martes, 29 de septiembre de 2009

La evolucion del albariño: vertical de Dorado

Son muchas las voces que en los últimos años hablan de la capacidad de evolución en el tiempo de la variedad albariño, y ello en contra del criterio de grandes elaboradores que para vender mucho y ya, fabrican vinos suavizados, levadurizados (si se me permite el palabro) y corregidos de acidez, que en su primer año están melosos, agradables y muy frutales, pero con poco que decir acerca de dónde vienen y, desde luego, totalmente caidos en su segundo año.

Y qué mejor manera de constatar las posibilidades de evolución de un vino que una cata vertical, sólo nos faltaba elegirlo. Necesitábamos uno auténtico, varietal, con añadas anteriores accesibles (lógicamente) y que estuviera dentro de los parámetros de precio de esta plataforma. El elegido fue portugués, y uno de los mejores albariños que conozco en relación calidad precio (7-9 euros), el Dorado Superior que Marcial Dorado elabora como Vinho Verde en la subzona de Monçâo, y del cual mis amigos del Bagos pudieron obtener las añadas 2001, 2002 y 2003.



Con todos en copa y tras algunas dudas sobre con cuál empezar, comenzamos con el más joven, permitiendo así que los más longevos tuvieran tiempo para abrirse.

Empezó Dorado 03 mostrándonos un amarillo oro claro algo mate y una extraña nariz, nada discreta, algo deslavazada que por un lado daba manzana y pomelo rosa, y por otro hierbas y mieles con algo de gasolina. En boca algo cálido y denso. Acidez presente aunque algo caida. Bastante evolucionado en conjunto.

Tras probar los siguientes estaba claro que este vino fue una víctima de su terrible añada de insoportable calor que dio pocos vinos aceptables.

Seguimos con el 2002, con un atractivo amarillo verdoso y una nariz que tarda en darse a conocer, mostrando un sutil romero, mieles y un potente fondo mineral. En reposo van apareciendo más notas herbáceas y de hidrocarburos. En boca es muy cítrico, algo untuoso pero agil y con una acidez mucho más juvenil de lo ,esperado. Deja a su paso recuerdos de piel de naranja y aceitunas con hueso. Un excelente blanco con capacidad para seguir mejorando.

Rematamos con Dorado 2001, muy similar al anterior en su aspecto visual, pero mucho más cerrado en nariz. Poco a poco van asomando aromas de frutas de hueso, cítricos y mieles. Predominan después los segundos con recuerdos de gominolas de limón y hierba fresca. El fondo mineral es algo más sutil que en la añada anterior y se impone el queroseno. Muy complejo.

En boca es lento y graso, pero cerrando con una buenísima acidez. Todo se corresponde con la fase aromática, pero con más opulencia. Va dejando recuerdos de salmuera y tiempo para pensar. Largo y, de nuevo, ciertamente complejo. Vinazo. Me gustaría probarlo dentro de un año.



Se percibe una evolución mucho más lineal en relación al 2002, pero aquí todo está más integrado. Y es que la primera conclusión que sacamos con esta cata es el desastre generalizado que supuso la calurosísima añada 2003. Por eso hubiera estado bien disponer de un 2004 y comprobar que, en mayor o menor medida, la mencionada linealidad volvía a su cauce normal.

La segunda conclusión es que no cabe duda que la albariño es una variedad perfectamente capaz de evolucionar y de mejorar con los años (independientemente de maderas o no maderas), dando vinos mucho más complejos y, sobre todo singulares, sin que por ello surja la necesidad de verse comparada con otras variedades como la riesling, con unas características que, a mi juicio la hacen muy distinta, por más que puedan compartir alguna nota evolutiva común.

Además, me atrevo a afirmar rotundamente lo anterior desde que, la semana pasada (y gracias, de nuevo, a Rodri) tuve la ocasión de catar un albariño artesanal con nada menos que 32 años, un cóctel de sensaciones brutal y muy difícil de describir, nada que ver con algo probado anteriormente (si acaso algún cognac) pero que además seguía manteniendo una tremenda y casi numantina acidez.

En fin, que, salvo que los fabricantes de refrescos se empeñen en otra cosa, y si tenemos algo de paciencia, hay albariño para rato.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Casa Pacheco: templo de la carne

Aunque ya había visitado Salamanca en alguna ocasión, nada en lo gastronómico había llamado especialmente mi atención.

