jueves, 31 de julio de 2014

Vid Vicious

Si por aquí pasa algún fan de los Sex Pistols, sabrá quien fue Simon John Ritchie. Si no, Sid Vicious les sonará más. La vida del polémico bajista no fue fácil desde su inicio y eso marcó su corta y atormentada carrera, en la que, sin haber sido en ningún momento un gran músico, sí tuvo momentos de brillantez. 

Hoy nos interesa su lado más punkie que es el que se plasma en este vino, un blanco que surge del encuentro entre el silencio, el trabajo y la constancia de Dominio do Bibei, y la revolución irreverente de Adrian Guerra y Fernando Filgueira cuya trinchera se encuentra en Bagos (Pontevedra). 



Una visita a la montaña de Bibei y un par de foudres que chirrían en forma de Hard Rock sobre el murmullo zen de Jazz, Bossa Nova y de algo de Gregoriano que se escucha en el Dominio. Buen vino sin duda, pero toca algunas notas discordantes que le hacen quedar fuera de La Pola. No estaba con ellos, pero imagino la escena. Fernando y Adrian se miran. Adrían sonríe con cara de niño ante el escaparate de juguetes, Fernando, arquea la ceja y no hace aspavientos. Definitivamente encaja. 

Con su proyecto 69 Arrobas, en forma de vibrante, casi extremo, albariño de Castrelo elaborado por Xurxo Alba, del que un día hablaremos, se inició una búsqueda embotellada de la tipicidad extrema en los terruños de Galicia. Pequeñas producciones para vinos auténticos, a caballo entre el chateo y el coleccionismo. 

Pueden disfrutarse, a golpe de guitarra o guardarse hasta que den lo mejor de sí. En el caso de Vid Vicious 2012 nos encontramos con un monovarietal de godello procedente de distintas fincas de la zona de Bibei controlados por el Dominio, esencialmente de suelos de arcilla y arena situados entre 500 y 700 metros de altitud, con distintas orientaciones. Se prensaron racimos enteros y fermentó en foudres de roble austríaco de varios usos, y de entre 1.200 y 2.400 litros. Recordemos que allí arriba no llega el acero inoxidable. 

El vino, que no hizo fermentación maloláctica, permaneció posteriormente con sus lías y en silencio durante unos 20 meses con removidos. Se elaboraron 2.600 botellas. 

Al igual que Sid, tiene un humor cambiante, en ocasiones muestra su cara eléctrica y en otras la más cremosa. El tiempo de aireación y una temperatura no demasiado fría hacen que saque su mejor versión, toda su fruta rabiosa y también algo de hipnotizante hierba. Vibrante, sabroso, vicioso - cómo no- de trago largo y lenguaje preciso. La godello más punk.

Se trata de un vino tremendamente versátil, válido incluso para cualquier plato de carne, pero como tiene fuste suficiente, recomiendo un maridaje arriesgado como lo son los increíbles boquerones marinados (no me atrevo a decir en vinagre, dada su sutileza) con encurtidos que Pablo borda en Bagos



Para hacerse fuerte en la barra hasta el amanecer. 

Quien lo busque puede hacerse con alguna botella en la tienda de Roberto Juncal.

Aunque les aseguro que no descansaré, no sé si habrá más entradas de aquí a que termine agosto, así que disfruten del verano y, en todo caso, nos vemos en septiembre.

Entre tanto les dejo con los Pistols y God Save the #godello Queen





Y si coinciden con los delincuentes que han perpetrado este vino, y el sentido común no les invita a cambiar de acera, no se pierdan el mensaje subliminal de la botella, que tiene historia.

"Never mind the bollocks, fuckin' assholes"

martes, 29 de julio de 2014

La Laguna de Villalba

En la línea expuesta no hace mucho de interesada labor social, dirigida a divulgar buenas prácticas, desarrolladas en aquellos negocios gastronómicos de mi entorno que lo merezcan, traigo a escena un nuevo y prometedor proyecto, que espero que la variopinta población local sepa entender y disfrutar. 

Temo que paulatinamente voy dando más datos de mi escondite, pero me arriesgaré nuevamente. Vivo muy cerca de una bonita laguna que aunque artificial, está adaptada y poblada para la pesca, y rodeada de un hermoso y cuidado parque cuyo mantenimiento lleva el Ayuntamiento, y lo hace bastante bien. 


En medio de este parque hay una bonita casa destinada a una concesión de hostelería, que algunos años atrás, se desarrollaba sin pena ni gloria con otro anodino bar más. Pero muy recientemente una ambiciosa reforma ha terminado por dotar a la casita en cuestión de un aspecto moderno, pero divertido y tremendamente acogedor gracias a una gran chimenea ubicada en el centro del local. 


