domingo, 29 de abril de 2012

Refugiados en La Catapa

Antes de nada y por si alguien quiere pasarse, nuestro blog paralelo ha renacido con nueva entrada y recién estrenado formato.

Por otro lado, hace ya algunas semanas, apuntábamos el  proceso de reinvención que está sufriendo la restauración en el entorno actual de recesión económica, tendente a convertir en ocasiones el clásico formato de mesa, mantel y sobremesa por el tapeo ágil y desenfadado, que permite al comensal ahorrar algunos euros sin perder calidad y al hostelero que hace bien las cosas, obtener un mayor rendimiento de cada metro de local por la rotación de clientela.

A muchos le vendrán a la cabeza, en sus respectivas ciudades, esas innovadoras barras y mesas altas con clásicos de la tapa renovados y multitud de variedad en vinos por copa. Llenos a abarrotar las noches del viernes y el sábado.

Evidentemente esto es una adaptación al medio, aunque no necesariamente un modelo nuevo, pues tiene sus precursores y uno de los más afamados es Taberna Laredo.

De veras que me encantaría que las siguientes líneas versaran sobre este atractivo lugar, pero tras varios meses intentando reservar una mesa sin éxito, y siendo uno enemigo atroz de liarse a codazos en una barra, empiezo a dar mi visita a este lugar por imposible.

Sin embargo en los aledaños de Laredo, concretamente en la castiza calle Menorca, muy cerquita del Buen Retiro, se han ido sucediendo una serie de interesantísimas propuestas en la línea de lo antedicho. Una de ellas es un minúsculo y coqueto  local de dos pisos que se hace llamar La Catapa, en el que nos refugiamos el pasado sábado, despechados por Laredo.

Aparte de la barra del piso superior, encontramos una sala con tres mesas (no exagero, tres) donde disfrutar de la propuesta, consistente en una pequeña carta de raciones, la mayoría clásicos, completada por una interesante oferta de mercado y una oferta de vinos completa y a precios muy atractivos.

Como queríamos probar muchas cosas optamos, donde era posible, por el mundo de la media ración. Gran invento y menos mal que el amable camarero recortó un poco nuestras pretensiones porque hubiéramos salido de allí en carretilla.

Comenzamos por un aperitivo de salmorejo con ventresca. Es un plato que no sorprende, pero puede ser una delicia o el más absoluto desastre en función del producto y su ejecución. Aquí nos encontramos con lo primero, un salmorejo perfectamente equilibrado y muy cremoso. Sin duda pasó por el chino más fino. La ventresca de primera y el conjunto fantástico.


Seguimos con unos estupendos berberechos de los que pese a su indudable calidad, disfrutó por afinidades más mi Santa que un servidor.


Seguimos con unas croquetas de patata y trufa correctas sin decir demasiado.


Bien los bocaditos de merluza, pero falta afinar un poco para alcanzar los niveles de ciertas freidurías.

Y rematamos con un soberbio steak tartar, con una carne fresquísima, cortada a cuchillo y con el punto justo de aderezo, sin excesos más allá del gusto del comensal.


La carta de vinos, pequeña pero acertada, puso a nuestro alcance un blanco mallorquín llamado Quíbia, cuya existencia desconocíamos, elaborado por el equipo de Anima Negra. Tras investigar un poco, me entero de que se trata de un coupage de premsal y callet (60-40%, creo) elaborado sobre nieve carbónica, con maceración en frío, creo que algo de lías y sin rastro de maderas que se lo hubieran cargado. Bien


Muy floral en nariz, limpio, con algo de fruta blanca y en boca, frente al carácter cálido que se pudiera esperar en un vino de las islas, resultaba fresco, alegre y ágil, con nervio. Cerrando en corto pero con elegancia. Versátil con todos los platos, aunque se creció especialmente con las notas yodadas de los berberechos.

Muy bien los postres, donde optamos por dos clásicos. Tanto el arroz con leche como el tatín de manzana con helado estuvieron a la altura.




