viernes, 28 de noviembre de 2014

El ocaso de la D.O.

Una vez que los vinos han hablado y el Ranking 2014 tomado forma, hemos tenido algún tiempo para observar detenidamente el resultado. 

Por muchas cuestiones es quizás este 2014 de los más sorprendentes de su historia, pero especialmente por una, que ha llamado poderosamente mi atención: de los diez vinos destacados, la mitad, incluyendo el primero, no tienen acogida en una denominación de origen. 

Me veo obligado a reflexionar e intentar sacar conclusiones aunque posiblemente la mayoría de los lectores, con buen criterio, ni se habrá percatado de este dato, primero, porque hoy en día parece que puede surgir un buen vino de cualquier lugar, y segundo, porque ya a prácticamente nadie le importa esto. 

Pero no siempre fue así. Hace algunos años (aunque no tantos como pudiera parecer), en España sólo existían dos tipos de vino, de Rioja o peleón, y para poder hablar de calidad, de salto de nivel, la etiqueta de la denominación de origen representaba algo esencial. 

Venía a suponer que una institución solvente había comprobado que el contenido de la botella en cuestión, no solo no era venenoso, sino que además procedía de un lugar determinado y bajo ciertos estándares de calidad. Dicho de otra forma, pertenecer a Rioja, más tarde a Ribera del Duero o a Rías Baixas (vale que Ribeiro es más antigua, pero de aquella estaba en las catacumbas) suponía cierto prestigio y distinción, en la misma línea que desde hace más de un siglo supone en Francia poner AOC Meursault, Pessac-Léognan o Côte-Rôtie en una etiqueta.

Comenzaron entonces a aflorar denominaciones de origen por toda la península, algo, en principio legítimo y que respondía a una realidad vitícola diversa, como lo es la española fruto de una historia compleja en la que de una u otra forma el vino ha estado presente. 

El tema prometía, ¡qué duda cabe!. De repente veíamos la posibilidad de conocer multitud de expresiones de climas, suelos, variedades,... terruños en definitiva. 

Sin embargo, algunos elementos fundamentales se quedaron en el camino:

  • Unas y otras D.O's suscribieron similares criterios de calificación de Crianzas y Reservas, basados en la madera externa al vino y no en la tipicidad. 
  • No se advirtió, salvo en casos contados, una especial protección de las variedades autóctonas y de hecho se acogen como preferentes cabernets o chardonnays, de dudoso arraigo en España, y se manifestó una expansión casi enfermiza del tempranillo por toda la península, incluso en lugares donde se adaptaba especialmente mal. 
  • Resulta llamativo que cuando las DO se fueron pronunciando sobre volúmenes de producción, fuese para aumentarlos, y no para reducirlos en favor de la calidad.
  • Algunos incluso se dedicaron a hacer el ridículo, intentando blindar el uso de una variedad, intentando prohibir su vinificación etiquetada en otros lugares, en lugar de defender la particularidad el terruño y a los viticultores que lo expresaban. 
Gobernados por grandes bodegas y cooperativas, los consejos reguladores se fueron transformando en juez y parte, árbitros en determinar qué vinos - ¡y cuales no! - cumplían los requisitos para llevar la etiqueta. Se miraba para otro lado ante fraudes como camiones de uva venidos de lejanas tierras y, por contra, todo pareció centrarse en la uniformidad, es decir, en que el vino debía tener ciertas características organolépticas que lo hiciesen típico. *




Hasta aquí todo podría ser aceptable si existiera un criterio claro, definido e histórico de lo que es el vino de la zona, como pueden permitírselo en Meursault, Pessac-Léognan o Côte-Rôtie, donde -insisto- llevan muchísimas generaciones elaborando y etiquetando vinos de talla mundial. Pero, ¿existe un criterio claro, histórico e inmutable de en qué consiste la tipicidad de Rueda, Manchuela o Rías Baixas?, es más, ¿es posible que una D.O. con apenas 20 años de historia determine cómo debe ser el vino de la zona?. 


Yo lo dudo, y les pondré un ejemplo. 

Pocos dudan que Quinta da Muradella hace los mejores vinos de Monterrei. Es punta de lanza en todo el mundo, sus vinos obtienen las más altas calificaciones de prestigiosos prescriptores y exporta alrededor del 90% de su producción a países como Francia o EEUU, donde se venden (y mucho) las botellas a más de 40 dólares. 
José Luis Mateo, lleva ya unos cuantos años ensayando con variedades por separado, con diferentes suelos y orientaciones, leyendo sus expresiones en cada añada y, además con distintas elaboraciones. Buscando el camino (así rezan sus corchos) de revelar la expresión de su terruño, y a ser posible, de cada finca. 

