martes, 31 de agosto de 2010

La experiencia DiverXo

Nos vemos obligados a interrumpir la programación anunciada en el post anterior, pero actualidad manda y una experiencia como la del fin de semana debe ser reseñada antes de que las emociones se vayan disipando.

Efectivamente, como anunciábamos hace algún tiempo, y después de algún que otro intento fallido, habíamos conseguido reservar en Diverxo y el sábado lo visitamos.

Se preguntarán qué tiene que ver esta imagen con el restaurante Diverxo. Pues bien, recapitulando sobre el fenómeno, lo cierto es que desde que uno consigue materializar allí su reserva, siente algo parecido a lo de Charlie al retirar el envoltorio premiado del chocolate Wonka.

Allí acudimos en la fecha señalada.

En pleno centro de negocios de Madrid se esconde este local minimalista y elegante, con un relajante jardín interior, donde un personal muy joven maneja con naturalidad y sin excesos, cubierto, cristal y mantelería de primera (costes que impone la estrella).

Y a partir de ahí, todo es sorpresa. Willy – David Muñoz- Wonka y los Umpa-Lumpa, escondidos en una cocina que es prácticamente magia, dan salida a platos cada cual más imaginativo, más divertido, más vistoso, pero todos con el denominador común de textura, sabor y, sobre todo, equilibrio.

Quizás el avezado lector se haya dado cuenta ya de que no voy a mostrar imágenes de platos, porque creo, sobre todo, que la mayor fuente de satisfacción que me hizo salir de allí con una sonrisa bobalicona que me duró todo el día, fue, precisamente, la sorpresa.

Y es que cuando uno entra allí, la única información que recibe es que hay tres menús, el express (7 platos: 65 euros), el express+1 (75 euros) y el express+2 (85 euros). Se le pregunta, por supuesto, si tiene alguna alergia o algo que no le guste, pero a partir de ahí, uno no sabe cual es el siguiente plato, hasta que lo tiene delante, y es en ese punto donde reside parte de la magia.

El resto es cocina, imaginación y producto; y aunque no hablaré del Chili Crab, ni de la Gamba frita al revés, ni describiré la factura de los espectaculares dim-sum, sí diré que la complicidad de cocina y sala, explicando con ilusión cada plato, la mejor forma de disfrutarlo y su maridaje con el té oportuno, demuestra un engranaje casi perfecto.

También diré que jamás el vino se había convertido para mí (y el lector habitual ya sabe como se las gasta un servidor) en algo tan accesorio en una comida; por eso, aunque el Bürklin Wolf Trocken 2008 que tomamos, estaba perfecto, fue pasando cada vez más desapercibido ante el rosario de increíbles viandas. En consecuencia recomiendo a quien vaya que renuncie a su enochaladura, no se pierda en la extensa carta de vinos y cervezas y, simplemente, se deje asesorar u opte por un valor (mejor blanco) que le de seguridad de no molestar en el viaje.

Y si bien es cierto que uno nunca fue con la ceja tan arqueada a un restaurante, ante la posible decepción, fruto de la sobrevaloración mediática, no es menos cierto que nunca salió tan satisfecho y tan contento de haber pagado 200 pavos (100 p.p.), pues únicamente espera el momento de volver.

Por poner una pega, que en realidad no lo es, y por si alguien de Diverxo se pasa por aquí, diré que quien realmente está disfrutando de la velada, agradecerá entre plato y plato, un mayor tiempo de reflexión y de descanso para los sentidos que prolongue el placer; y quien no haya disfrutado (si eso es posible), pues da igual, porque ese, igualmente, no iba a volver.

Por que a mi respecta, sencillamente genial.

jueves, 26 de agosto de 2010

La vuelta al cole

No sé si a lo largo del año es posible encontrar un evento regular tan desgraciado como el regreso de vacaciones de verano. El momento en el que el despertador vuelve a sonar a las 6 de la mañana es como una puñalada trapera.

Y aunque duro es el regreso al trabajo, también hay cosas buenas que implica la vuelta a la rutina, y una de ellas es retomar la regularidad en el blog.

Después de una ruta que nos llevó desde Levante hasta Pontevedra, pasando por nuestra habitual visita a Asturias hay unas cuantas cosas que contar, empezando por la sorprendente visita a la Taberna del Gourmet, en Alicante (recomendación del compañero Smiorgan), toda una lección de lo que debe ser una comida basada en el tapeo de calidad, y donde destacaría uno de los mejores panes con tomate que he probado jamás. Un problemilla de salud nos impidió profundizar algo más en la gastronomía levantina.

En contra de lo esperado no fue allí, sino en Avilés, dondo probé el arroz del verano, en su versión más negra y concentrada nos lo sirvió Llamber, una taberna de las de nuevo cuño, al más puro estilo de mi adorado Bagos, donde probar una ingente cantidad de vinos por copa (con la “extraña” costumbre para algunos de servirlo en la mesa) con el complemento de una buena carta por botella y una cocina de excepción.

Aunque hablaremos ello más adelante, les dejo mientras tanto con la completa crónica que hizo Jordán, el Gourmet del Prado a quien conocimos junto con otros Diletantes en una cata que también contaremos.

Probamos además dos restaurantes, uno programado desde hace tiempo, el Corral del Indianu, que por razones palpables comento en el blog paralelo, y la Solana.