La cosa se resolvió alrededor de unos razonables cuarenta euros por persona

Ahora, si van a la calle Menorca, ya saben que el mundo no termina en Laredo.
  

martes, 24 de abril de 2012

Retales del Piamonte

Quizás parezca algo exagerado, pero les aseguro que, pese a haber pasado ya un par de semanas, todavía me cuesta mucho resumir con palabras las sensaciones que deja una visita al Piamonte como la que disfrutamos, y que nunca agradeceré lo suficiente a María.

Murazzano visto desde Cascina Cicchetti

En todo caso, resulta imposible recoger todo lo vivido por allí, así que me limitaré a dar algunos trazos que espero sirvan a quien tenga pensado un viaje similar y a animar a los demás a conocer una zona de vinos tan mágica como ésta.

Ubiquémonos. Extremo noroeste de Italia rodeado de la sierra imponente que refresca el clima implacable mediterráneo y crea unas condiciones únicas para la maduración de las uvas, en un paisaje de ensueño, donde bellas y abruptas colinas ofrecen diferentes orientaciones, suelos y matices.

Tenemos tres áreas, la central del Monferrato, entre Asti y Alessandria, es la más extensa, donde destaca el Moscato, con esos alegres vinos ligeros, dulces y frizzantes, y con los populares dolcettos- ojo, vino tinto seco, no se llamen a engaño-. En las colinas del norte encontramos también Erbaluce y al sur, en la provincia de Cuneo, donde está el meollo, el imperio de la reina Nebbiolo en las colinas más escabrosas, acompañada de barberas, dolcettos, moscatos y arneis.

El sistema de denominaciones recuerda a irregulares círculos concéntricos agrupados todos por la Piemonte Doc. De lo que más nos interesa tenemos los Genéricos Langhe y Langhe Nebbiolo, Dolcettos di Dogliani y D'Alba, Asti, Moscato D'Asti, Barbaresco y, especialmente, allí donde la tipicidad, la tradición y el terruño cobran protagonismo y sentido: Barolo.

Llegamos de noche al aeropuerto de Malpensa y no merecía la pena entrar en Milán para volver a salir, así que nos alojamos en un pequeño hotel cercano.


Recogimos un coche de alquiler- Fiat, cómo no- y pusimos rumbo al Piamonte. 


Primera parada, La Morra, un pequeño pero delicioso pueblo construido en torno a una colina y en el que todo parece girar en torno al vino y la comida. 

Vista desde la plaza principal de La Morra

En Hazienda Agrícola Poderi Marcarini, nos esperaba Elena Felicceta que en su lengua, pausada y perfectamente entendible -me parece algo ridículo hablar en inglés con un italiano-, nos explicó el proyecto de la bodega, sus viñedos, donde solo hay uva propia, y, en especial, el compromiso de la familia Marcarini con la manera tradicional de elaborar los vinos de Barolo, en grandes fudres de roble usado de origen esloveno para el envejecimiento del nebbiolo. Tratamientos justos, vinificación de zonas y fincas por separado en la búsqueda de la expresión del terruño.

Empezamos la cata de sus vinos con un curioso blanco de sus parcelas más al norte, en un interesante trabajo de recuperación del Arneis de Roero, un blanco limpio, fresco y preciso que me recordó con ciertos matices a algunas treixaduras.

Pasamos por su Barbera y su Langhe Nebbiolo, con sus matices, ambos vinos frutales y directos. Francamente agradables y con tipicidad muy bien definida, sin embargo no dejaban de ser una antesala para sus barolos. Lo más destacable, su, por un lado su Brunate 2008, proveniente de 4,5 hectáreas de La Morra y Barolo, suelo calcáreo-arcilloso, con especial presencia de magnesio, un nebbiolo rotundo y muy aromático, muchas especias dulces, heno y monte bajo. Corpulento y sabroso en boca. Muy persistente. Y por otro lado La Serra 2008, de 3,5 hectáreas en La Morra con orientación sur-suroeste, y un particular microclima más fresco que da lugar a una maduración más lenta que la del Brunate. Aunque la elaboración es idéntica a la de éste, el resultado es un vino más fresco, sutil y elegante, con mayor tendencia a las notas florales (rosa, violeta...) y sensaciones mucho más ligeras en boca, algo engañosas dado su músculo y su tremenda persistencia. Me encantará catar lo que me llevé dentro de unos años.