Cuando le pregunté cuál era la tipicidad de Monterrei, me respondió (con la humildad que le caracteriza), ¡que aun es demasiado pronto para saberlo!, hay que seguir trabajando, cuidando viñas, suelos, y estando atentos a lo que nos cuentan cada año. 

Entonces, si el que a priori mejor conoce uvas, tierras, clima y evolución de los vinos de Monterrei, aun no es capaz de determinar un carácter esencial de su terruño, ¿es sensato que el comité de cata la D.O. Monterrei se permita descartar un vino porque no reúne unos u otros rasgos de tipicidad?, y, en tal caso ¿quien y con qué criterios ha decidido cuales son esos rasgos? 

Quede claro que la D.O. Monterrei merece todo mi respeto y aquí no es más que un ejemplo teórico. Pongamos otro. 

Hace un par de años hablaba con David Busto, representante entonces de la Bodega Dominio do Bibei. Para quien no la conozca, fue la primera en apostar por vinos de crianza en Ribeira Sacra y hoy en día cuenta con un reconocimiento internacional del que pocos en España pueden presumir. Mucho de su éxito comercial es mérito de David, por cierto.

Elogiaba yo aquel día la calidad de su Brancellao 2007, y llegué a calificarlo de gran vino. En ese momento, David me cortó, diciendo que para hablar de grandeza hay que tener una trayectoria de excelentes vinos año tras año durante un lustro al menos, y poder abrir ahora una botella con dos o tres décadas a sus espaldas y alucinar,... ¡eso es un gran vino!. 
Obviamente esto nos reconducía a Burdeos, Borgoña, Barolo o a algunos grandes Riojas clásicos, y poco más, pero no donde aun queda todo por hacer. 

Por consiguiente, si los grandes vinos aun están por hacer en casi toda España, ¿quién puede dar por sentados los criterios que definen el carácter del mejor vino de una zona?. ¿Acaso no corremos el peligro de perdernos el gran vino si a priori hemos decidido que la uva "X" en la D.O. "Y" tiene que oler a maracuyá y dar blancos limpios de color verdoso?

Alguien podría responderme que lo que los comités de cata buscan es un estándar de calidad. Muy bien. Esto sería aceptable si quienes los componen fuesen, siempre y en todo lugar, analistas con gran experiencia mundial, dilatada y continua, que han probado y siguen probando las mejores botellas de Borgoña, Mosela, Burdeos, Sicilia, el Piamonte, Sonoma, Swartland y, por supuesto España. 

¿Esto es así? 

Yo lo ignoro, pero el hecho de que la mitad de los vinos destacados en el Ranking no estén en una D.O., pudiendo estarlo (en una muestra en la que los vinos con D.O. era de más del 80%) me hace dudarlo, como me hace dudarlo el hecho de que excelentes tintos y blancos que triunfan objetivamente fuera de nuestras fronteras se vean obligados a salir al mercado como Vino de la tierra o Vino de Mesa, mientras millones de botellas de productos etiquetados pero mediocres pueblan los lineales a menos de tres euros.

Tres euros que en modo alguno pueden cubrir el coste una elaboración mínimamente honesta.

¿Qué ha de opinar un consumidor cuando el chato del bar de Rueda le sabe a rayos mientras lee que los mejores y más caros vinos de la zona son Ossian o El Barco del Corneta, ambos "vinos de la tierra"?

Miren, yo en este escenario sólo veo dos salidas, una es aprender, mirar fuera, rectificar de los errores e intentar atraer buenas prácticas y mejores viticultores, reflejar la importancia de las fincas o los pueblos sobre el brillo del menisco, los meses de barrica o el battonage. Ante la duda y en ausencia de práctica irregular, ¡calificar el vino!, dejar trabajar a los viticultores que hacen vino, no molestarles con que su blanco no es amarillo pajizo o que en la etiqueta han puesto el nombre del pueblo y eso no se puede hacer. Conozco pocos viñadores auténticos que no hayan experimentado sandeces del estilo con su respectivo Consejo Regulador.
¡Qué decir!, a mí se me caería la cara de vergüenza como catador si, tras descalificar un vino, éste aparece elogiado por Luis Gutierrez, Alice Feiring, Juancho Asenjo o Matt Kramer un año después. Pero si la respuesta es la soberbia, algo falla.