De allí nos fuimos a Ribeira Sacra donde conocimos el prometedor proyecto de terroir de Viña Naz y visitamos de nuevo Régoa, su viñedo y las añadas 2008 y 2009, aquella, sin duda (en mi humilde opinión) la mejor que ha visto esta bodega. Hablaremos de ello.

Allí además conocimos el magnífico restaurante-taberna que la D.O. Ribeira Sacra ha puesto a disposición de los enochalados que por allí se pasen. Tapeo de excepción y, además, una excelente tienda donde hacerse con muchos de los vinos de la D.O. a precios muy interesantes.

Y ya en Pontevedra, entre playa y alguna que otra cata, cenamos en Allo e Aceite (ya en su nuevo emplazamiento) y volvimos a disfrutar de Pepe Vieira, donde cada vez se come mejor, en un entorno de ensueño y en la que creo que ya es la sala más exquisitamente manejada de Galicia y, sin duda, una de las primeras de España.

Como ven, queda mucho por decir y tiempo habrá. Por el momento les dejo con el blog paralelo y la crónica del Corral del Indianu.

domingo, 15 de agosto de 2010

Casa Santoña, pedazo de anchoas...


Antes de nada pido disculpas por la promesa no cumplida de algo más de regularidad, pero encontrar una conexión decente este verano se ha convertido hasta el momento en una misión imposible.

Como he visto en la web que la cosa no anda muy movida, quizás disminuye el sentimiento de culpa; no obstante, lo prometido es deuda y aquí les dejo con el post escrito en su día sobre unas maravillosas anchoas...

Y es que si les digo que voy a comer a un restaurante que se llama Casa Santoña y por un casual no lo conocen, tal vez sí imaginarán Uds. lo que voy a comer.

Efectivamente, anchoas.

Y de las mejores, y es que esta casa de Los Molinos, en plena Sierra de Madrid, lleva ya muchos años comprando anchoa de calidad para preparar la semiconserva con las propias manos del personal. La excelencia de lo que venden les ha permitido, no solo distribuir sus productos en hostelería y tiendas especializadas (aparte de venderlos directamente), sino montar una pequeña cadena de despachos, bares y restaurantes en varios enclaves de la Comunidad Madrileña.

El caso es que gracias a mi amigo Pedro, el verano pasado tuve la oportunidad de conocer la calidad de estos deliciosos pescaditos y desde entonces me propuse conocer el restaurante que tienen a una media hora escasa de Villalba, pero no pudo ser hasta hace unas semanas, en que nos lanzamos.

Hecha la reserva (recomendable, porque el sitio se llena) en un domingo caluroso, a la espera de los últimos rezagados, todo invitaba a tomarnos unas cañas, como no, con anchoas. Cuando las pides, normalmente, te dan a elegir entre las grandes y las extra. La diferencia yo la veo más bien en el tamaño, porque la calidad es excelente en ambos casos. Lomos amplios, carnosos, con el punto justo de sal y ni una sola espina.

Aunque las conservan en un aceite de girasol neutro- buena idea- para no matar el sabor del pescado tras una larga maceración con el potente oliva, a la hora de servirlas siempre las cubren de un chorrito de aceite de oliva virgen que le va de miedo. Con esas cañitas tan frescas y bien tiradas creo que podía haberme pasado todo el almuerzo a base de cañas y anchoas...

Pero había mas gente en el grupo y no me dejaron, así que nos fuimos a la mesa que teníamos preparada en la terraza interior. Bastante agradable, por cierto.

Mientras nos decidíamos creo recordar que nos pusieron una especie de mojo tipo salmorejo con un montón de tipos de pan. Sorprende la carta por su amplitud. Tremenda lista de entrantes, varios pescados y una lista de carnes digna de uno de estos argentinos que se vienen estilando por aquí desde hace unos años, y ello por no hablar de la cantidad de postres caseros.

Aparte de más anchoas (como no), pedimos algo de mojama con almendras, correcta, simplemente y unos lomos de sardinas marinadas con un mojo de ajo.

Estaban buenas y, sobre todo, muy bien limpias, pero frente a las anchoas se quedaban un poco pobres. Imagino que por eso lo de añadirle una salsa tan fuerte.

Seguimos con una potente parrillada de verduras y dos fuentes de carne a cascoporro, vacío y entraña de los que no nos comimos ni la mitad. Era demasiado. Muy bien la entraña, el vacío algo duro (¿o era al reves?), sólo estoy seguro de que en una había que afilarse los piños antes de morder).

Se enfrentó a los postres quien pudo y de vino poco porque comimos con cerveza, agua y refrescos. Ni el ambiente, ni el personal (nosotros, me refiero), ni la clásica carta de supertintos, invitaban a aventuras. Creo que no pasó la cosa de los veinticinco euros.

Y la conclusión, pues que estaría muy bien si no fuera por el precedente de calidad que sientan las anchoas, y que hace que lo demás quede un poco en el olvido. Decir que además de estar de escándalo, los pececillos tienen un precio muy comedido (yo compré un tupper, creo que de 150 g por unos 15 euros). Y salvo que un servidor ande cerca, lo normal es que dispongan de existencias para llevarnos después de comer.

Lo dicho, la próxima vez no me sacan de la barra, con esas cañas recién tiradas, ni con agua caliente.

Galicia entre copas, SEGUNDA EDICIÓN

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