Sin duda una añada deliciosa. Elena la define con entusiasmo como una añada “clássica”. Me encanta.

Había que comer y, llevábamos interesantísimas sugerencias, pero era jueves y todo estaba cerrado, así que preguntamos a Elena, que sin dudar nos envió a More e Maccine. Sólo había que andar algunos metros desde la bodega, siguiendo el olor de la cocina. No da la entrada para extenderse mucho, pero no quiero dejar de destacar un Vitello Tonnato, sencillamente exquisito. El mejor probado hasta entonces.

La Morra

Y no paramos. De La Morra nos vamos a Monforte D'Alba al encuentro de Elio Grasso. Allí nos recibe Marina Grasso y nos deja entrar hasta la cocina. Podemos ver de cerca los viñedos colindantes a la bodega, diferentes fincas y orientaciones, los experimentos con chardonnay que ocupan la parte superior, e incluso de lejos la Casa Maté que da nombre a uno de sus Gran Cru de Barolo.


Sin embargo, a la hora de elaborar, existe una ruptura parcial con la tradición, y así, tenemos por un lado los grandes fudres de roble esloveno, que se renuevan con cierta frecuencia, y, a la francesa, una preciosa nave subterránea que rodea la bodega y que atesora barricas puramente bordelesas.

Elio Grasso

Tras probar su interesante Barbera 2009 y un Barolo Runcot Riserva 2006, algo maderizado, pero sin duda crudo todavía, me quedo de largo con los matices de sus dos fincas, Gavarini Chiniera y Ginestra Casa Maté, ambos 2008, que promete ser una añada espectacular. Se hacen evidentes, por otro lado, las diferencias con La Morra. Vinos aquí mucho más contundentes y crudos que en La Morra, pero igualmente interesantes. También me llevé alguna cosa con la que experimentar en unos años.



Y de allí tocaba descansar, por lo que, siguiendo el paisaje embriagador, nos fuimos camino de Murazzano al encuentro de la CascinaCichetti, un paraje de ensueño cuyo descubrimiento debemos agradecer a Miguel


Imaginen que en una de esas hermosas colinas, en una bien alta, alguien coloca una casa de cuento y encima decide compartirla, abriendo dos (sí, sólo dos) deliciosas habitaciones desde las que disfrutar del silencio, del entorno, de la mejor cocina del Piamonte, de unos cuantos vinos de nivel, y, sobre todo, de la hospitalidad de una mamma. 

Cena en Cascina Cicchetti

Pues bien, la mamma existe y se llama Silvana, que nos recibió con los brazos abiertos pese a nuestro cansancio y nuestro nivel nulo de italiano. Les aseguro que en ninguna casa rural de España (aunque esto no tiene nada que ver) me había sentido tan en casa como entonces.


Junto al fuego nos abrió su cocina y nos deleitó con un sinfín de deliciosos platos entre los que no sabría que destacar pues me enamoré de todo, del particular steak tartar piamontés, con un toque de ajo, de las verduras de su huerto, de su guiso de liebre, de su pasta fresca, cuya elaboración casera, revelada por sus irregulares tallarines, era, según sus palabras, obligatta, de sus peculiares maridajes con arneis, dolcetto y barbaresco...Y qué decir del desayuno, con quesos de Murazzano, mermeladas elaboradas con sus propias bayas, su tarta de albaricoque... No sé, creo que me hubiera quedado a vivir allí.


