domingo, 31 de mayo de 2009

Salpicón a mi manera

Supongo que es una de esas cosas que hay tantas recetas como autores y todas suelen estar buenas; yo sigo la del salpicón de atún mi abuela materna (gallega), aunque con algunas variaciones, y en cualquier caso siempre adaptado a lo que tengo en la nevera.

La última vez que me puse el detonante fueron las patatas rojas, los tomates (de verdad, no de plástico) y los puerros que me traje de Pontevedra, concretamente de la plaza de Marín, pues a partir de ahi, nada podía salir mal.



Necesitamos 4-5 patatas (mejor rojas) medianas, dos tomates y un par de puerros (en lugar de la cebolla), 2 zanahorias, una lata grande de bonito en escabeche, tres huevos, alcaparras al gusto, palitos de cangrejo (langostinos para quien le gusten, bogavante... o lo que sea dentro de los posibles de cada uno) aceite de oliva virgen extra (arbequina mejor), sal y un pelín de vinagre.

Para no tardar mucho ponemos a cocer las patatas y la zanahoria ya picadas con un poco de sal gorda y una hoja de laurel. Si no son frescos, descongelamos también los palitos de cangrejo o langostinos en su caso.




Mientras tanto pelamos el tomate, una forma rápida de hacerlo es hacerle un par de cortes y ponerlo un minuto a escaldar, así la piel sale tan fácil como el papel de la magdalena. Hecho esto lo picamos.




Ponemos también a cocer los huevos. Si añadimos sal y un pelin de vinagre, la cáscara también sale mucho mejor (parezco el de Bricomanía con tanto “briconsejo”). Una vez cocidos los ponemos en agua fria.


El toque diferente viene con el sustituto de la cebolla cruda, el puerro, que tras picarlo finamente lo saltearemos un minuto en una gota de aceite y reservaremos para que se enfríe. Así queda más suave y no nos está contando su vida durante todo el día (ni los que están cerca tienen que sufrirlo).




Lo de las patatas y zanahorias es sencillo, sólo hay que escurrirlas y verterlas en la ensaladera, e ir añadiendo el huevo picado, el tomate, el bonito algo desmigado, el cangrejo o langostino en trocitos, las alcaparras y el puerro, ya frío.



Punto de sal, aceite de oliva y vinagre al gusto (a mí me gusta con poco). Sólo queda mover bien y enfriar.


Para acompañar teníamos que tener en cuenta que esto lleva vinagre, que destroza cualquier vino, por lo que nos aventuramos con un espumoso alegre con el que no arriesgar mucho y la verdad es que salió fenomenal.

El conejillo fue manchego, este Ojos del Guadiana Brut, a base de airén y sin pretensiones, pero solvente para estos menesteres, con recuerdos cítricos en nariz de baja intensidad, un fondo de bollos de leche, y una curiosa e inesperada acidez muy refrescante. Sin haberme llamado especialmente la atención, debo reconocer que pudo haber caido la botella entera.



Lo compré en el despacho que la cooperativa del mismo nombre (Ojos del Guadiana) tiene en la calle Santa Engracia de Madrid por unos 3 euros.

¡Señora!, lo que le hubieran cobrado por esto en uno de esos restaurantes de postín en la Sierra que tanto le gustan... y con langostinos no le quiero ni contar.

viernes, 29 de mayo de 2009

Sorpresas: vino "gris" y queso Sâo Jorge

Una de las cosas más fascinantes que tiene este mundillo del vino es que uno, lejos de irse aburriendo, aumenta gradualmente la capacidad de sorprenderse, y especialmente si, como servidor, se es un ingnorante con la posibilidad de probar cosas distintas.

Una de esas sorpresas llegó con la rareza que recientemente descubrí en La Fisna, sin duda la mejor vinoteca de Madrid en relación Calidad/Precio/Metro Cuadrado. De verdad que es muy difícil encontrar tanto bueno concentrado, y empezando por la encantadora Delia que lo regenta.

El producto en cuestión fue un vino “gris” elaborado por André y Roland Lelievre, vignerons en Lucey, un pueblo del Noreste de Francia, situado en la D.O. Côtes de Toul, que explicado de una forma sencilla, es el resultado de una vinificación de uvas tintas (pinot noir y gamay) de forma prácticamente idéntica a la elaboración en blanco, pues de hecho los propios viticultores lo denominan un "blanc de noirs".





