y pico una botella de su básico blanco del Aphros Loureiro 2011, una elaboración sencilla en la que prima el sentido común y la inexistencia de todo elemento ajeno al terroir y a la loureiro en el punto de maduración perfecto.

Los verdosos iniciales se han vestido de notas doradas pero en naríz sigue primando la fruta. Piña asada y azafrán con algún recuerdo de miel de romero, propia de una digna evolución. Algo de fósforo al fondo.

En boca sigue seco, amplio, vibrante. Muy buena acidez. Sabroso y con peso de fruta cítrica. Vertical. Muy fácil de beber, pero con la complejidad añadida del tiempo, que aunque deslocaliza algo el vino, continúa siendo en conjunto identificable, y bien rico.

Si además les digo que el vino ronda los diez euros, entenderé que abandonen la lectura en este mismo momento para hacerse con una botella. El tema no es sencillo porque lo del vino portugués, más allá del Oporto, no tiene mucho predicamento. Pero la gente de Bagos los trae de allí directamente y seguro que ayudan al interesado en hacerse con alguna botella.  

Tiene una gama superior para llorar, Aphros Daphne, del espumoso creo que ya hablé en otra ocasión, y el vinhâo (sousón), necesitado de botella como es implícito a esta tánica variedad, pero muy rico.

Y ¿con qué se toma esto?, pues miren, yo lo huelo y pienso directamente en platos de cerdo, cocido, asado, embutido o como quieran.

Sin embargo he de confesar una terrible golosidad. Con una Bica de Trives, posiblemente el postre más sutil y delicioso que se ha hecho jamás, cayó la botella entera. Fue una especie de maridaje atávico, ancestral, como algo probado antes de nacer.

Para quien no la conozca, contar un poco que es un bizcocho mantecado, con una costra de azúcar y canela que se prepara en Puebla de Trives y por contagio en muchos otros lugares del sur de Galicia. La clave, al parecer, son la masa panadera y la manteca de vaca, pero parece que con la receta nadie da su brazo a torcer.


Aprovecho la ocasión para reivindicar la defensa de su origen frente a bollos atroces de margarina que se venden por ahí con su nombre.

Con esta que me trajo el amigo Luis, directamente de Panadería Álvarez, casi se me caen las lágrimas rocieras. Un espectáculo de aroma, cremosidad, sabor y sutileza que, no me pregunten por qué, se llevó de cine con el Loureiro pese a tratarse de un vino absolutamente seco. Supongo que la acidez se entendía con la manteca y las ligeras notas de miel del vino se veían acentuadas con el bizcocho. Un escándalo.

Así que si a la entrada de Trives se encuentran un día a un tarado con un palet de loureiro, cierren las panaderías porque no respondo de mis actos.

2 comentarios:

Jorge Ramiro dijo...

Esta bueno poder disfrutar de probar distintas cosas y por eso trato de comer nuevos platos cuando tengo la oportunidad. Cuando viajo siempre aprovecho para probar los platos típicos pero como ya tengo mis viajes a cancun organizados espero probar cosas ricas pero frescas allí

Jorge Díez dijo...

Pintaza la de la bica, oye. Anotado queda.
En cuanto a los Aphros, desde que los descubrí en el antiguo Descorche los tengo en un podio especial.

Galicia entre copas, SEGUNDA EDICIÓN

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