Por desgracia al día siguiente tuvimos que marcharnos, camino a Milán, pero la entrada se está haciendo muy larga y eso ya es otra historia... 













martes, 17 de abril de 2012

Peñín, Platero y yo

Antes de que alguien opte por hacerme vudú, voy a dar al personal un respiro con el periplo viajero de la Semana Santa, y aprovechar para pensar un poco. No demasiado.

Nunca he comprado la guía Peñín.De hecho nunca hasta ahora había tenido una guía de vinos, pero en un mundo tan condicionado por la opinión como el vinícola, es inevitable encontrarse con valoraciones y puntuaciones con las que en ocasiones me cuesta coincidir.

Esto viene al caso porque la semana pasada asistí, por invitación del amigo Álvaro Cerrada, a Live Tasting, una cata-presentación de la Guía Peñín en su formato multicanal, en la que la empresa, fruto de un relevo generacional – en el que el propio José Peñín pasa a ser asesor externo-, renueva su estructura y abre varios frentes hacia redes sociales, mercado hispanoamericano y otra serie de proyectos ciertamente ambiciosos.



Esa presentación me ha permitido conocer un poco más de cerca la empresa, y, sobre todo, su manera de hacer las cosas para poder posicionarme. Teniendo en cuenta que se trata de una guía que suscita, en esencia, partidarios y detractores, tengo que decir que mi postura sigue siendo algo tibia. Es decir, que posiblemente recibiré mamporros de ambas partes. Espero que no de los seguidores de la obra de Juan Ramón Jiménez por el posiblemente desafortunado título.

Entre los aspectos positivos de la guía, y como no podía ser de otra forma, hay que destacar su vocación enciclopédica, y es que, aunque pueda no ser de utilidad a todo el mundo, el hecho de que exista un verdadero “vademecum” del vino en España con una voluntad de exhaustividad como pocas existen en otros ámbitos, es realmente encomiable y sí debe ser muy práctico en el ámbito de la hostelería y la distribución, especialmente, en el mercado exterior, en el que, recordemos, ha de fijarse como objetivo la bodega española que quiera sobrevivir, teniendo en cuenta los parámetros actuales de consumo nacional.

La cuestión se complica cuando a esa enciclopedia le acompaña una valoración de cada vino, y en este aspecto se han suscitado todo tipo de sospechas, controversias y descalificaciones, muchas con poco fundamento y posiblemente injustas en su mayoría.

Miren, yo no creo que haya una trastienda de cata en la que las decisiones trasciendan a lo puramente organoléptico y, sinceramente pienso que las puntuaciones responden todas ellas a una pretensión de objetividad técnica, y ello pese a que la Guía – y esto es lo más polémico- haya aceptado la decisión poco estética – y a mi juicio no muy acertada- de aceptar publicidad de los vinos que puntúa. Como igualmente dije allí, creo que a la mujer del César no le basta con ser honrada, también tiene que parecerlo.

A partir de ahí, el valor de las puntuaciones, no es más ni menos que el que cada uno le quiera dar, aunque no cabe duda de que, tras un prestigio adquirido año tras año, ello tiene una repercusión directa y decisiva en el mercado, en el éxito o el fracaso de una marca e incluso, muchas veces, en los precios del vino.

Tengo el convencimiento de que los catadores de la guía son conscientes de la enorme responsabilidad que supone lo antedicho y que saben que sus valoraciones deben tener un fundamento que las sostenga. Pero entonces, ¿es posible valorar decenas de miles de productos con arreglo a un criterio objetivo? Pues miren, parece que sí, de hecho creo que es la única forma de hacerlo, pues de lo contrario habría tantas valoraciones como catadores tenga la guía.

Y aquí llega el quid de la cuestión, ¿cómo se llega a un criterio objetivo en algo que no es absolutamente técnico?. Me explico. Hay partes de la cata como la intensidad, la franqueza o la persistencia que pueden ser ponderadas, casi medibles, pero hay otras que, a mi entender, son plenamente subjetivas y cuya valoración va en función de los gustos del catador, su experiencia, su interés por la tipicidad... etc.