Después de una vendimia manual, generalmente a principios de octubre, los racimos de uva Gamay y Pinot Noir reciben una prensa rápida sin maceración. Las pieles coloran ligeramente el mosto, siendo después de la fermentación cuando el vino obtiene y guardará este color naranja-asalmonado tan especial. Se trata, al parecer, de un procedimiento único en el mundo.

Posteriormente recibe una crianza en tina de acero inoxidable a temperatura constante entre 6 y 12 meses.

A la vista aparecía con un curiosísimo y ya señalado naranja-salmón muy claro y brillante. Extraño pero muy atractivo. Nada que ver con los rosados a los que estamos acostumbrados.





En nariz es muy tímido, delicado, con predominio de finas frutas del bosque (frambuesas) y cítricos, especialmente pomelo sobre un fondo de hierba fresca.


Frente a la finura mostrada en fase aromática, en boca se mostraba algo graso, untuoso y envolvente, con amplio recorrido y muy buena acidez. Refrescante y muy agradable repite las sensaciones cítricas con recuerdos algo más tropicales y florales en retronasal. Mas largo de lo que cabía esperar. En conjunto un vino alegre, pero elegante y delicado.

Desde luego diametralmente opuesto a la opulencia de cestos de frutas, gominolas y sulfurosos que suelen dar los rosados que conocemos, y de hecho creo que en una cata ciega no lo hubiera distinguido de un blanco con facilidad.



Sobre todo por su frescor, creo que he encontrado uno de mis vinos del verano (y por sólo unos 8 euros).

Y para acompañarlo otra sorpresa que esta vez tuvo origen en el supermercado del El Corte Ingles, este queso São Jorge que compré por algo menos de 5 euros.




Se trata de un queso artesanal de leche cruda de vaca que proviene de la isla de las Azores que lleva su mismo nombre. De coagulación enzimática, pasta prensada y con una maduración de unos cuatro meses.

Si bien el formato de la pieza entera es de un clásico cilíndrico, al parecer este rulo es una presentación habitual, junto con la tradicional cuña.



Compacto a la vista ....., ojos pequeños e irregularres. Muy aromático (mantequillas, nueces, pimienta.....) En boca es graso, entra algo dulzón y termina con notas picantes (de nuevo pimienta, muy intensa). Se parece poco a ninguno pobado antes, quizás a alguno de Extremadura.

Iba de maravilla con el vino, ya que ninguno se imponía sobre el otro, y la frescura del gris atemperaba la boca, eliminaba la punta algo empalagosa del queso, difuminaba la grasa con su formidable acidez y, sobre todo, te pedía más y mas.


Vamos, un peligro.

martes, 26 de mayo de 2009

... y de regreso una empanada

Como dijo un amigo argentino tras haber conocido a Maradona: “yo ya me puedo morir”. He superado uno de los grandes desafíos culinarios que tenía atravesados desde hace ya bastante tiempo, hacer una empanada.


Creo que es una de esas cosas que, habiendo masa por delante, nos da tanta pereza intentar que al final nos decidimos por comprarla, y si bien esa posibilidad es en Galicia más que atractiva, no sólo por su precio, sino por su calidad media más que aceptable (y en Pontevedra me remito a Solla, Abilleira, Acuña o Casa Ces), en Madrid la cosa se complica, y normalmente lo que te hacen pasar por empanada (y encima gallega) es una especie de hojaldre grasiento relleno de atún de lata. Posiblemente fue este hecho, unido a lo atractivo del precio de la empanada hecha en casa, lo que me lanzó definitivamente a iniciar la gesta.


Quedaba decidir el relleno, para no complicarnos la primera vez nos planteamos dos opciones sencillas: bonito o carne, y, como la primera suele cansarme un poco, nos decidimos por la segunda, y dentro de esta, el lomo. ¿Qué utilizamos?, pues para el relleno, unos 400 g. de filetes de lomo, un par de cebollas hermosas, un pimiento rojo, aceite de oliva virgen, pimentón dulce y sal; y para la masa un paquete de harina (500 g.) y algo más, dos huevos, un sobre de levadura (a todos nos viene la misma marca a la cabeza), agua, una pizca generosa de sal y aceite de oliva (otra vez). También necesitaremos un rodillo y papel sulfurizado (de ese del horno que tienen en cualquier supermercado al lado del de aluminio).






