martes, 17 de enero de 2012

Cuanto más conozco al político, más quiero a mi Rodaballo

Resulta insólito oír a los políticos hablar de ahorro, de apretarse el cinturón y de contención del gasto cuando día tras día nos van contando una nueva de Urdangarín, de los ERE de la Junta de Andalucía, de Chaves y familia, de Matas, de gasolineras en Lugo o de trajes en Valencia. Supongo que la parte positiva es que mientras otros se enriquecen con nuestros impuestos nosotros podemos dormir por las noches con la conciencia tranquila.

No es mucho, pero mientras no les llegue la trena, es lo que hay.

Entre tanto y al hilo de esto, a nosotros se nos acabaron los días de mero y lubina salvaje, aunque nos quedan algunos productos de acuífero que, bien preparados, no están nada mal.

Y es que cuanto más detesto a la clase política y a aquellos que nos representan y se presuponen ejemplares- tiene narices-, más aprecio siento por el rodaballo.

Su gesto circunspecto, casi irónico, quevedesco, y su mirada bóveda, me resultan entrañables.


Parece que te está diciendo, “¡qué!, menudo hachazo te van a pegar este año en el IRPF, ¿eh?”.

El rodaballo es un pez de categoría. Mientras otros tienen nombre vulgares como merluza o congrio (por no hablar de ordinarieces como la palometa), rodaballo suena fino, elegante y señorial. Parece el nombre de una cápsula de café... ¿Qué prefieres, Vivalto o Rodaballo Lungo?, ¿un Rodaballo from India?, ¿macciatto?.

El caso es que el que nos zampamos el viernes se parecía un poco a Angela Merkel, al menos antes de entrar en el horno. Al salir tenía un bronceado más bien tipo Berlusconi.

Si quieren repetir la escena, les recomiendo que se hagan con un ejemplar que no sea sindicalista, (y ya no les digo liberado), que revolucionará la guarnición y las almejas se les quedarán cerradas. Lo podrán acompañar de unas buenas patatas, cebolla, ajo, una guindilla, un puñadín de almeja o berberecho, otro de guisantes, un vaso de vino blanco (mejor albariño), sal, pimienta y aceite de oliva virgen.

La cosa es bien sencilla. Horno a 180 º. En una fuente de barro ponemos las patatas y la cebolla cortadas finas, bien engrasadas de AOVE con sal y una vuelta de pimienta. Cuando se ablanden y se vayan fundiendo subimos a 200º y añadimos el vino. Evaporado el alcohol, los guisantes, las almejas y una pizca de azafran entre los borbotones.

Entre tanto pueden poner la sartén grande en el fuego a tope y marcar el rodaballo pintado con un poco de aceite. Solo marcar, eh, crudo por dentro. Si es de pisci pueden insertarle unos cortes de limón muy fresco, cual banderillas. Pero no me hagan eso con uno salvaje que se le va la sustancia como a Obama.

Una vez que las patatas tengan un aspecto que de ganas de comérselas solas, queda meter a nuestro amigo, y, si van a comerse la piel, espolvorearle un poco de pan rallado. Aunque no como la de nuestros queridos políticos, que es de amianto, les diré que tienen la piel bastante dura.

Seguimos a 200. Y en unos 15 minutos o algo más, en función de su horno y del tamaño del bicho, estará listo. A mi me gusta salsearlo antes con el caldo del fondo, pero eso va por barrios.


Para acompañar, lo cierto este este guiso, por sapidez y textura da unas posibilidades tremendas. Irá fenomenal con blancos frescos y incluso con tintos jóvenes y frutales, pero si no se quieren perder la sutileza del rodaballo, que aunque sea de zona obrera, tiene lo suyo, yo les recomiendo un blanco seco, pero no demasiado aromático...

Casualmente había abierto el día anterior una muestra de barrica, cortesía de Bernardo, de lo que será Issué 2010. Recordarán que hace no mucho hablé de su 2009. Si éste era un excelente vino, las trazas del 2010 apuntan aun mejores maneras. El problema, sin duda fruto de la prematuridad, fue que estaba absolutamente cerrado. Tras tres días peleándome con él sacó sutiles aromas de piña por madurar, pedernal, notas herbáceas y un liviano anís estrellado.

Lo que no deja lugar a dudas es su tremenda boca, seca, punzante, fresca, casi agreste, con formidable acidez y músculo. Un carácter mineral y muy borgoñón con muchísima vida por delante, y, sin duda la mejor boca con la que me he encontrado en un blanco de ribeiro por frescura y autenticidad.


Sin embargo, esa discreción de aromas y su rotundidad en boca fue de miedo con la sutileza del rodaballo en contraposición además con la contundencia de su bocado.

Y si la cosa está muy mal y el rodaballo y un buen ribeiro se les ponen fuera de alcance, prueben la receta con unos jureles (chicharros) que son una delicia y un Blanc Pescador de esos, que a las señoras les encantará.


A disfrutar.

4 comentarios:

Alberto Egea Barrado dijo...

Genial Mariano,
son las 11:20 y has conseguido que me ponga a salivar. Incluso creo notar en la punta de la lengua el sabor mineral del Pedernal que algunos buenos Ribeiros como Viña Mein y sus Treixaduras logran conferir.
un saludo desde VinoAroma.

SIBARITASTUR dijo...

El rodaballo probablemente sea mi pescado favorito, lo dificil es encontrar uno de Mar y mas con los precios que tienen.
Lo que mas me gusta de este pescado son esos "piñones" que tiene en la espina dorsal, cada vez que veo a alguien coger uno y quitarle esa parte se me cae el alma a los pies.
Si el Issue 2009 era muy interesante, el 2010 - estoy de acuerdo contigo- es superior aunque creo que aún es pronto para él.
Y Hablando de Ribeiro, cada día me reafirmo mas en que prefiero mas los tintos que los blancos de esta D.o

Mariano dijo...

Gracias Alberto. Aunque apretarse un rodaballo a las 11:20... Temerario cuando menos.

Saludos

Mariano dijo...

Hola Jorge,

Coincido en lo de los piñones cuando el RB es salvaje, pero si es de pisci suelen ser un poco grasientos, ¿no?

Y salvando las excepciones como puede llegar a ser Issué, está claro que cuando Ribeiro fue históricamente tierra de tintos, en pugna directa con Burdeos, sería por algo.

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