Todo esto viene al caso por la cuestión del producto de temporada, pues han llegado mis días verduleros favoritos (lo cierto es que hace algunas semanas, pero el post se ha hecho esperar hasta ahora).
Judías, habas, guisantes, espárragos, cebolletas...se muestran ante nosotros para dar lo mejor de sí, y el otro día no pude resistirme a la mirada de esta bandeja de tirabeques en el ECI (a unos 7 euros el kilo).
Después de pensarlo un rato, pues me encantan con tomate, decidí, visto el excelente color y calidad que mostraban, respetar el producto lo más posible.
Para ello las limpiamos, únicamente hacía falta quitar los extremos y, en unos pocos casos, los hilillos laterales. Mientras tanto ponemos abundante agua a calentar con un par de cucharadas de sal gruesa y cuando rompa a hervir ponemos los tirabeques a escaldar durante un minuto de reloj para después escurrirlos e, inmediatamente, pasarlos a un bol lleno de agua con hielo con el fin de cortar totalmente la cocción.
Sólo queda saltearlos en la sartén o en el wok con una cucharada de aceite de oliva y, si se quiere, un diente de ajo. Yo, en esta ocasión, los puse solos.
Bueno, no solos del todo, como dice Antonio (La Barriga de Lolo), le incorporé la “mejor salsa”, un huevo cocido a baja temperatura para conservar la yema tipo pomada. Sólo necesitamos un cazo con agua, introducir el huevo con la cáscara y conseguir que la temperatura no supere los 63º durante 63 minutos.
Para esto hay dos opciones, una es tener un termómetro, un reloj y alguna reminiscencia del jardín de infancia. La otra (presuponiendo que disponen del reloj y del sentido común suficiente como para no usar el termómetro de mercurio de los catarros) es poner la vitro al mínimo y meter el dedo en el agua de vez en cuando, si quema es que nos hemos pasado, pues deberá estar a la temperatura de un baño muy caliente). Llegado el minuto 63 solo queda quitar la cáscara y disfrutar.
En cuanto al vino, decidimos no echar la casa por la ventana, ya que el huevo se lo cepillaría en gran parte, aunque tampoco merecían los tirabeques que los destrozáramos con un lambrusco.
Asi las cosas me encontré con una botella de Penta 2006, un tinto con leve crianza (5 meses en roble) a base de tempranillo, C.S, syrah, merlot y petit verdot, es decir, una apuesta de la bodega Pago del Vicario por las variedades foráneas en Ciudad Real.
Tanto la vista como la nariz me hicieron arquear un poco la ceja; rojo con ribete teja, muy mate, y predominio de las pimientas, balsámicos y algún que otro verdor. Pasado un rato sí fue apareciendo alguna fruta negra, madura, pero en cuanto la copa se volvía a agitar aparecía un claro predominio de cacaos y torrefactos. Para solo cinco meses de roble, marcaba demasiado...
Algo mejor en boca donde una acidez algo despistada tapaba los 14,5 º del vino, pero a medida que subía la temperatura se iba mostrando más cálido y mantecoso. Destacar quizás un recorrido más largo de lo esperado de lo dulce a lo amargoso altivo.
Lo cierto es que guardaba mejor recuerdo cuando probé este tinto hará un año, pues, de hecho, quitando al rosado, había sido el que más me llamara la atención en su día de todo lo que hace la bodega. Pero claro, las catas son engañosas, y la idea que me queda es algo confusa. No entiendo para qué todo ese trabajo de coupage de variedades si luego te las vas a cepillar con la madera.
Pero como en cualquier caso, y dentro de lo previsto, el huevo se llevó por delante al tinto y sus circunstancias, quedando un agüilla agradable (oportunamente re-refrescada a unos 14º) con la que pasar cada bocado, el resultado final fue todo un homenaje de temporada. Adoro los tirabeques.

Ese chispazo que a muchos de nosotros nos salta en un momento de nuestra vida, la cartera se lamenta por esa nueva hipoteca que va a suponer la afición, y la inquietud, que condujo a investigar por otros lares..., y a mí, curiosamente, que me dio por tirar más al
Pero la economía manda y uno no puede- ni debe-
Por estribor la huidiza doncella del Bierzo, más madura, vestida con ropajes recios pero siempre elegantes y capaz de hacer sucumbir a su voluntad a cualquiera que la deje hablar.
En ambos casos la variedad se muestra inaccesible, exigiendo métodos de viticultura extrema que hacen más mítico, si cabe, el disfrute del resultado final.
Y entonces, ya embriagados, sin haber podido plantar batalla a traicioneros e
Cuando seguimos la brisa buscando tan solo el aire más puro para seguir respirando, unas extrañas cepas se asoman al borde del mar, ante el que termina el mundo.
Un blanquito de esos que entra sin alardes de grandeza, pero que por su alegría, y sobre todo por su frescura pide otra copa más,manteniendo por su aromática cierta capacidad para hacer frente a platos relativamente contundentes, aunque ojo con esa arma de doble filo, que se puede cepillar las sutilezas de muchos platos como el steak tartar de buey con el que empezamos. Buen vino cuyo precio desconozco, pero que en el restaurante fue de 20 euros iva incluido. Teniendo en cuenta que era el mismo del Selbach, quizás en tienda ronde los 9 euros.