Empezamos con el relleno, para lo cual cortamos el lomo en pequeños cuadrados y reservamos, seguidamente picamos bien la cebolla y el pimiento y los ponemos a sofreir bien en aceite de oliva y una pizca de sal (así se hacen antes).

Como siempre, paciencia, es importante que estén bien hechos antes de incorporar el lomo que, llegado el momento, removeremos con tiento para que se haga uniformemente.

Cuando haya cogido color, lo dejamos un minuto más, añadimos pimentón generosamente y apagamos removiendo bien una vez más.


Y vamos con la masa, por un lado vertemos el paquete de harina en un bol bien grande (procurando manchar lo menos posible), por otro lado calentamos ligeramente (puede ser en el microondas) 200 ml. de agua en la que llegado el momento disolveremos la levadura y una cucharada de sal. Al revolver comprobaremos que la levadura genera una considerable espuma (tipo cerveza), no pasa nada, luego baja.



En el bol de la harina incorporamos también un huevo, un chorrito de aceite de oliva virgen (algunas recetas hablan de mantequilla, probaremos en otra ocasión) y el agua con la levadura y la sal. Mezclamos con cuidado y... llegó el momento, ¡a amasar!. El novato (como yo hasta el momento) se sorprenderá de lo rápido que se integran los ingredientes hasta formar una masa (que además me trajo inmediatamente el recuerdo de las que hacía mi abuela). Ésta debe ser elástica pero no pegajosa (si es así, añadimos más harina, por eso conviene tener un paquete adicional).

Cuando nos hayamos aburrido de amasar (yo tardé bastante), devolvemos la bola al recipiente inicial y lo cubrimos con un trapo de cocina (espero que no haga falta decir que esté limpio). Lo dejamos entonces fermentar durante un mínimo de 20 minutos. Podemos aprovechar ese rato para limpiar el caos que hayamos podido organizar.



Pasado ese tiempo, extendemos un trozo del papel de horno algo más grande del tamaño que queramos para la empanada, esparcimos por encima un poco de arina y pasamos el rodillo para que también se “manche” con la harina (evitaremos que la masa se pegue. Cogemos entonces la bola de masa y la dividimos en dos más o menos iguales. Sólo queda extender bien con el rodillo hasta formar una superficie más o menos redonda y repetir con la otra bola. Es importante que la que vaya a ir arriba sea algo más grande por lo que extenderemos mas consiguiendo una cobertura más fina (lujo que no nos podemos permitir con la de abajo, ya que tiene que sostener el relleno, y a mí me salió mucho).






Colocamos entonces en la placa de horno el papel con la que será la parte de abajo, y sobre ella precipitamos el relleno (si tiene mucho líquido, puede que convenga escurrir un poco. Tapamos con la otra placa de masa, recortamos si nos sobra mucho y las pegamos por el borde formando el típico “corrosco”.


Con los recortes pordemos hacer formas cilíndricas y decorarla un poco. Como podrán ver, yo no estuve previsor y no me dio para mucho.

Batimos entonces un huevo y pintamos generosamente por encima, le hacemos un agujero en el medio para que no se hinche y poco más, introducimos en el horno precalentado a 170 grados y a media altura.


Sólo queda esperar unos 20 minutos, sacarlo del horno y aguardar un buen rato mientras se enfría, a no ser que quieran pasarse toda la noche con ardor de estómago.




Queda poco humilde, pero teniendo en cuenta mis nulos antecedentes reposteros, estaba bien buena, casi tanto como la satisfacción de haber superado el reto.

Para acompañar no podíamos arriesgar, así que apostamos por un valor seguro, el godello que Telmo Rodríguez y su Cía. elaboran en Valdeorras, Gaba do Xil 2007. Muy frutal en nariz, con aromas de peras, nísperos y flores blancas. Glicérico, envolvente y más intenso en boca, con retronasal de frutas de hueso y lima, y sorprendente acidez para lo que es habitual en esta uva con un tiempo de botella. Muy buena RCP (8,50 euros en Santa Cecilia).