Un divertido evento que no viene al caso me llevó a la pequeña localidad de Vecinos, a unos 15 minutos de Salamanca capital, con el único objetivo de comer en Casa Pacheco. En su interior era un sencillo local cuya decoración taurina en su recepción, me hubiera llevado, sin duda, a salir pitando por profilaxis de haber topado con ello en Madrid.


Tras un rato esperando en la barra, caña en mano, nos llevaron al pequeño comedor, en una sala dedicada al diestro Julio Robles, con objetos personales del torero como trofeos de caza, trofeos taurinos y fotografías que recuerdan sus mejores momentos e incluso algunos de sus atuendos.


La carta decía más de lo que rezaban las viandas. Posiblemente un restaurante especializado en carnes que había prosperado, abriéndose a otras propuestas e invirtiendo en presentación y en platos de mayor complejidad.

Bien asesorados, íbamos a la carne, así que únicamente pedimos un par de entrantes para ir haciendo boca.

Por cierto, que entre tanto, era imposible no comerse el exquisito pan de picos que te ponían al llegar. Todavía se me hace la boca agua cuando me acuerdo de él.

Lo primero fueron unas excelentes pero demoledoras croquetas de boletus y foie. Muy sabrosas, bien trabajadas por dentro y por fuera pero con la contundencia que cabía esperar de ingredientes con sabores tan fuertes.


Después apareció una morcilla de cebolla, asada y desmigada, lista para untar en las rebanadas tostadas que acompañaban. Y si lo anterior era contundente, pues imagínense esto.


Algunos, visto el panorama y lo que venía después, directamente no se atrevieron a probarlo. Yo sí, y estaba de muerte (en todos los sentidos, porque debe disparar el colesterol como un misil tierra-aire).

Luego llego la carne. Todos pedimos un colosal entrecot de Morucha del país como este, y aunque uno no esté entre los grandes amantes de la carne, lo bueno es lo bueno.


Tierna, jugosa... Parecía que si colocabas el cuchillo sobre ella, se cortaría sóla como una gelatina. Excelente sabor, grasita entreverada, ahumados de la brasa...Tremenda. Tal vez hubiera prescrindido de los entrantes sólo para disfrutar con más holgura de este plato.

En cuanto a la carta de vinos, algo corta, y pelín pasada de precio. No había lugar para pedir cosas raras, así que optamos primero por un Ribera, Balbás Crianza 2005, algo deslabazado, pero más frutal de lo esperado con ciruelas y recuerdos de pimiento, aunque sin renunciar a vainillas y tostados varios. Sin libreta recuerdo taninos soportables y algunas aristas pero un vino jugetón y agradable. Estuvo a la altura de las circunstancias. Quizás el importante contenido graso de los platos dio pie a un vino que en otras circunstancias hubiera resultado áspero.


Después seguimos con un Rioja, Cosme Palacio y Hermanos 2006, más plano, mucha madera y con poco que contar, salvo un pesado amargor final que no venía a cuento. Fue vapuleado por la carne.

Como los postres tampoco tenían mucho interés, nos quedamos con la deliciosa Morucha, los 35 euros por persona que nos costó y las ganas de volver.

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Casa Pacheco
Vecinos. Salamanca
923 382 169



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* Las dos primeras fotos son de la web del restaurante. El resto, cortesía de Gonzalito (ahora Don Gonzalo) ya que yo me quedé sin batería.

martes, 22 de septiembre de 2009

Merluza en caldo corto y blanco de castas portuguesas


Como he dicho en varias ocasiones, uno de los aspectos que más me apasiona en la cocina es el punto del pescado.

En ausencia de ese fantástico y privativo aparato llamado Roner, uno se ve obligado a buscar técnicas de andar por casa para conseguir una cocción optima, es decir, aquella que consiga cocinar el pescado por completo, de forma que adquiera una textura uniforme, con esas lascas que se separan pero sin secarse, y dando en la boca una sensación melosa y delicada, y al mismo tiempo, conserve los sabores sutiles de cada tipo de pescado.

Con aceptables resultados hemos probado el vapor, el confitado en aceite a baja temperatura (válido sólo para pescados grasos como el bacalao o el bonito) y la última y más sorprendente ha sido esta cocción el caldo corto.