Paredes blancas, maderas, sillas de colores. Ambiente entre lo cottage y el loft industrial... buen gusto, a fin de cuentas, al que se une una preciosa terraza que nos regala la pacífica vista de la laguna, con un atardecer especialmente evocador. 

¿Hay algo más aparte del entorno y la decoración? Pues sí. 


Aunque no podemos olvidar donde estamos, por lo que la cerveza y las raciones han de ser los protagonistas, aparte de la Estrella Galicia, una carta no demasiado extensa muestra una colección de viandas que, aunque poco sorprendentes, demuestran, al menos en lo que hemos probado, preocupación por el producto y su elaboración. 

Así, podemos encontrar una excelente ensaladilla rusa, unas setas empanadas con alioli, crujientes y nada grasientas, unos calamares a la romana frescos y muy bien fritos, y una sepia algo mejorable. Bordan una de mis debilidades de infancia, el pollo empanado, y especial mención merece la ensalada de tomate, con una hortaliza excepcional y un toque de ajo que, sin excesos, le da al plato una personalidad tremenda. 



Aunque no los hemos probado, prometen los arroces y las hamburguesas, pero como no anda lejos, nos iremos a por ello en la próxima visita. 

En el apartado de vinos, no se aprecian grandes sorpresas ni una larga lista de alternativas, pero se supera en cierta medida lo que uno espera encontrar en un lugar de estas características, habiendo ejemplos en todas las categorías de posibilidades más que aceptables. 

En el caso de autos, nos acompañó Valmiñor 2013, un albariño muy correcto que estuvo bien con todo. Los precios son atractivos, acordes al lugar, pudiéndose cenar muy bien por veinte euros. Poco más se puede pedir. 

Por lo demás, aunque le falta un pelín de rodaje, el servicio es muy amable, la estancia siempre agradable, y la experiencia muy positiva. Por construir en la mejora, sería muy interesante incorporar a la oferta algún "fuera de carta" con el que sorprender al respetable, no acomodarse y demostrar inquietud por el producto de mercado.

Y si a eso le añadieran el descorche, teniendo en cuenta que me bastan dos minutos descolgarme desde mi casa, me acabarían teniendo como un parroquiano, al más puro estilo Cheers. 



La cosa apunta bien.



La Laguna del Carrizal
Playa de la Lanzada s/n
Collado Villalba (Madrid)
918498821



jueves, 24 de julio de 2014

Un paseo por las nubes

Un emocionante proyecto (pronto hablaré de él) me tiene buscando tiempo bajo las piedras para visitar y conocer de cerca los proyectos vinícolas más interesantes de Galicia. 

El pasado fin de semana me condujo a empaparme de viña, curva y pizarra entre Lugo y Ourense, entre paisajes de ensueño y vinos que harán historia. 

La primera parada, nada exenta de dificultades, nos llevó a Bibei, un lugar lejano y ciertamente enigmático en el que reina el silencio. Allí se erigen discretas, y al tiempo perturbadoras, tres estructuras blancas que encierran, como punta de iceberg, todo un universo creado por y para el vino. 

Cuando uno alcanza la cima no puede evitar la sensación que posiblemente tuvieron los tripulantes del Nostromo al encontrar aquella misteriosa construcción procedente de otra civilización, de otro mundo.

Afortunadamente en este caso, el único octavo pasajero es el fruto de la vid y el hombre, que sin duda cautiva al que visita Dominio do Bibei. Allí nos recibe Gutier Seijo, responsable técnico de la bodega. Un tipo serio y honesto, pero con un impresionante conocimiento de las posibilidades de la zona, y gran experiencia internacional pese a su juventud.

Se trata de un proyecto que, desde su comienzo a través de acuerdos con buenos viticultores, hasta la actualidad, en que el 70 por ciento de la producción es propia, fruto de las plantaciones que se iniciaron en 2002, no ha parado de calentar motores, de experimentar y de buscar la mayor expresión del terruño de Ribeira Sacra, y ahora de Bibei. Pese a que entienden que el culmen está muy lejos de ser alcanzado, ya hacen algunos de los mejores vinos de Galicia. De hecho, no creo que haya en la zona a día de hoy un tinto con crianza que alcance el nivel de La Lama en su volumen de producción (en torno a las 60.000 botellas), algo absolutamente imprescindible si se pretende que estos magníficos tintos atlánticos consoliden el eco que están haciendo en el mundo.


Cierto es que para ello no han escatimado en gastos, pero ninguno ha sido en tecnología ni en atajos, sino en los medios óptimos para llegar al mejor vino (foudres de toda clase y tamaño, huevos de hormigón, unas instalaciones dignas de la envidia de un Chateau de Burdeos o la asesoría de Sara Pérez y René Barbier). Esto tiene el nombre de una persona, Javier Domínguez, que ha apostado muy fuerte y sin reservas por este gran proyecto.