Volveremos a la carga con la empanada...

sábado, 23 de mayo de 2009

La experiencia Monviníc

Siguiendo la sabia recomendación del maestro Joan , con motivo de una fugaz (por trabajo) visita a Barcelona, nos pasamos por Monviníc, lugar que, tras haberlo conocido, me siento incapaz de encuadrar en ningún concepto. Vinoteca, biblioteca, museo... ni idea.





Se trata de algo así como el Templo Jedi del Vino, un gran espacio dedicado exclusivamente al conocimiento del mundo vitivinícola, con una biblioteca temática, un restaurante, un wine-bar... Sorprende el diseño del local, de maderas, cristales y colores armónicos, luces leves, jazz a volumen perfecto y, en conjunto, un ambiente tranquilo y calculado al milímetro para disfrutar del mundillo.


Como tampoco íbamos con suficiente tiempo como para conocerlo a fondo, y nos fuimos directos al wine-bar, donde el sumiller nos explicó el funcionamiento de la curiosa carta, una pantalla táctil e intuitiva a traves de la cual poder navegar por la ingente bodega disponible (más de cuatro mil referencias), tanto por botellas como por copas. Especialmente sorprendente el abanico e posibilidades en esta última opción, donde, según nos contó el sumiller, la rotación se corresponde directamente con la duración de las botellas; o lo que es lo mismo, cada día la oferta cambia.


Eran las siete de la tarde y no era plan de apretarse una botella, además teníamos ganas de probar, así que nos decidimos por las copas, a elegir entre unas treinta divididas en espumosos, blancos, tintos y generosos a muy diversos precios. Oferta libre, casi anárquica, sin apriorismos ni complejos. Vinos del Bierzo, o de Aragón, pero, al menos hoy, nada de Rioja ni Ribera, varios Riesling de distintas zonas (Alemania, Australia o Francia), algún Burdeos, rarezas de Sudáfrica o Nueva Zelanda... y más.

Sólo una pega, el lugar es algo oscuro (pese a que la zona de la barra en la que te coloques, se ilumina automaticamente) y no permite apreciar muy bien los colores del vino.
Nosotros probamos varias cosas, y como al final te entregan una elegante hoja identificando todos los caldos consumidos he podido desafiar a mi memoria variable y llegar aquí a contarlo.




Empezaría por destacar algo que no conocía, un espumoso a base de Riesling, Fantaisie der Schieferterrassen 2006, de la zona Mosel-Saar-Ruwer y la bodega Weingut Heymann-Löwenstein. Curiosísima nariz, muy fresca y floral con un fondo mineral y algún recuerdo de bollería. En boca sensaciones muy refrescantes, buen equilibro dulzor-acidez en el que destaca ésta, aportando el citado frescor y agilidad. En comparación con otros espumosos de calidad, podría considerarse una burbuja ligeramente gruesa. Final algo corto. Muy interesante en conjunto, muchas posibilidades de maridaje, y creo recordar un precio por botella muy comedido.


Continuamos con un blanco Borgoñón, Clos des Monts Luisants V.V. 2002 , elaborado por Domaine Ponsot en su Premier Cru de Morey-St-Denis, y de la sencillez y frescor del anterior riesling, pasamos a la extrema complejidad de este chardonnay con recuerdos de mieles, piña, nueces y coco con un fondo ligeramente especiado, y del que poco a poco van apareciendo más matices.


Lamentablemente no había mucho tiempo para esperar. En boca entraba algo graso y muy amplio, elegantísimo y muy complejo. La temperatura, no muy baja, reveló una fantástica acidez y un cierto alcohol aún por integrar. Una maravilla a la creo que le queda mucho tiempo por delante, aunque me parece que no voy a disponer de ninguna botella dado su imaginable precio. Una lástima, aunque también una suerte poder probarlo.