No me olvido de las añadas. El hecho de que todas se califiquen como excelentes no las hace ni medio buenas, únicamente desprestigia a la práctica totalidad del vino de la zona, especialmente en un buen año, como en el cuento del Lobo. ¿No será más inteligente la sinceridad que haga util la calificación de la cosecha?. El consumidor lo agradecería prestándole atención en lugar de partirse de risa. En Burdeos lo hacen y no les va mal del todo.

La otra salida es sencillamente la autodestrucción, es decir, la identificación de la zona con el granel, con el vino barato y mediocre, ese que se toma con el menú del día, pero bajo ningún concepto se le regala a un suegro. ¿Alguien regalaría (aunque sepa que es bueno) un vino con D.O. Rueda o La Mancha a alguien con quien quiere quedar bien?.

Hay vuelta atrás, sí, y además estoy seguro de que en todos los Consejos Reguladores trabaja gente honesta, con inquietudes y buen criterio, pero no es eso lo que a día de hoy destaca.

Créanme si les digo que en un mundo globalizado como este, con toneladas de información corriendo a toda velocidad, y tanta competencia, no abundan las segundas oportunidades. Como dicen en el mundo del seguro, "es muy difícil ganar un cliente, pero se le puede perder en un minuto, y el que se va, rara vez vuelve".

No me cabe duda de que los buenos productores encontrarán su camino, con o sin etiqueta, porque han perdido el miedo y porque sus vinos hablan por ellos, no tendrán problema, incluso es posible que se organicen en torno a una nueva certificación de calidad, como ha ocurrido en otros lugares.

Sé que muchos no verán con buenos ojos estas palabras, porque este país es muy de matar al mensajero, pero ni busca la polémica ni la crítica gratuita, sino la reflexión desde la creencia de que el vino, el de calidad, puede ser un gran motor de este país, si no nos lo cargamos, claro.

A día de hoy, el camino es sombrío.


* Fotografía obtenida del blog de Gabriel Sanz

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Ranking 2014: Los Ganadores

No me entretendré en la introducción porque sé a ciencia cierta que pocos la leerán para acudir directamente al listado. Sólo quiero aprovechar la ocasión para felicitar a las bodegas participantes por la gran calidad demostrada.



Han sido unos cuantos los que han sabido tomar las decisiones correctas en una añada tan difícil como la 2013, y por ello ha habido una gran cantidad de vinos con puntuaciones elevadas, procedentes de multitud de rincones de España. Aunque finalmente solo pueden quedar 10, esta diversidad (eclipsada con la exuberancia del albariño, que entre los blancos siempre destaca) ha tenido reflejo en el listado definitivo con vinos que, además, expresan lo más honesto que atesoran, su lugar de procedencia. 

 Vamos con ello! 

En el décimo puesto una de las revelaciones, que es fiel reflejo de la actualidad vinícola. Por un lado el revolucionario trabajo del grupo Envínate, dedicado a encontrar terruños que expresar desde la armonía con el entorno y la frescura de vinos fáciles de beber. Por otro la dignificación que actualmente vive una variedad denostada como lo es la garnacha tintorera. Una uva relegada a dar color y a la producción de graneles, habituales en La Mancha de la que procede y no oculta, pero que aquí se maneja con mimo y respeto, dando un vino fresco, genuíno y muy sabroso con gran potencial gastronómico. Se llama Albahra 2013 



El noveno lugar lo ocupa una cara de Rioja atrevida y radical. Un vino que no dejó indiferente a nadie por su personalidad. No me atrevería a llamarle moderno porque pese a su gran intensidad y volumen, recupera la idea de los vinos de pueblo pensados para calmar la sed pero expresando al mismo tiempo el carácter del lugar donde procede. Las uvas proceden de agricultura ecológica y es casi todo tempranillo con algo de viura. La divertida presentación de la botella redondea un excelente tinto con el que sorprender. Se llama Malaspiedras y lo elabora Bodegas Compañón Arrieta en Lanciego, Rioja Alavesa. Lléveselo a una cena si quiere quedarse con la atención del personal.