El fruto ha respondido y el parte del resultado son los excelentes vinos de 2010 que catamos, casi al vuelo y que intentaremos volver a probar pronto con la calma que se merecen. Un siempre excelente La Lama, fresco y jovial. La Cima, misterioso, mineral, crudo aun. Un Brancellao muy fresco, pero algo más hermético que otras añadas, y un La Pola brillante, tenso y complejo, necesitado de botella, pero que dejo para el final porque posiblemente sea la mejor añada vista hasta ahora. Hechuras de gran vino.

De allí nos fuimos a ver a Pedro Rodríguez. Si les digo Guímaro, quizás les suene más, y si les digo que es la cara oculta de El Pecado, de Raúl Pérez, seguro que salen definitivamente de dudas.

Una bodega que elaboraba un buen vino joven en su día, y que a día de hoy ha reconducido sus mejores parcelas a la elaboración de unos excelentes tintos de finca, basados en la mencía, aunque con soporte de otras variedades, con increíble tipicidad y matices pese a estar las parcelas separadas entre sí por un kilómetro escaso. 

Si a esto añadimos las inquietudes de un tipo joven e inconformista como Pedro por hacer vinos cada vez más expresivos de su terruño, y que comienza la difícil pero emocionante andadura de la viticultura ecológica, la trayectoria de Adegas Guímaro no puede ser más prometedora.


Probamos su vino joven, Guímaro 2013, con el que ha podido expresar lo menos malo de una añada mediocre en general. La falta de concentración derivada de las lluvias tardías, trae un vino ligero, fresco y de trago largo, muy fácil de beber. 

Interesantísimo Guímaro Blanco 2013, un coupage en el que el godello es un 75% y lo restante lo componen treixadura, torrontés, albariño y dona branca. Fermentado con sus pastas en inox y con prensados leves. Requiere aireación y una temperatura no muy baja para expresar toda su tipicidad floral y mineral.  Melisa, lavanda y limón escarchado unidas a una boca vibrante y con buena presencia. 

Su también blanco GBG 2012, está en una onda más friki, recordando a esos complejos pero deliciosos blancos del Friuli. Quiere botella, aire, y, de nuevo, una temperatura moderada, más semejante a la de un tinto joven.

Tremendas sus fincas que resumo en un Meixemán 2012 mediterráneo, profundo y voluminoso, un Pombeiras 2012 crudo, algo agresivo, pero de gran intensidad y un Capeliños 2012, que, aparte de mi debilidad, es frescura, elegancia y sutileza borgoñona. Fincas que me cautivaron no hace mucho, y que volvieron a hacerlo en esta visita.  

Ya de vuelta visitamos a un último "vigneròn", su iniciativa es muy pequeña aun, pero no menos emocionante. Se trata del proyecto de Nacho González, otro chalado de esta generación que lo está revolucionando todo. Sus viñas están en Seadur y Larouco, justo donde ya ha terminado Ribeira Sacra y comienza Valdeorras.

Por las mañanas gestiona Fondos Europeos para el Desarrollo Rural, y por las tardes se entrega a sus viñas, en las que no quiere intervenir más que para desintoxicar a las plantas de décadas de tratamientos químicos y tratar de manera natural, sólo cuando sea estrictamente necesario. No es poco trabajo. Para ello cuenta con la ayuda de Bernardo Estévez y Alfredo Maestro.
En el campo, conocimos sus viñas viejas de palomino, godello y garnacha tintorera que se confunden entre la maleza o se integran entre árboles frutales, y poco a poco van defendiéndose de ácaros y hongos en un suelo que ya ha recuperado la vida.

En la bodega volvemos a la intervención mínima y a medios limitados a tres barricas, una tinaja de barro y lo que Nacho se ha montado con sus propias manos para hacer los vinos.

Elabora con racimos enteros (no necesita despalilladora) y barricas abiertas. Los problemas de oxidación los ha resuelto con una cámara de CO2 de su propia creación y los de temperatura los resuelve con ¡balas de paja!. Aquí no hay frío ni acero inoxidable. 

Aunque sus vinos aun están por terminar (2013 es su primera añada), puedo afirmar que su garnacha tintorera es racial, feroz y vibrante, y su godello, fermentado con pastas, casi naranja, posiblemente sea el más auténtico con el que me he topado jamás. Tomillo, jara, naranja sanguina, miel de eucalipto. Chispeante en boca, largo, profundo, con taninos pequeños, pero explosivos.


La parcela de la que procede el godello se llama La Perdida, y hace referencia a las decenas de voces que tras pasar por allí decían "esta finca está perdida". 

Esperemos que siga así muchos años, y que - aparte de Nacho- nadie más la encuentre. Por mi parte, pocas veces he visto tanta vida en un viñedo y en su vino.



* Las fotos pertenecen a Anabel Carrión, que me acompañó en la aventura.

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