Y seguimos en Borgoña, ahora en tinto y en Beaune, con un Domaine Albert Morot Marconnets Premier Cru 2005. Que voy a decir..., Claro, capa muy baja. Nariz intensa y compleja. Ligero y contundente al mismo tiempo, sedoso, envolvente, magnífica acidez... un gigante aun en pañales, pero que, quien se dé el homenaje, ya lo puede disfrutar de lo lindo.



Llega el momento friki cuando, llevado por la curiosidad que arrastro desde hace tiempo, pregunto al amable sumiller por un sumoll. Hay dos, uno de ellos Gaintus 2004, que elabora Heretat Mont Rubí, y que llevaba semanas siguiendo. Me ofrece probarlo y, lógicamente, no lo puedo rechazar.

Es un vino tímido, si se le deja, se va abriendo poco a poco y mostrando una complejidad predominada por las frutas, frambuesas y grosellas, recuerdos herbáceos, eucalipto, pimienta,... Va sacando más y más matices y me apena no disponer de más tiempo. En boca se muestra más agresivo, amplio, salino y con excelente acidez. Largo. Recuerda mucho a ciertos vinos atlánticos. Muy bueno.


Ocurre que la bodega, encuadrada en la D.O. Penedés debe embotellar este Gaiuntus como vino de mesa, por tratarse de una variedad no autorizada, pese a su carácter autóctono. No parece haber problema, sin embargo, para que esta denominación admita otras como Cabernet, Riesling, Syrah o Chardonnay, de dudoso carácter indígena. No entiendo nada.

Pero no vamos a estropear la fantástica velada que, por cierto, se resolvió por unos 22 euros en total. Una forma asequible (en ocasiones la única) de acceder a estos fantásticos vinos. Cuando visite de nuevo Barcelona, haré lo posible por pasarme por aquí.
Monviníc
C/ Diputació 249
Barcelona
93 2726187
* El lugar estaba demasiado oscuro y ninguna foto me salió bien. Todas son extraidas de la red.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Atun encebollao con toque oriental


Lo que más me gusta del atún fresco, es que es un pescado muy agradecido con cualquier preparación siempre que se le coja mínimamente el punto y no se quede seco.




Fantástico a la plancha (si es bueno, rojito por dentro, como un chuletón), en escabeche, confitado, marinado, guisado (marmitako)... un sin fin de posibilidades. Y una más es este atún encebollado inspirado en la receta de mi madre, al que hemos dado un levisimo toque oriental.

El proceso es sencillo, sólo necesitamos mucha cebolla (o mejor, cebolleta, como en la foto), aceite de oliva (VE), sal, pimienta, sésamo tostado y salsa de soja.



Cortamos la cebolleta al gusto de cada uno, a mi me gusta en trozos no muy pequeños, aunque eso exige un mayor tiempo de cocción, y la pochamos en abundante aceite a fuego no muy fuerte durante el tiempo que sea necesario para que suelte bien el agua.



Mientras tanto cortamos el atún en tacos grandes, lo salpimentamos levemente y le esparcimos las semillas de sésamo.

Y seguimos controlando la cebolla, que no se nos puede quemar pero tiene que coger el punto mas blandito y dorado posible


Cuando ya esté lista incorporamos el atún, moviéndolo cuidadosamente para que los trozos se marquen (blanqueen) por todos los lados, y conseguido esto, añadimos un par de cucharadas del salsa de soja, volvemos a mover para repartirla, contamos un minuto y apagamos el fuego, pues terminará de cocinarse con el calor residual. Es preferible poco hecho que seco (aunque eso ya va con cada uno).


Solo queda presentar. Yo le añadí un poco de cebollino picado y un hilo de reducción de vino mencía que un día preparé para estos menesteres.



Lo acompañamos ( los que me conocen no se lo creeran) de un fantástico Ribera del Duero, para mí uno de los escasísimos de calidad a un precio más o menos razonable, este Viña Pedrosa Cza. 2004 de las más que respetables Bodegas Hermanos Pérez Pascuas. Cien por cien tinto fino con unos inapreciables 18 meses en barrica (sí, sí, madera de calidad y bien manejada!).



A la vista, clásico, picota de capa media con ribete cereza algo más claro. En nariz potente, complejo, con moras e higos en licor, meremeladas y torrefactos sobre un fondo animal, con cueros y vainilla. En boca el ataque es recio, contundente, pero mostrando un vino redondo, donde taninos, alcohol y una buena acidez están bien integrados.

