lunes, 29 de agosto de 2016

Se acerca el invierno

Creo que ya había titulado otra entrada con esta frase, tal vez hace unos años, pero me permito repetirla porque es mucho lo que recoge. Entonces me atenía a su sentido más literal, y hoy pienso más en el metafórico, en prepararse para los malos tiempos.

Y es que, en efecto, corren malos tiempos para el blog como plataforma. Aquello que en su día supuso una revolución fresca y directa en la forma de comunicar y en quiénes eran los comunicadores, hoy se encuentra obsoleto, mayoritariamente corrompido, sucio y lleno de lodo.

Tal fue la explosión antaño, que inevitablemente fueron cayendo por multitudes, permaneciendo unos pocos por calidad, por constancia o por el beneplácito del respetable, infiel y caprichoso público de la red. Muchos de los que escribían únicamente por el ánimo de compartir han ido desapareciendo o retirándose a otros planos, siendo sustituidos en buena parte (y permítanme la dureza de la expresión) por una patulea de gorrones, advenedizos juntaletras, que intentan sacar provecho del trabajo de otros sin ni siquiera preocuparse por las faltas de ortografía.



Verdaderos rebaños de canaperos, pastoreados por agencias de comunicación y comisionistas, en la búsqueda de la muestra, del evento gratuito, de la foto con el cocinero de turno han determinado una lógica generalización que acaba por meter a todos en el mismo saco, creando la triste verdad a medias de que quien escribe un blog es, salvo prueba en contrario, un caradura. 

A esto se suman criaturas aun peores, golfos y desvergonzados que piden dinero o prebendas a cambio de no despellejar al restaurante o al producto de turno, ya sea en su blog o en las Redes Sociales. 

Este verano, y en los últimos meses de menor frecuencia de publicación, he tenido algún tiempo - poco- para sentarme y observar, escuchar relatos sobre estas conductas, y pensar.

Ver que muchos de los que yo leía y admiraba ya no están, o anuncian que se marchan, y pensar qué razones hay para quedarse. Pensar que uno nunca quiso moverse en el fango y que es injusto tener que dar explicaciones a estas alturas, cuando la conciencia de no haber pedido nunca nada a nadie se encuentra absolutamente tranquila.

Un día, un buen amigo, también ducho en estas lides, dijo que éramos locos gritando desde los árboles y creo que tenía y tiene razón. La cuestión es pensar si vale la pena seguir dando voces, diluidas en la inmensidad, o ya no merece la pena seguir subido al árbol, y dedicar ese valioso tiempo a mejores causas.

Yo sigo pensando. 


Galicia entre copas, SEGUNDA EDICIÓN

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