lunes, 7 de diciembre de 2020

KB 2019

A lo largo de los últimos años he ido entendiendo la vida como una sucesión desordenada de proyectos, paralelos, tangentes, perpendiculares,... algunos - seguramente los menos - son buscados y pretendidos desde su inicio, otros son aleatorios y, tal vez los más interesantes, son la consecuencia inesperada de actos, circunstancias o conquistas anteriores. 

El proyecto del que les voy a hablar surge de la amistad, como consecuencia, a su vez, de la pasión por el vino. 

No es un secreto que hace ya también unos cuantos años, tengo la fortuna de contar a Orly Lumbreras en el círculo de mis amigos más cercanos. Se trata de ese tipo de amistad en la que no son necesarias largas conversaciones y en las que la confianza es un valor seguro. Y es curioso porque a priori pocas cosas tenemos en común. Provenimos de mundos distintos, distintas generaciones, diferentes lecturas y formas de entender la vida, diversos gustos musicales y seguramente ideas divergentes (lo intuyo, porque jamás hemos sentido la necesidad de hablar de política). Lo que nos une y ha trascendido más allá, es el vino.

Por eso tenía que ser el vino nuestro proyecto común en el que además tuvimos la fortuna de incluir dos nuevos y adorables miembros, Maria Aira y Antonio López, más conocidos en conjunto por su propio proyecto, llamado Adega Sernande, que tiene su sede en un delicioso lagar en pleno corazón  de Ferreira de Pantón (Ribeira Sacra).

Antonio, que es todo un sherpa de la viña en la zona, encontró hace dos años un tesoro. Cepas de más de treinta años de godello, libres de tratamientos químicos, que salpicaban un viñedo de ensueño situado junto al rio Cabe (de casual identidad con su nombre). Junto con Orly comenzamos a imaginar, a soñar con los extraños vinos que nos gustaban y que él ya había experimentado en la meseta, blancos elaborados como si el color no importara y lo importante fuera el trago, y su rol en la buena mesa del disfrutón. La impronta local era importante, catalizador quizás, pero no protagonista.



Nos hicimos entonces con aquellos racimos, nos trajimos una tinaja de barro desde la lejana Extremadura, pisamos las uvas, las dejamos macerar con sus pieles,... y llegó el confinamiento. Entre tanto el vino decidió decidió auto protegerse, creando un ligero velo de flor con el que subsistió hasta el embotellado el pasado verano.

Los aromas de hierbaluisa y pera quedaron encerrados, en la voluptuosidad austera de un vino cuyos humildes talentos son la textura, la pasión y la imperfección, pero que sobre todo busca acompañar a personas y a sus comidas. Por ello decidimos dar al menos unos pocos meses de botella para que el dorado líquido se asiente, antes de cumplir su propósito de hacer disfrutar junto a viandas complicadas para un vino convencional, desde la morcilla y su fabada, hasta la caza o el umami. Agradecerá todo el reposo posible, una hora de jarreo y algo de fresco para comenzar a mostrarse. Un decantador sumergido en agua fresca será, para él, el entorno perfecto.

Aunque sigue sin estar terminado y mientras KB 2020 descansa ya en la tinaja, hoy, 7 de diciembre, abrimos las puertas a KB 2019 para que cada una de las 676 botellas y 50 magnums viva su propio camino en una historia que, como decía Germán, pervivirá hasta que la última se haya descorchado. 



Gracias amigos, Maria, Antonio, Orly, por hacerlo posible.

Aunque no hay mucho, si algún lector está interesado en hacerse con alguna botella de este humilde proyecto, la mejor vía es adegasernande@gmail.com 

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