En el octavo puesto entra en escena el albariño. Una uva que cuando se maneja con franqueza y no se manipula, tiene la capacidad de arrasar a ciegas por intensidad, tipicidad y frescura. Poco puedo decir de Zárate que no se haya dicho ya, pues es uno de los puntales del vino de calidad en Rías Baixas. Evidentemente por sus grandes cuvées como el Palomar, o mi favorito Tras da Viña, pero también, como ahora demuestra, por su excepcional vino básico. Un gran blanco que además comenzará a dar lo mejor de sí a partir del año que viene y en adelante. Hagan acopio de Zárate 2013 porque me da que esta añada va a durar poco en las estanterías.



En el séptimo lugar otra revelación. Jesús M. Recuero, hijo y nieto de viticultores, elabora en el silencio de la Sierra de Gata, esperando su momento. Recupera suelos y cepas en Villamiel, en pleno vórtice de ese potencial durmiente que es Extremadura. La viña la salpican olivos, jara y brezo, y eso se nota en el vino, Antier, que así se llama, fruto de un coupage de uvas de cepa vieja, hecho en la finca, con tinta fina, piñuelo y rufeta. Su alma es mediterránea, pero recuerda también a algunos grandes del sur de Portugal. Enorme descubrimiento.



En la sexta posición, no terminan las sorpresas. Una pequeña joya procedente de un majuelo en Férez (Albacete). Bobal y monastrell cultivadas en ecológico. Apenas seis barricas, que encierran una fruta arrebatadora, dan lugar a Lacerta 2012 elaborado por Bodegas Lazo, aunque la exclusiva la tiene Ezequiel Sánchez Mateos, captador de terruños al que podrán encontrar en Reserva y Cata. Una bomba con una excepcional relación calidad-precio.


En el quinto lugar otra novedad. Ignoro las razones que han llevado a la D.O. Rías Baixas a rechazar este excepcional albariño, aunque este hecho sólo ha de interesar a burócratas mediocres. Para los demás, este vino de Dena reproduce con claridad la versión más mineral del albariño del cru de Meaño sobre suelos de granito. La mitad se cría cinco meses en barrica, el resto en depósito. El resultado, vibrante y con carácter, conquistó al jurado de la cata. Por cierto, el vino se llama Pescuda 2013 y lo elabora la familia Moldes, a la que ya conocimos con Finca A Pedreira. Si se les pone a tiro no lo dejen escapar, la producción es muy limitada.


 
En este cuarto puesto sé que no sorprenderemos, pero el nivel que año tras año mantiene Xurxo Alba con sus vinos, desde aquél ya mítico 2011, nunca pasa inadvertido al jurado del ranking, por más que sus miembros cambien. El oleaje, las algas, el mar presente en sus aromas, es inconfundible. Si quieren mostrar a alguien cómo se expresa una zona a través de un albariño, Albamar 2013 es su vino. Además está muy bueno.


 Entramos en la zona crítica con el tercer puesto, de nuevo algo inesperado. Un vino que surge de la unión y del amor por la tierra de un párroco, un hostelero y un ganadero, que a través del respeto y la viticultura integrada han dado una vuelta de tuerca al txacolí, haciendo un blanco alejado de la delgadez característica de algunos de estos vinos, y pleno de mineralidad, tensión y sapidez. Gran potencial gastronómico y, sobre todo, una puerta abierta a una nueva corriente de expresión atlántica es lo que representa este delicioso Txacolí Uno 2013 elaborado por la bodega Goianea.


En el segundo lugar, otro de los habituales del ranking, que de forma merecida alcanza su puesto más alto hasta el momento. Un vino de parcela que muestra un carácter fino y borgoñón con gran regularidad pese a las particularidades de cada añada. En esta 2013 es un poema balsámico de delicadeza y distinción, no apto para amantes de la concentración y el tanino. Pese a no tener crianza en barrica, suele evolucionar extraordinariamente bien en botella, por lo que no teman hacerse con una caja e ir disfrutando de su crecimiento. Hablamos, por supuesto, de Viña Regueiral 2013.



Y finalmente, como bien saben, sólo puede quedar uno. En el primer puesto que otorga la victoria en el Ranking 2014, el vino que silenció al jurado. Moscatel, sí, pero en su versión más compleja, equilibrada y sensual. Se elabora en Chiclana e hizo valer por fin en el ranking el gran nivel de los vinos andaluces. Un precio ridículo el de este gran vino dulce en relación con todo lo que ofrece (y que sin duda sería más del quíntuple si su origen fuera Alemania o Hungría) le hace digno merecedor del galardón: Collantes Moscatel Oro "Los Cuartillos" es el ganador del Ranking 2014.

