lunes, 20 de junio de 2016

Ponte da Boga Mencía 2013

De todo el recorrido que terminó en Galicia entre copas, posiblemente, el día que pasé con Dominique Roujou haya sido uno de los que más cosas haya aprendido. Entre ellas está la importancia del tiempo. 

En efecto, tenía muy interiorizada ya la idea de que el mejor vino es el que es capaz de expresar con nitidez el lugar del que procede. Tras pisar unos cuantos viñedos, probar algunos vinos y charlar largas horas, me convenció también de la importancia del paso del tiempo, y de que la capacidad que un vino tiene de envejecer con gracia, también forma parte de ese concepto tan complicado que es la calidad. De hecho, no existen zonas, que puedan tener la consideración de grandes, vinícolamente hablando, cuyos vinos no hayan demostrado su capacidad para afinarse y crecer con el tiempo en botella. 

Y como el movimiento se demostraba andando, allí sacó Dominique una botella de Ponte da Boga Mencía 2009 (corria el 2014), el tinto básico de la bodega, de mayor tirada y sin crianza más allá del tiempo de maloláctica y estabilización en depósito de acero. Estaba cerrado, e incluso algo reducido, en coherencia con la tipicidad de la mencía y de un vino en el que, a toda costa, se había reducido en lo posible el contacto con el aire a lo largo de su elaboración. Mientras probábamos otras cosas, se fue abriendo y mostrando un carácter muy distinto a lo conocido hasta ahora, finura, personalidad propia, algunos terciarios y la fruta sutil y delicada, más al fondo. 

Pensando que se trata de un vino, previsiblemente hecho para el consumo inmediato, en el que por cierto da la talla, resultaba interesante pensar que cualquier buen vino, en ciertas condiciones, es susceptible de "envejecer con gracia", porque precisamente este concepto forma parte del conjunto de la calidad. 

Desde entonces procuro esperar algún tiempo para disfrutar de todos los vinos de Dominique. Y como quiera que la bodega tiene el detalle que agradezco enormemente de enviarme anualmente su añada en vigor, tengo la suerte de poder hacer el ensayo en casa. 

Hace un par de semanas descorché mi ejemplar de Ponte da Boga Mencía 2013, comercializado en 2014, quizás con cierta prematuridad, pero con muchas ganas de ver qué había sido de este vino, descatalogado ya del mercado hacía dos años. Y no defraudó.



Una vez abierto, sigue pidiendo paciencia, y tiempo de apertura. Recuerda a barro cocido y arándanos algo secos . Con el tiempo se muestra muy bordelés, sacando notas de hongos y los aromas dulces del té de jazmín. En boca es vibrante, fresco, vivo, con taninos redondos y una sorprendente complejidad y longitud. Desaparece de la mente el perfil de un vino joven de Ribeira Sacra, sin pretensiones, y más allá de otros grandes de la zona, que los hay, y llegan ecos de un Médoc en el abismo del Sil. 

Creo que si algún día me da por la viticultura (ya me habría dado de no tener otras obligaciones que atender), trataré de pensar en trabajos como el que nos ocupa. Porque disfrutar de estos vinos te pone en relación con la trascendencia de las cosas y las personas, y la relevancia que el ser humano da a dejar algo tras su paso por este mundo. Por eso envidio a los elaboradores que cuando, como éste, ya no estén, seguirán de alguna forma presentes a través de lo que hicieron, permitiendo a los que se quedan disfrutar de su trabajo haciéndose un poco más eternos. La vida es muy corta.




Galicia entre copas, SEGUNDA EDICIÓN

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