viernes, 18 de octubre de 2013

La Candela. Valdemorillo. Madrid.

Hablaba en la entrada anterior acerca de Orlando Lumbreras. Como además de gran comunicador, es un excelente gastrónomo actualizado al minuto, si me encuentro con él, no dejo escapar la oportunidad de preguntarle por lo último que le ha sorprendido.

Así fue como llegué a La Candela, uno de esos maravillosos rincones secretos, escondidos en los lugares más insospechados. Siento incluso cierto pudor al descubrirlos, aunque lo merecen. En este caso hablamos del pueblo madrileño de Valdemorillo y de la única premisa de que disfrutaríamos de lo lindo, sin saber con qué nos íbamos a encontrar.

Se alza ante nosotros un local minimalista, diáfano, con pinceladas de loft algo hipster. Esa cabeza de ciervo de cartón no engaña.

Abajo barra de tapas. Arriba restaurante. Hay buena entrada, dentro de lo pequeño del local. Las botellas de la estantería hacen guiño a la diversidad, a la búsqueda de otros caminos.

El personal, muy amable aunque algo desbordado por la entrada simultánea de mesas, nos recibe y nos acomoda.

Se presentan a priori dos menús, uno corto de veintinueve y otro más largo de cuarenta y pocos euros. Antes de que nos lo podamos pensar, nos advierten que se han reconducido a uno. Por fortuna el más corto, que ya saben donde acaban las grandes cenas...

Antes de los aperitivos, un detalle, el vino escogido - tinto, ojo- se encuentra a temperatura ambiente. Sin decir nosotros nada, ofrecen enfriarlo ligeramente. Afirmativo. Guiño de nivel. De nuevo se hace patente el buen gusto.

Llegan los entrantes de Samy, una gran pizarra, salpicada de divertidos bocados. Crema de coliflor con un sabrosísimo mejillón fresco, pan de gambas casero, a la manera de la tortillita de camarones -camarones incluidos-, un crujiente y delicioso bocado de oreja y un falafel perfecto con un rico contraste de yogur. Un plato para jugar y disfrutar. Gran comienzo.


Seguimos con Leche de tigre, tomates escaldados, foie a la plancha, atún en tataki y cilantro. O eso creo recordar. Lo del lácteo felino no me quedó muy claro, pero el plato resultaba fresco y delicioso, tanto en los ingredientes por separado como, sobre todo, en su conjunto. Imaginación y atrevimiento.


Y seguimos con temeridades, un soberbio lomo de rodaballo y curry rojo. Con buen criterio, se cocinaron aparte y el pescado conservaba un punto perfecto, sirviendo un curry bien trabajado como excelente acompañamiento, sin desentonar y, curiosamente, sin imponerse demasiado al rodaballo. Es un pescado más potente de lo que pudiera parecer.


Vino a continuación uno de esos platos que adoro por ser un guiño a la infancia. Pollo Villerroy. Se trata de una preparación que por haber quedado relegada a rancias secciones de congelados y menús del día de medio pelo, requiere de cierto valor para ser exhibida por un cocinero con pretensiones, pero aquí no hay tabúes. El pollo, cocinado, previamente marinado y muy jugoso se escondía bajo una sabrosísima bechamel con el punto ideal de nuez moscada, coronada por unos pequeños y crujientes picatostes a modo de empanado. Platazo.


Puso la guinda al capítulo salado un pichón digno de ser recordado. Venía con adornos de setas y frutos rojos. Pamplinas. Podŕía haber llegado más solo que la una o con un grupo de coristas. Daba igual. El punto, jugosidad y sabor de la carne era tan perfecto que lo demás daba igual. Sólo he visto nivel similar en un plato de estas características en dos lugares, el Celler de Can Roca y El Corral del Indianu. Bestial.


Me hubiera gustado fotografiar un corte, pero el frenesí me impidió volver a coger la cámara hasta acabar el plato. Lástima.

En la carta de vinos, justita sobre todo en blancos y espumosos, predominan las referencias anodinas, pero con algunos destellos de inconformismo como lo era La Casilla 2011 de Bodegas Ponce. Una rica bobal de Manchuela que con tipicidad y mucho raspón, estuvo a la altura en todo momento, acomodándose a cada plato con soltura, aunque fue llegando a lo mejor a la altura del Villerroy.


Con los postres volvió la divertida anarquía de los entrantes, otra pizarra salpicada con las ocurrencias del chef y en la que confluían texturas crujientes con helados frescos, bizcochos cítricos, volúmenes cremosos y el imprescindible chocolate. Proponían el maridaje de una cerveza negra artesana para estos menesteres, aunque las circunstancias nos condujeron a un siempre solvente PX.


Todo se resolvió en unos treinta y tantos por persona. Una RCP, por tanto, difícil de igualar en Madrid y alrededores.


Finalmente pudimos intercambiar impresiones con el autor de la locura, Samy, nos aclaró un poco el concepto, dirigido al fin de semana (abren de jueves a domingo) el menú cambiante cada semana y la imaginación.

Para volver cuanto antes.



La Candela
Travesía de San Juan, 2
Valdemorillo
9189920221


2 comentarios:

Toni dijo...

Fantastica la pinta de todo.

Mariano dijo...

Creo que te gustaria Toni. Y sin marisco! ;-)

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