Agradecer por lo demás a todos los que de una u otra forma han participado en el ranking, especialmente a muchos productores excelentes cuyos vinos se han quedado a las puertas por algunas décimas. Somos contrarios a otras políticas, que entregan centenares de distinciones de oro, y desnaturalizan el sentido de todo esto. Nuestra filosofía encaminada a destacar lo mejor de lo mejor sólo da cabida a los diez primeros, y estos son los "daños colaterales". Ello no obsta para que lamentemos que vinos fantásticos se hayan quedado fuera.

Finalmente, nuestra más sincera felicitación a los clasificados. Sus vinos, por méritos propios, han destacado entre los más grandes de su segmento.

Hasta el año que viene.









* Fotografías cedidas por los productores o extraídas de la red.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

A las puertas del Ranking 2014

Apenas quedan un par de días para celebrar la cata del Ranking de este año. Casi hemos llegado a puerto, no sin un esfuerzo mayor del esperado, que en muchos momentos nos ha llevado a situaciones delicadas, colocándonos casi en la cuerda floja emocional. Esa misma cuerda que en algunos momentos de desesperación, de acumulación de trabajo, y de relaciones poco humanas, hace pensar en mandarlo todo a donde no brilla el sol. 

 Miren, no es fácil moverse en este mundillo vinícola sin tener intereses (como con rotundidad puedo afirmar no tenerlos), supongo que porque unos los presumen en cualquier caso, y otros ven los suyos vulnerados. Esto obliga a lidiar con muchos desdenes injustos en el mejor de los casos, y organizar algo como el Ranking sin ayuda, no es sencillo.



Si a esto le sumamos la colección de oportunistas que suelen aflorar para aprovecharse del trabajo de otros, desde prescripciones, artículos, "ideas novedosas" o incluso libros, el cóctel para desesperarse, está servido. 

 Afortunadamente, de vez en cuando uno topa con lo mejor de siempre, las personas auténticas, capaces de brindar sin condiciones ese agradecimiento, el reconocimiento o simplemente el gesto que anima a continuar, y borrar con ello todo lo malo. Muchas veces ese gesto viene acompañado de buenas noticias, como la que hace pocos días publicaba Televisión Española, en ella se hacían eco de un vino, seleccionado por la aristocracia prescriptora como el mejor vino económico de España. 

Ese vino coincidía con el ganador del Ranking 2013 y no era otro que La Malkerida, tinto que, por cierto, reúne con creces todo lo que creo que se le puede pedir a un vino de tales características. 

Recuerdo entonces el objetivo de todo esto, por un lado proporcionar al consumidor una lista más o menos fiable de vinos económicos de calidad contrastada, y poder hacerlo sin intereses derivados del marketing, de patrocinios o de todas las influencias que puedan imaginar al margen de la calidad del vino. Tras años de transparencia contrastada y contrastable, al menos nos hemos ganado el derecho de poder afirmar esto con orgullo. 

Pero por otro lado, un horizonte nuevo se ha ido abriendo con el crecimiento y repercusión del Ranking, se trata de que pequeñas bodegas, centradas en su viticultura, y en sus dificultades técnicas y comerciales, puedan darse a conocer por la simple calidad de sus vinos, sin necesidad de gastar tiempo y dinero en marketing, en carísimos stands en ferias o en labores de formación de opinión. Porque a los que nos gusta el vino creemos que donde mejor se encuentra su esfuerzo, económico y personal, es en la viña. 

También podemos afirmar con orgullo que ese empujón que supone el ranking (que no tiene por qué coincidir con el del primer puesto) ha supuesto en ocasiones un antes y un después en muchas bodegas. Por poner un par de ejemplos, más allá de la Malkerida que nos ocupa, Quinta de Couselo (ganador del segundo certámen) fue objeto de una compra millonaria tras el certamen, y Albamar pasó de venderse localmente a encontrarse a día de hoy en las mejores tiendas y restaurantes de toda España. 

Quizás por error de cálculo, uno no vea carencia de humildad en decir esto, ya que no obedece a un trabajo exclusivamente propio, pues muchas personas han colaborado en él desde distintos ámbitos, personas sin otro interés más que la amistad y la pasión por el vino. 

Por tanto a ellos, a los bodegueros que han caminado con nosotros desde el principio y, sobre todo, a los lectores que año tras año confían en las pistas que salen de este Ranking, va dedicado este trabajo. 

Buena suerte a todos.

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