Tras algún experimento previo, echamos el resto en esta merluza de pincho que la pescatera me limpió y desespinó de maravilla, dejando unos hermosos lomos. Para redondear un poco el plato la acompañamos de unas senderuelas salteadas.

Ingredientes:

Lomo de merluza desespinado
1 puerro
1 ramita de albahaca
1 tomate seco
1 bote de senderuelas secas
½ cebolla
sal gorda
sal maldon
aceite de oliva virgen extra

Para empezar revisamos que no quede ninguna espina o escama en la piel del pescado, con la que es recomendable cocinarlo. Lo colocaremos entonces sobre el centro de un trozo rectangular de papel de aluminio que deberá medir el doble del diámetro de la olla en la que vayamos a cocinar el pescado. La idea es que podamos cogerlo por los extremos e introducirlo en la olla, y podamos extraerlo por los mismos extremos, evitando así que se nos rompan los cortes.

Seguidamente hidratamos las setas en un bol con un vaso de agua. Al ser una seta pequeña no tardará más de os 15-20 minutos.

Limpiamos y cortamos el puerro (que puede ser sustituido por cualquier otra verdura que tengamos por casa y que nos perfume el caldo) y lo ponemos en una olla grande junto con el tomate, la albahaca y una cucharada de sal gorda. Lo que viene a ser un caldo, vamos, al que podemos añadir el agua de hidratar las senderuelas, que habrá adquirido también un agradable sabor.


Entonces hervimos, colamos retirando cualquier tropezón y volvemos a hervir. Llegado este segundo hervor, apartamos del fuego, echamos un vaso de agua fresca, contamos un minuto e introducimos el papel con el pescado, de forma que quede completamente cubierto.

Por otro lado, picamos finamente media cebolla y la pochamos hasta que se dore bien. Se le puede añadir un trozo de tocino ibérico (yo le puse uno de un recorte de jamón) y retirarlo antes de incorporar las setas, que saltearemos durante un par de minutos y reservaremos.

La merluza está lista en unos 8-10 minutos, pero lo mejor es que como la temperatura del caldo va disminuyendo, el pescado deja de cocerse, conservándose, sin embargo, caliente para cuando queramos servirlo.


Sólo queda emplatar, para lo cual preparamos un lecho de setas sobre el que colocamos el corte de merluza, un poco de sal en escamas, y, opcionalmente, una ráfaga de aceite de oliva en spray.

Y objetivo conseguido, es sorprendente el resultado de textura y melosidad que se obtiene con esta sencilla cocción, pues como el pescado no llega a hervir no se rompen sus fibras y se mantiene jugoso por dentro. No dejen de probarlo.


Y para acompañar este tipo de platos tan delicados me gustan mucho los blancos del Alentejo, pues sus variedades de finos perfumes dan una combinación excelente que armoniza con el pescado sin imponerse, y el comedido manejo que allí suelen efectuar con la madera aportaría estructura y cuerpo para enfrentarse a las setas. por eso escogí este Esporâo Reserva 2007, copupage de las variedades autóctonas Roupeiro, Arinto y Antâo Vaz, con seis meses de crianza en roble.


Amarillo limón con reflejo dorado a la vista, y plátano con frutas de hueso en nariz, notas herbáceas y un potente fondo mineral. Ni rastro de la madera, que tal vez deja más constancia de su paso en la grasa que da en boca, donde aparece amplio y golosón, con una acidez algo ajustada y un elegante final amarguillo. Es persistente, sobre todo en los laterales de la lengua y deja recuerdos lácteos y avainillados. Pese a todo es un vino sutil que acompaña muy bien al pescado y, sobre todo, a las senderuelas.

Interesantísimo además en su precio, unos 10 euros.
Haciendo honores a los principios de esta plataforma, un homenaje ciertamente asequible.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Fruta low-cost de calidad

Decir que esto del “low-cost” me parece un anglicismo innecesario y bastante hortera, pero el márketing ye lo que tiene, y hay que inventar cosas nuevas (o más bien, renombrar cosas viejas) para que la gente compre.

Y antes de ponerme a divagar sobre el perverso sistema capitalista, creo que prefiero comentar algún vino que, durante estos días, me ha llamado poderosamente la atención por su relación calidad-precio, y concretamente, por ir a la fruta sin complejos, directa y sin maderas ni sobremaduraciones que tanto me vienen cansando.

