jueves, 6 de enero de 2011

Sensaciones post-navideñas

¡Se acabó!. Creo que tres kilazos en dos semanas es suficiente como para decir basta. Creo que a partir de hoy y hasta febrero si aguanto, voy a vivir a base de sopa y rodajas de piña.

Entre tanto, pues decir que hemos disfrutado de unas fiestas con buenas sensaciones en lo gastronómico y de las que daremos unas pinceladas en las próximas líneas.

Con tal propósito no puedo dejar de mencionar la auténtica cata que ha supuesto el rosario de roscones de reyes al que me he enfrentado en los últimos dos días. La primera conclusión es el enorme salto de calidad que puede encontrarse entre los artesanos y los industriales (una novedad, vaya), pero esto me lleva a la segunda conclusión, y es que cuanto peor es el bollo en cuestión, más se agradece el relleno y a la inversa, a mayor calidad mayor estorbo de natas y trufas.

De entre los artesanos (incluyendo Mallorcas y similares) que son los interesantes, tengo que destacar con mucho el que prepara con humildad un modesto repostero del Barrio de la Estación de Villalba. El local en cuestión se llama pastelería Jusol y, aparte de unos increíbles croissant, hace el mejor Roscón madrileño de cuantos han pasado por mis fauces.


Esponjoso, pero con el punto justo de crujiente por fuera, bien azucarado pero sin excesos, muy aromático; pero no con esos tufos de bote, que huelen a chicle a leguas, sino ese punto de anís de la abuela que dice, "esto promete". Al masticarlo se vuelve, liviano, casi etéreo al mordisco, pero sus aromas te acompañan un rato más.


Si pasan por allí y no han tenido la excelente idea de encargarle uno, no dejen de probar sus croissant de mantequilla, que son cosa fina.

Y siguiendo con dulce, toca hacer un poco de autobombo para destacar los Gingerbread Men (vamos, galletas de jengibre con forma de monigote) que me marqué estas navidades. Próximamente daré la receta, pero con el impacto que viandas de este calibre han supuesto en mi masa corporal, me parece obsceno hablar ahora de las proporciones de azúcar y mantequilla que tenían las susodichas. ¡Qué cebatil!


Y para jornadas pantagruélicas, las que disfrutamos en el Restaurante Pandemonium, en Cambados, que me confirma al Gran Antonio Botana como uno de los fogones más en forma del noroeste, aunque no tenga el bombo que tienen otros.


Excepcional en el producto, maestro del punto de cocción y con una idea de vanguardia bien entendida a base de platos innovadores, bien compensados y sin barroquismos innecesarios. Lo comentaremos en el blog paralelo, sobre todo porque lo que allí bebimos no tiene nombre.

Y como hablamos de beber, no puedo dejar de destacar dos sorpresillas de las fiestas, una la de un vino que, aunque se aleja de lo que son mis gustos habituales, me dejó de piedra al acompañar un Satay de Pollo (que se acababa de llevar por delante un excelente riesling, dejándolo por los suelos). Sí señor, un clásico, cortesía de Bodegas Riojanas, llamado Viña Albina Gran Reserva 2001 que llegó tímido, con su teja de capa baja y sus terciarios bien marcados al inicio, pero que, sin salir del tostado, fue sacando cosillas de fruta negra, compotados y algo de caldo de pollo. En boca, aunque con cierta sutileza borgoñona, estaba pulido, redondito, perfectamente equilibrado (quizás por ello pudiera aburrir) de alcohol y acidez, pero que con el satay sacó pecho y se presentó como un maridaje de estos de libro, tipo manzanilla-ibérico. Los tostados se quedaban algo atrás con el cacahuete y el vino se hacía destacar por su frutosidad.

A partir de ahora, el Satay, con Rioja Gran Reserva.


Para la otra sorpresa vinícola tengo que adelantar que pocos Champagne rosados me han gustado mínimamente en su línea de precio (por alguna razón que desconozco, siempre son más caros). De hecho un productor de Reims me confesó una vez que lo tenían que hacer porque el mercado, que es hortera en esencia, así lo exigía, pero a ellos no les gustaba.

Pero he aquí que topé con el siempre superior Monseiur Clouet y me cambiaron las tornas. Un rosado casi tinto, de aromas sutilmente embriagadores de bollería y petit suisse, que deja lo mejor para el final, puro nervio, formidable acidez y muy buena integración. Alegre, divertido, bravo.

Y encima con un precio al que es difícil encontrar otros rosé de Champagne que no le llegan ni a la suela.
Seguiremos informando.

7 comentarios:

_Guillermo_ dijo...

Las tres primeras lineas no me las creo; voy a ver el resto...

Mariano dijo...

Hola Guillermo, ¿no te crees lo de los tres kilos o que tenga pensado alimentarme como una top-model?

_Guillermo_ dijo...

Lo de los tres kilos, sí me lo puedo creer, incluso creo que has tirado por lo bajo, me refería a la segunda parte, sí, je, je!!

Tony dijo...

Leo las tres primeras lineas, y me suenan, promesa similar y yo ya he caído en la tentación.

Que bonito sería poder abusar de los alimentos sin esos peuqeños efectos secundarios que se adhieren a nuestros cuerpos sin remedio ...

Anónimo dijo...

Hola Mariano,

Bienvenidas tus entradas, tú y tus quilos!!!! (tampoco se puede decir que a tí no te quepan...)

Lo mejor de estar embarazada es que este año no he tenido que ir con miramientos en la comida (todo lo contrario en los alcoholes...)

Un ECO besote enorme desde Barcelona

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

Pues sí: Hoy he comprado unas perrunillas en la pastelería Jusol de Villalba y están (vaya, estában) de vicio!!! :)

Galicia entre copas, SEGUNDA EDICIÓN

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