viernes, 28 de agosto de 2015

La venganza de Miss Melilla (y la garnacha tintorera)


Quizás recuerden el momento incómodo que en el año 2001 protagonizó la representante de Melilla en el certamen de Miss España ante la cruel y retorcida pregunta del embajador de Rusia. Les refrescaré la memoria por si acaso...





Vaya papelón ¿eh?. 

¿Se imaginan ahora como sería la venganza de Miss Melilla si se volviera a encontrar con el jodío ruso que truncó su carrera?. Pues por fortuna Un Pingüino en mi ascensor supo captar ese momento con su magistral sorna en este temazo. 




Si hubiera ocurrido en Estados Unidos, lo habría rodado Tarantino, o Eli Roth en plan gore.

Y, ¿a que viene todo esto?, pues a que me he imaginado qué pasaría si Miss Melilla se llamase garnacha tintorera y pudiera vengarse de todos aquellos que la despreciaron, la vilipendiaron o, en el mejor de los casos la acusaron de servir únicamente para dar color y hacer vinos mediocres. 

Si tiran de hemeroteca, lo mismo hasta encuentran a un servidor diciendo cosas parecidas, pero el lector habitual sabe que quien suscribe tiene pocos problemas en cambiar de opinión de vez en cuando.

Pues sí, Miss Melilla se ha tomado su venganza en este último par de años a través de unos excelentes vinos (por si no quieren perder más tiempo en la reflexión, al final de la entrada enumero algunos de ellos) que han hecho a muchos tragarse sus palabras y a otros parapetarse en la negación o tildarlos de excentricidades. Esto nos ha hecho pensar en lo relativo de las cosas.

Si nos ceñimos a Galicia, la garnacha tintorera llegó junto al palomino a principios del siglo XX con los nuevos injertos americanos, derivados de la filoxera y la pobreza. Con la guerra civil se instaló definitivamente, pues había que dejarse de vinitos pijos y hacer cantidad para poder vender más kilos de uva con los que sobrevivir. Para esto la tintorera, o alicante bouschet, era perfecta, pero la calidad de los tintos que daba poco tenía que hacer con aquellos brancellaos, sousones y merenzaos que antaño poblaban y enriquecían la zona. Cierto.

Sin embargo, pasaron los años, la mayoría de los vinos siguieron siendo mediocres y ya al final del siglo la cosa fue mejorando. Llegó la revolución de lo autóctono y comenzaron a replantarse, con buen criterio, castas autóctonas y a arrancarse palominos, tempranillos y tintoreras (olvidando la mencía, que podría no ser autóctona según algunos estudios). Algunas cepas seguían viendo la vida pasar y cargándose de racimos, de la misma forma que muchos musulmanes se habían integrado y mezclado 600 años antes de la Reconquista. 

Llegado el momento de ponerse a arrancar, se plantea uno entonces qué es más autóctono, ¿un clon de godello injertado, que proviene de un vivero situado a 250 kilómetros, o una cepa de tintorera que ha visto pasar 80, 90 o 100 veranos con sus raices clavadas en una roca a varios metros?

Sin tener la respuesta definitiva a esta pregunta, he de decir que me parece legítimo que haya quien considere que vale la pena conservar esa cepa y tratar de hacer vinos de calidad con ella, pues en definitiva, las variedades autóctonas de uva no son otra cosa que adaptaciones de la vitis vinífera a un clima y a unas condiciones determinadas. Aunque es cierto que 100 años no son nada para la genética, me cuesta poner en duda que una planta no está adaptada a un lugar en el que lleva tanto tiempo. Ergo, si una cepa está adaptada a su entorno, puede estar también en condiciones de transmitir la tipicidad de la zona a través de sus vinos, y si los vinos hacen esto, lo tienen casi todo para ser buenos vinos.

Seguramente haya teorías mejores que puedan desmontar este razonamiento. También hay muchas batas blancas, instaladas en el axioma, que son reacias a mancharse con el polvo del viñedo. Pero en uno y otro caso, la realidad es más testaruda y algunos se han empeñado en demostrar que sí podían hacerse buenos vinos con esta casta.

Desde hace muchos años, los pioneros en apostar por Ribeira Sacra como zona de vinos de crianza, capaces de mejorar con el tiempo fueron Dominio do Bibei, incluyendo siempre en sus coupages del excelente vino que para mí es LaLama, algo de garnacha tintorera.



También Guímaro en sus fincas, algunas salpicadas por el característico verde sapo de la variedad, y el propio Algueira han trabajado con esta uva obteniendo resultados excelentes y no discutidos.

Pero la vuelta de tuerca definitiva, como en muchas otras cosas, la ha dado José Luís Mateo en Monterrei con su Quinta da Muradella Garnacha Tintorera 2009, un vino que tras su trago sólo puede generar silencio y aplausos, que tuve la suerte de probar con el propio Mateo en un inolvidable almuerzo.

Otros han seguido estos pasos con muy buenos resultados, entre ellos Nacho González desde Larouco con La Perdida, en Valdeorras, pero fuera de D.O.

Más allá del Padornelo, Alfredo Maestro elabora con alicante uno de mis rosados de cabecera Amanda, y  la gente de Envínate hizo otro tinto espectacular (clasificado, por cierto en el Ranking del año pasado) llamado Albahra, también monovarietal de Alicante. Traspasadas nuestras fronteras, en el Alentejo portugués se elabora Julio B. Bastos Garrafeira, un vino sencillamente espectacular elaborado tan solo con esta variedad en una larga crianza.

Y por si me dijeran que esto son cuatro vinos para frikis, les contestaré que la horterada vinícola noticiera de este verano (rollo caldos y todo eso...) ha sido que la Aplicación Movil "Vivino", con las valoraciones de todos sus usuarios, ha elegido Alaya, de Almansa, el mejor vino de España y el segundo del mundo. No puedo suscribirlo porque lo probé y no me gustó nada, pero el éxito comercial de esta variedad también es posible, y ahi lo dejo.

Pero para el caso de que todo esto no sirviera de alegato, Victor de la Serna publicó hace unos días un fantástico artículo en El Mundo Vinos sobre el tema que lo deja todo mucho más claro.

Prueben, saquen sus propias conclusiones, y tengan cuidado si se cruzan con Miss Melilla 2001.



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