Empezaré por este Viña Zorzal Graciano 07, una excelente recomentación de Jorge (Sibaritastur), cuya nota de cata dejo enlazada que, por cierto, es impecable y poco más añadiré. Además de una atractiva y limpísima naríz, es imposible no sucumbir a su espectacular boca. Un cesto de frutas del bosque y cerezas agil, fresco y directo. Sin complicaciones ni aristas. Sencillamente delicioso, pero con una acidez que evita caer en empalagues.


Me parece perfecto para un picoteo informal con amiguetes y una buena tortilla o una ensalada de ventresca con pimientos asados. Eso sí, que no haya que conducir luego porque pueden caer diez botellas. Y lo mejor es que esta joya navarra no llega a seis euros. Por poner una pega, que lo compré en La Tienda del Vino de Gijón y no sé dónde encontrarlo en Madrid. De hecho, por su sencilla estructura me recordó mucho a una garnacha del Ródano llamada Petit Jo y que comenté en otra ocasión.

Nos trasladamos ahora a Aragón con este Borsao Selección 2008, garnacha complementada con algo de syrah y tempranillo que nos da un puñado de moras limpio y sencillo y boca frutal, amplia aunque con algo menos de concentración y redondez que añadas anteriores (¿aumento de producción?) aunque buena acidez y persistencia. Para beber ya, un excelente vino de chateo y por menos de cuatro euros.


Acompañó muy bien unos huevos fritos con patatas y el increible pisto de mi abuela, que, no obstante, merecería ser maridado con un Chateau Rayas, je je.

Y seguimos hacia el este con Etim Blanc 2007, monovarietal de garnacha blanca en el que el 50% fue criado en barrica de roble, y el otro 50% en depósito sobre lías.


El resultado, un amarillito verdoso claro y de intensa nariz de lima-limón, heno, hierba recién cortada y un directo mineral. En reposo aparecen extraños aromas de rábanos. Diré que inicialmente lo probamos demasiado frio y era aguachirri, pero dejamos que subiera un poco la temperatura (unos 10º-12º), apareciendo una sorprendente acidez seca y muy cítrica. El recorrido no es muy largo y decepciona un poco tras el impacto aromático, pero el conjunto es bastante bueno.

En cualquier caso es, en su precio (inferior a 5 euros), un excelente vino para acompañar un queso de cabra o un buen salchichón (sí, sí, háganme caso, va mejor con blancos, la pimienta que lleva pulveriza los tintos).

Y terminamos con un rosadete de Chinchilla de Montearagón (Albacete), Viña Aljibes 2008, elaborado inteligentemente a base de syrah, un varietal que, pese a que muchos se les meta entre ceja y ceja porque tiene un nombre muy comercial y se da bien en cualquier terruño, tiene unas cepas en España todavía muy jóvenes como para dar un gran vino tinto. Pero aun así te puedes encontrar ya a algún iluminado que saca uno de 40 euros que no sabemos de dónde salen, y que es una castaña pilonga comparado con cualquiera bien elaborado del Ródano que cuesta la mitad.

Pero bueno, que me voy por las ramas, la idea es que es un buen principio, cuando las viñas son aun jóvenes, vinificar estas uvas en rosado y que den lo mejor que pueden dar ahora como este Viña Aljibes, grosellas en nariz, amplitud y algo de empalague (soportable) en boca equilibrado con buena acidez, y con algunas notas varietales de regaliz y mina de lapiz que apuntan un buen futuro.

Paciencia señores...

lunes, 14 de septiembre de 2009

Salmorejo al momento (o impostor)

Si en alguna ocasión Falsarius Chef ha llevado ha publicado esta receta, aseguro que no tenía constancia, y lo digo porque, tanto por sus ingredientes, como por su tiempo de ejecución y por el vistoso resultado, bien podría haberse visto en cocina para impostores.

En definitiva se trata de una forma rápida y resultona de llevar a cabo un convincente salmorejo tirando de despensa. Sólo necesitamos una lata de tomate entero pelado (si es extra, mejor, este Napal va especialmente bien), un diente de ajo, dos o tres rebanadas de pan de molde, vinagre de jerez y aceite de oliva virgen extra (lo más importante). Podemos quitar la raiz al ajo para que no repita.