En retronasal aparecen las moras y con algo más de intensidad, los torrefactos (cacao). Se echa en falta algo más de persistencia, pero muy buen vino en conjunto. Eso sí, unos 16 euros, que es lo menos que se puede pagar (así es la vida) por un Ribera no joven decente.
Con este tipo de viandas, que por su contundencia recuerdan más a la carne roja que al pescado, van mucho mejor estos tintos a no más de 18 grados, háganme caso y prueben la diferencia.

sábado, 16 de mayo de 2009

La hamburguesa también puede ser buena

Con todo el respeto, me resisto a creer que las hamburguesas son patrimonio de las cadenas tipo Mac tal y sus secuaces, y no sigo con ellas porque no me gusta hablar mal de nadie. Pero, en definitiva, como en todo, existe otra forma de hacer las cosas. Por ello y por que le encanta a mi novia, es un plato con el que experimento con frecuencia.




Lo fundamental, como siempre es la materia prima, es decir, la carne, mejor de ternera, aunque no es necesario que sea solomillo. En cualquier caso, conviene evitar las típicas bandejas de los supermercados, hacer un poco de cola en la carnicería y seleccionar nosotros mismos la vianda a desmenuzar. Como dice mi abuela “hermoso mío, sabe Dios lo que nos echan en esas bandejas...”.
Hecho esto, si el producto es fresco, ya tenemos un buen resultado casi garantizado. Mi aportación personal es la siguiente.

Nos ponemos unos guantes (uno es así), depositamos la carne en un cuenco grande (mejor una ensaladera para no guarrear mucho por fuera), salpimentamos de forma comedida, pues siempre hay tiempo para ello, y añadimos una rebanada de pan de molde empapada en leche (o nata a quien no le importen las calorías) y un huevo por cada 200 gramos de carne (No hay fotos de la masa porque tenía las manos pringadas y nadie que me asistiera).

A continuación amasamos bien hasta que quede una cosa uniforme y pegajosa. Hacemos unas bolas y luego las aplastamos para obtener la forma de la hamburguesa. El grosor es cuestión de gustos, a mí me gustan bien gorditas y jugosas.




Finalmente cogemos cada porción y la rebozamos en harina, con lo que conseguiremos una interesante costra y evitaremos que salte demasiado si usamos la sartén con aceite. El que tenga barbacoa no necesita harina. Sólo queda cocinar al punto deseado y servir.





Para rizar un poco el rizo podemos hacer una sencillísima cebolla caramelizada vertiendo en un cazo la cantidad de cebolla frita deseada (no hace falta hacerla, falsarius chef me descubrió que hay una fantástica para estos menesteres de la marca Ibsa que venden por un euro en cualquier supermercado), cuando empiece a borbotear añadimos una cucharada de miel, otra de azúcar y unas gotas de limón y esperamos a que se ponga algo mas oscura y pegajosa.






La distribuimos sobre las hamburguesas junto con unas láminas del queso que nos guste y lo acompañamos de una buena ensalada. ¿quién dijo que era una comida de gordos?.




Aunque lo hemos refinado un poco, sigue siendo, en mi opinión un plato informal, alegre y desenfadado, por lo que el acompañamiento debe serlo también.


Como comer con refrescos de cola me parece una aberración (lo siento, me educaron en esa idea y creo que con buen criterio), recomendaría una caña bien tirada, o bien un vino fresco y también alegre, aunque con contundencia suficiente para soportar la potencia de la carne y la cebolla... y qué mejor que una garnacha vibrante como este Armantes Selección especial 2007 de la D.O. Calatayud.


Es un tinto de perfil joven, con una leve crianza de tres meses en barrica (si no recuerdo mal), violáceo, nariz característica de frutas muy maduras, yogur y gominolas de fresa y notas florales (violetas). En boca es fresco y ágil, con tanino algo marcado, buena acidez y final goloso aunque algo vegetal. Curiosa retronasal de cerezas y bitter kas, si bien es algo corto.