Recuerdo ahora una interesantísima conversación con el periodista Antonio Casado sobre su etapa de catador de la Guía, años atrás. Él hablaba de que Peñín cataba “a través” de ellos con un criterio uniforme. Es decir, que el profesional debía asumir como propio y aplicar el juicio de Peñín a la hora de valorar un vino.

Pero, hoy que la presencia del Sr. Peñín ya no es el elemento definitorio, y descartado que ninguno de los catadores residentes aplique sus gustos personales- pues así me lo confirmaron-, ¿cual es ese criterio?. Yo fui formándome una consecuencia lógica a lo largo de la presentación, pero preferí esperar a que llegaran los vinos, pues estos suelen hablar por sí solos.

En este sentido, y antes de nada, doy mi agradecimiento a la Guía, no solo por poner a nuestra disposición a cinco grandes, en muchos casos, inaccesibles por precio, sino sobre todo por desnudarse mostrando lo que para ellos es lo mejor de lo que se hace en el país.


No viene al caso hablar de los vinos que se sirvieron uno a uno, pero diré que coincidimos en tres de cinco. Tres vinazos, por cierto. No está mal. Y como creo que a este nivel (97 puntos), el consenso entre los catadores de la guía- con una capacidad técnica muy superior a la mía- habrá sido absoluto, no me cabe duda de que es un servidor el que definitivamente se separa del criterio objetivo en los dos que faltan.

La razón de mi discrepancia estaba clara en ambos casos. La presencia dominante de la madera. Elemento de uso generalizado en la vinificación en España y que, personalmente detesto en un vino cuando solapa lo que puede o debe haber en la viña. Y cuando no, también me suele sobrar. Aparte del roble usado- que para que sea usado hay que estrenarlo-, existen investigaciones muy interesantes sobre otros materiales que también permiten microoxigenar, pero esto tampoco viene al caso.

Lo que quiero decir es que esa nota que la propia guía define con el apelativo de “roble cremoso” como si de un elemento positivo se tratase, para mí es un aditivo que resta. Pero ese es mi gusto personal, que no tiene por qué coincidir, y de hecho no coincide, con el de la mayoría de los consumidores. De hecho, me atrevo a decir que en el mercado éste es un elemento generalmente positivo, que la gente agradece, de la misma forma que rechaza una acidez natural elevada que un servidor, por contra, consideraría placentera.

Extrapolando ese razonamiento, mi consecuencia lógica es que ese criterio objetivo no es otro que el comercial. Pero entonces, ¿qué fue antes?, ¿el huevo o la gallina?. Los gustos generalizados ¿definen la guía, o es al contrario?.

Ustedes dirán.

Yo sólo saco dos conclusiones, la primera, que no he arrojado ninguna luz sobre el asunto. La otra, que es bueno que haya guía, que también es bueno que existamos algunos frikis en ocasiones discrepantes, y que es aun mejor que hayamos encontrado puntos de encuentro como este Live Tasting, iniciativa que agradezco y a la que deseo todo el éxito del mundo.



Si quieren algo más elevado pueden leer la entrada, a mi juicio imprescindible, de Joan, a colación de este asunto, pero que ha derivado en algo aun más interesante. Si no, pueden jugar a ¿dónde esta Wally? con la foto de arriba (Yalocatoyo) y buscar a un servidor.



Por lo demás agradecer a Carlos González (director de la Guía), así como al resto del equipo y al propio Álvaro, haber tenido en cuenta esta humilde plataforma. Si quieren seguir el evento, continúa en Valencia, Barcelona cerrándose de nuevo en Madrid, y en twitter: #guiapeninLIVEtasting.

Pueden contactar con Álvaro (alvaro@yalocatoyo.com) o con Victoria Lara (vlara@guiapenin.com) para más información.


miércoles, 11 de abril de 2012

Bajo el sol del Priorat

Por suerte o por desgracia, ya estamos de vuelta, pero no quiero entretener al personal con farragosas introducciones, ya que el camino es largo. Nos vamos a Falset.