Con las manos bien limpias (con lo de la Gripe A ya está todo el personal bastante concienciado al respecto*), remojamos las rebanadas de pan de molde en agua fría y las estrujamos ligeramente, seguidamente las metemos en el vaso de la batidora, al que incorporamos el contenido (no la lata) de tomate, sal al lgusto, el diente de ajo y chorrito al gusto de aceite y de vinagre.

Sólo queda batir bien y, si acaso, pasar por el chino por aquello del amargo de las semillitas del tomate. Yo no lo hice y quedó muy bien.


Invirtiendo más tiempo que en el propio salmorejo, podemos preparar unas virutas de jamón y ralladura de huevo cocido. Un chorrito de aceite de oliva y quedará de lo más ortodoxo.
Para acompañar, que mejor que una manzanilla de San Lúcar de Barrameda como esta Albamonte que embotella Bodegas Hidalgo (La Gitana) y que puede encontrarse en una conocida cadena de supermercados al increible precio de 3 euros. Tremendamente salina, larga, fresca y elegantísima. No sé si existe la posibilidad de mejorar tal relación calidad-precio con ningún vino. Todo un descubrimiento y perfecta para soportar la potencia del vinagre y la acidez del tomate.


Para quien no le guste la manzanilla, recomiendo una cerveza bien tirada, pues entre el ajo, el vinagre y el tomate se meriendan cualquier vino blanco, tinto o rosado que le echen.





* Según los expertos, y por si a alguien le interesa, un buen lavado de manos con abundante jabón deberá durar el tiempo equivalente a cantar dos veces cumpleaños feliz.

martes, 8 de septiembre de 2009

Restaurante Artabria (Coruña)

La precipitación, que fue la máxima de estas pasadas vacaciones, te juega malas pasadas, pero muchas veces también te hace descubrir cosas interesantes que nunca hubieran estado previstas.

Y precisamente eso fue lo que me ocurrió en mi última visita a La Coruña, donde desde hace algún tiempo, y fruto de las indicaciones de varios bloggeros (Pantagruel o Melvin entre ellos), tenía la intención de conocer el restaurante Alborada. No fui consciente de que sólo iba a pasar allí la noche del lunes, día en el que la mayoría de los restaurantes – y Alborada no era una excepción- cierran.

Tal situación me obligó a dejarlo para otro día y buscar algo interesante sobre la marcha, y entre unos pocos candidatos, elegimos finalmente el restaurante Artabria: gente joven e inquieta, interés en el producto, recomendación de la guía de los neumáticos y precio ajustado, vamos, que apuntaba maneras.

Llamamos con antelacion e hicimos bien, pues al hacer entrada en la sala comprobamos que estaba llena. El local, salvo por el buen detalle de la ventana que dejaba la cocina al descubierto, tenía más bien poco que destacar. El servicio, muy correcto y con tiempos bien manejados. Ni agobian ni pasan de tí.

Una carta no muy larga, opciones de mercado fuera de la misma y, finalmente, la posibilidad de un menú degustación por 28 euros nos hicieron dudar, decantándonos finalmente por la primera.
Hecha la selección nos invitaron a un aperitivo de mejillón en vinagreta con espuma de patata (perdón por la foto). Muy rico.

Seguimos con unas croquetas caseras bastante buenas que venían acompañadas de unas patatas paja.


Después llegaron unos cestos de zamburiñas acompañados de crema de nécoras. Plato correcto pero muy contundente debido a la fritura que nos dio aviso de lo que se nos venía encima.

En mi caso opté de plato principal por unos medallones de rape envueltos en bacon y acompañados de un rissoto de setas. Bien el punto del rape, innecesario, a mi juicio, el bacon y perfecto el complemento del arroz, que, además, estaba en su punto. El tamaño de la ración era considerable, y me costó terminarlo, por lo que opté por apartar el bacon, y el plato, además, mejoró mucho.

Mi novia se decantó por un descomunal entrecot al roquefort que además venía acompañado de unas ricas patatas a lo pobre y unos pimientos de padrón. Carne de primera y, también, en su punto.