Dos apuntes muy buena RCP (6 euros en La Carte des Vins), y ¡peligro!, no se notan nada los 14,5 grados de alcohol que lleva, así que, despues de la hamburguesa, nada de coche.




Imagen inicial extraida de www.canalcomunica.com

viernes, 15 de mayo de 2009

Strogonov: cocina rusa en plena Sierra.

Por fin consigo colgar algo, llevo tres días sin parar...

Si no recuerdo mal, creo que este es el primer restaurante cercano a mi casa que recomiendo, y es que, en general, la oferta gastronómica en los aledaños de mi morada es ciertamente mejorable.

Conocíamos su existencia desde hace tiempo, pero no nos decidimos a probarlo hasta el pasado viernes, en que nos aventuramos en el Parque de La Coruña de Villalba a la búsqueda de Strogonov.

A la entrada no es muy diferente de cualquier otro bar de la zona, si bien en el comedor se aprecia notablemente la diferencia, con una decoración temática pero muy humilde de manteles caseros, platos de loza y copas de cristal gordo.



El servicio, familiar y, por supuesto, ruso, es muy amable, atendiendo perfectamente la gran cantidad de dudas que pueden surgir a la vista de la extensa carta, con multitud de entrantes, sopas, blinis, etc. Entre los pescados destacan el esturión y el arenque, y en las carnes, aparte de ternera y cerdo, parecen emplear bastante el pato.

Por ser la primera visita, decidimos decantarnos por los clásicos populares (obviando la ensaladilla rusa que, curiosamente, ningun ruso parece conocer), lo que nos llevó a empezar por un caviar de arenque con blinis. Venía servido en el clásico cuenco sobre otro soporte con hielos.




El producto, sabroso y muy fresco, venía acompañado de nata agria para servirse al gusto y los blinis que, por su tamaño, no eran muy diferentes de unos creps o filloas. Posiblemente lo mejor.



Continuamos con unas creps rellenas de setas, lo que quizás parezca el menos autóctono de las propuestas. Correctas sin tener nada especial que destacar.



Como plato principal, me armé de valor y opté por el steak tartar, no me arrepiento. Mientras lo preparaban me lo dieron a probar para ver si estaba a mi gusto de sal y picante, para servirlo después acompañado de pan tostado, pepino (no lo toqué, no puedo soportarlo) y una ensalada. Contundente pero muy bueno en su conjunto, por poner algún defecto, quizás hubiera estado algo mejor si la carne hubiera estado más finamente picada.


Mi novia, más conservadora, se decidió por un valor seguro, los filetes rusos (sí, son realmente rusos), sabrosos, tiernos y al punto, venían acompañados de puré de patata (casero, tenía tropezones), ensalada de col y pepinillos. Quitando los dos últimos añadidos, un plato perfecto si vas con niños; y si no, también (yo soy de los que, de vez en cuando, pide milanesa y la disfruto como un enano).



Ibamos ya bastante llenos, pero mi costilla no perdona el postre, y pedimos una tarta de requesón con sirope de frambuesa. Aunque también casera, algo insulsa y lo más flojo de la noche.


Lo acompañamos de una especie de sangria tradicional rusa a base de frutas, algún tipo de espumoso o vino blanco y no descarto que tuviera vodka, porque salimos de allí algo petroleados.

El lector habitual se sorprenderá de que no hubiese pedido vino, la carta no daba muchas posibilidades, las opciones, pues, eran agua, sangría, cerveza (rusa rubia, tostada o negra, eso sí), y una extensa carta de vodkas. Nosotros, como dije, optamos por las dos primeras.

Nos invitaron a sendos chupitos (de vodka con miel o algo así), y la cosa se saldó por 53 euros (o sea, unos 26 por cabeza), y ello teniendo en cuenta mi licencia del steak tartar que era el plato más caro de la carta (sobre 19 euros), de haber optado por otro más común habría quedado en unos 40, lo cual me parece muy ajustado teniendo en cuenta la más que aceptable calidad que el local exhibe.

Volveremos sin duda.
Strogonov
C/ Islas Cíes 2
Collado Villalba - Madrid
918 510 159

Galicia entre copas, SEGUNDA EDICIÓN

Puedes comprarlo on-line en...

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