La iniciativa, que agradecemos enormemente, del equipo de Hostal Sport nos ha dado a conocer algo más que una zona de vinos y de una forma muy distinta a lo que habitualmente se conoce como enoturismo. Olvídense de majestuosas bodegas de renombrados arquitectos, de grupos con gorra y bermudas que pagan tres euros a la entrada por ver una insulsa colección de depósitos y barricas para luego probar unos vinos sin alma o disfrutar de un masaje con raspón. Esto es otra cosa, y si aquello es enoturismo, esto no tiene nada que ver. Llámenlo enoexperiencia, master en terruño, regreso al orígen, o todo eso junto.


Es algo más allá que coloca a uno en el camino de conocer el por qué del mito, de la magia arrebatadora de un suelo y unas viñas que, cuando se las respeta, devuelven algo único en distinción y tipicidad.

Tras alojarnos y sin tiempo casi para conocer nuestra deliciosa estancia nos fuimos a almorzar a un templo gastronómico- sugerencia de Joan- llamado Celler del Aspic. Una de las mejores RCP que he visto y de la que hablaremos otro día, ya que con el café apareció Sara Pérez para recogernos y comenzar el master en Montsant-Priorat que nos esperaba.

Digamos que tras desvincularse de la D.O. Tarragona, Montsant se configura en torno al municipio de Falset que nos acogió, rodeando y tocando a la extensión de la D.O.Q .Priorat.

Al contrario de lo que pudiera pensarse desde la distancia, entre Montsant y Priorat diferentes orientaciones y altitudes pasando por variedades, para rematar en lo fundamental, esto es, suelos arcillosos del primero versus la pizarra desmoronada (licorella) del segundo, distribuida entre garnachas y cariñenas, lo cambian todo.

Hablo de suelos pobres de solemnidad, de rendimientos por hectárea extremadamente bajos (la tercera parte de otras zonas más prósperas), y de vinos que en consecuencia son tremendamente expresivos, y no siempre fáciles, pero sí auténticos cuando se hacen de verdad.

Conocimos en Venus y de la mano de Sara diversos blancos en pañales. Su deliciosa conversación resulta casi hipnótica, con el problema de dejar poco tiempo para tomar notas. Me quedo allí con la obsesión por la busqueda del terruño y la tipicidad a través de un macabeo terrible en profundidad, y de un xarel.lo, macerado con sus pastas a la manera del Friuli, con una frescura casi insultante y que espero que vea la luz porque dará mucho que hablar.


Los tintos Venus y Dido, redondos y mas fáciles, con taninos delgados, suaves y amables pero que se quedaban en la anécdota con lo que se nos venia encima.

Sara arranca entonces el motor y nos vamos, copas en ristre, al meollo de las fincas de garnacha y syrah en las que nace Martinet Bru. Cuando salgo de mi asombro, por esta forma de mostrar un vino que deja a al enoturismo conocido en pelota picada, pruebo dos añadas, 2008 y 2009.

Todo encaja como un puzzle sideral y mi añorada 2008 se muestra fresca, directa, sublime en fruta, creciente en mineralidad. 2009 está cerrada, pero Sara, que algo sabe de Priorat, dice que esta es la buena, porque es en los años complicados donde sus cepas se lucen.



Subimos de nuevo al todo-terreno desvencijado que Sara maneja con maestría. Un poco más alto ahora, hasta Els Escurçons. Garnachas hambrientas, pobres de solemnidad con la cordillera a sus pies. Entre cepa y cepa, judías, hierbas aromáticas. Vida. Y a lo alto una mesa en la que se despliega un mantel y se adorna con panes, chacinas, quesos del Pirineo, y esa conversación de Sara que nos sigue hipnotizando.


Els Escurçons ahora ya es solo garnacha, y emociona, porque uno ya no distingue entre la pizarra desmoronada que respira y la que atisba en la copa. 2008 es frescura, nervio, tensión, músculo, engañosa ligereza en la dureza del Priorat, elegancia. Posiblemente la garnacha más delicada con la que me he topado jamás. 2009 se ha peleado con el corcho y por el momento no hay un vencedor.