Para beber escogimos un espumoso del que había oido hablar pero que no había probado, Danza 2006, elaborado en Valdeorras, según el método tradicional champenoise y obtenido en, exclusivamente, a partir del vino de la autóctona godello. El resultado fue un vino limpio, de burbuja algo gruesa, aromas serios de panadería en combinación con notas de piña y un curioso recuerdo de melón.
Estoy muy gratamente sorprendido con los resultados que este verano hemos obtenido con los espumosos en comidas y cenas copiosas en las que el calor y los excesos se ven refrescados y atemperados por las burbujas. Además ofrecen un maridaje casi siempre solvente cuando no sabes lo que te vas a encontrar.

Pese a la evidente saturación, no pudimos evitar sucumbir al postre, un semifrío de ¿queso?, mango y frutas del bosque ; de nuevo nos encontramos con una ración especialmente abundande de un dulce, que afortunadamente, por su ligereza, se digería sin dificultad y además era muy agradable. La acidez de las frutillas y el mango contrastaban muy bien con las sensaciones grasas del flan. Quizás nuestro maltrecho estómago hubiera agradecido una temperatura algo mas baja.
Como el espumoso todavía daba los últimos coletazos, no caímos en la más que interesante carta de vinos dulces por copa que el restaurante ofrecía.

Y la cuenta se resolvería por unos más que aceptables 35 euros p/p que dan a Artabria una relación calidad-precio muy interesante, por lo que no descartamos volver cuando regresemos a Coruña.
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Restaurante Artabria
Fernando Macías 28
981 269646

jueves, 3 de septiembre de 2009

Albariño, madera, la ría y el tiempo

Quizás uno debiera ser precavido a la hora de comentar el vino que elabora un amigo, o directamente no hablar de él; pero los que me conocen saben que si no tuviera nada bueno que decir, no lo diría.

Así las cosas, creo tanto en las viñas, la trayectoria y en los proyectos de la bodega Forjas del Salnés como alternativa a las producciones masivas de coca-cola en la zona, y en Rodrigo Méndez como vigneron de futuro, que no hablar de ello sería un error y una pérdida de oportunidad.

Por otro lado, qué demonios, ¡este es mi scatergories y me lo llevo!.

Y todo esto viene a colación por que durante mis vacaciones tuve la oportunidad de catar un Leirana Barrica 2005, pionero en su gama y del que – imagino- quedarán muy pocas botellas en circulación.

Se elaboró a partir de albariño de viñas viejas situadas en el municipio de Meaño, a unos pocos metros de la orilla de la ría, y habiéndose llevado a cabo un importante recorte de la producción. Hizo una crianza de doce meses en barrica nueva (este fue su primer uso) de roble francés, lo que dio un vino inicialmente marcado por la madera y que en su día, recién salido al mercado, no fue del gusto de todos.

Pero la añada era buena y aunque en otros países a estos vinos se les da un tiempo, aquí no tenemos esa costumbre, quedando mayoritariamente catalogado como un tablón, lo que, tras haberlo catado este verano, me parece hoy, cuando menos, algo precipitado.

Hace unos días mostró a la vista un amarillo pajizo verdoso, con pocas señas de evolución. Algo tímido en nariz, daba notas herbáceas y vainilla, que, tras un rato de jarreo evolucionó a cítricos (ralladura de limón), algo de piña y un fondo de dulce de membrillo. Pero como los grandes vinos, daba lo mejor en boca, con una entrada sorprendentemente fresca y vibrante, salino, un paso lento, glicérico y untuoso que inmediatamente antes de hacerse pesado, culminaba en una muy buena acidez. En retronasal volvían los cítricos y algo de piel de manzana verde acompañados de ligeras notas de humo, pero con un claro predominio de la fruta. Largo y persistente.

Dos buenos maridajes me vienen a la cabeza, uno es la magnífica y muy crujiente empanada de choco que preparan en el Bar del Hostal Stop de Hío (Pontevedra), a los pies del Cruceiro más importante de Galicia. La mejor que he probado.

El otro, un paseo en dorna por la Ría de Pontevedra, y descorchar una botella cuando, frente a la isla de Tambo, el cese del viento detiene la embarcación y el tiempo.


El vino te recuerda que la felicidad está en las cosas sencillas, y más en compañía de tu chica, y de buenos amigos.

Gracias Suso. Por el paseo y por ser como eres.

Galicia entre copas, SEGUNDA EDICIÓN

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