Empieza a hacer frio y bajamos a la bodega, hablando de un blanco seco de Pedro Ximenez que nunca verá la luz para nuestra desgracia. También hablamos de riqueza y humedad en los suelos y una nueva iniciativa, protegerlos con paja. El resultado, más frescura al tacto, que comprobamos in situ y un leve respiro para las maltrechas cepas. Qué bueno.

Allí conocemos su proyecto de cemento y tinajas de barro para crianzas, por hartura con la madera, que siempre ha debido ser un medio y no un fin. Creo que en ese momento derramo una lagrimilla. Aprovechamos para probar Clos Martinet y Camí de Pesseroles. Llegados a este punto tengo que explicar a mi mujer que me tendrá que compartir con otra llamada Cariñena. Ella lo prueba y lo entiende. Y a mí ya no me quedan recursos para describir lo que se puede disfrutar en una visita tan larga y tan corta. Gracias con cada letra, Sara, por vivir tu proyecto y por cómo lo das a conocer.

Atardece y nos volvemos a Falset y podemos disfrutar un rato de nuestra estancia y de ese delicioso rincón, casi toscano, que es el Hostal Sport.

Un encantador hotel que renació de sus cenizas tras un severo incendio. Desde ese momento tuvieron claro su papel de referencia hostelera de calidad, como una casa de comidas que además ofrece un lujoso alojamiento al que quiera visitar la zona, preparándole el camino si lo desea.


Allí nos esperan Ruth y Jordi para disfrutar de una cena pegada al terreno, entre las muchas y ricas viandas, no puedo evitar destacar las albóndigas con alcachofas que se deshacían en el paladar. Guiso de tiro lento, como antes. Ahí me volví a acordar de Les Escurçons. Creo que aguantaría hasta la devastadora alcachofa.

Tras el exquisito desayuno, nos despedimos camino a casa, no sin pasar por los dominios del matrimonio Burgos-Porta que encantadores nos dan a conocer su viñedo y su trabajo. Un proyecto de viña emocionante cuyos vinos demuestran un futuro prometedor pero con un pequeño obstáculo llamado cabernet sauvignon. El día en que esas garnachas y cariñenas se rebelen, darán mucho que hablar.

Nosotros volvemos curva a curva hacia la llanura prometiendo volver y visitar lo que allí nos queda por conocer, que sin duda es mucho y bueno.


* Pido perdón por los defectos de alineación, pero tras horas de remiendos, la inoperancia de Blogger me ha vencido.
Señores de Blogger: ¿Existe alguna posibilidad de que publicar una entrada no se convierta por problemas de alineación en un verdadero infierno de HORAS?.

miércoles, 4 de abril de 2012

Para ir tirando

A un rato de coger el vuelo hacia Milán, no he podido evitar dejarme caer por aquí en un par de líneas con el objetivo de saludar e intentar acompañar un poco al que, por la razón que sea, no vaya a disfrutar de la desconexión de las vacaciones.

Así que para aquellos en especial, y para todos los demás en general, les dejo con la última aportación de un servidor perpetrada para la revista Culturamas Ocio.

Y aunque espero contarlo a la vuelta, voy a reventar si no comparto lo mucho que disfruté el pasado fin de semana en el Priorat.

Si tuviera que resumirlo en esas dos líneas, hablaría de una visita a los viñedos de Sara Pérez que fue auténtica magia y de una estancia de ensueño en un enclave llamado Hostal Sport de Falset.

¡Ah! y el descubrimiento del por qué de unos vinos irrepetibles cuando se hacen bien, la fórmula secreta se llama licorella. La de la foto vaya.

Pardiez, ya me he pasado de las dos líneas. ¡Que sale mi vuelo...!


Felices vacaciones.

Galicia entre copas, SEGUNDA EDICIÓN

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